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Geometrías

CLÁSICASemana de Música ReligiosaFernández Guerra: «La esfera de Pascal». Weill: «Los sietepecados capitales». Int.: Tenebrae. Jonde. Dir. escena: F. Amat. Dir. musical: J. L.Estellés. Lugar: T

Actualizado 19/03/2008 - 03:52:13
IGNACIO GIL  Jorge Fernández Guerra
IGNACIO GIL Jorge Fernández Guerra
CLÁSICA
Semana de Música Religiosa
Fernández Guerra: «La esfera de Pascal». Weill: «Los sietepecados capitales». Int.: Tenebrae. Jonde. Dir. escena: F. Amat. Dir. musical: J. L.Estellés. Lugar: T. Auditorio, Cuenca. Fecha: 17-03-08
ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
En la Semana de Música Religiosa de Cuenca se ha preguntado sobre la forma del universo. La respuesta del compositor Jorge Fernández Guerra ha sido inmediata: perfecto en su geometría, complejo en su naturaleza y, aún así, accesible como aquel «Paraíso» de Dante que «lo principia» y al que la vista «abarca sin fijarse en parte alguna». Para aclarar la respuesta ha compuesto «La esfera de Pascal», una de las obras encargo de la actual edición de la Semana Religiosa de Cuenca (SMR). Su estreno ha tenido lugar en un concierto/ espectáculo plagado de sugerentes argumentos.
En realidad, algunos venían dados, pues Cuenca es hoy un continuo de mesas redondas, encuentros y conferencias en las que se habla sobre la música que se escucha. En ellas se ha explicado que esta «Esfera» parte de los textos de Dante para acabar siendo, en su procedimiento, un «diálogo» con Bach. Quintaesenciado, sin duda, puntillista, limitado a 24 instrumentistas y 8 cantantes que configuran un universo de voces independientes aunque vinculadas. De ahí la sustancia de esta propuesta cargada de sentido poético, apariencia huidiza (¿infinita?) y profunda lógica que crece en corporeidad y que ha sonado llevada por el entusiasmo de la Academia de música contemporánea de la Jonde, la carestía vocal de Tenebrae y la objetiva concertación de la batuta de José Luis Estellés.
También se oyó con cuerpo la interpretación de «Los sietes pecados capitales» de Kurt Weill, quizá añorando una mayor ligereza en el estilo. La obra lo demanda como muy bien sugiere la sincrética y elegante puesta en escena diseñada por Frederic Amat. Imágenes de celuloide rancio y manchas provocadoras retroproyectadas sobre el fondo de una caja abierta en sus lados con sitio para un ballet de gestos, sombras sin alma, mudos figurantes y voces comprometidas. Pues también aquí, como en la primera parte, importó la metáfora. No curvada, eterna y sonora; sino recta, ordenada y contundentemente visual.
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