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En Brasil se habla toledano

Con la ayuda del entonces alcalde de su pueblo, Marcelino Casas, el sacerdote franciscano toledano Joaquín Tébar fundó en el año 98 la «Casa de la Sopa», en localidad de Poconé, en el Mato Grosso. en

Actualizado 19/02/2007 - 10:37:18
Con la ayuda del entonces alcalde de su pueblo, Marcelino Casas, el sacerdote franciscano toledano Joaquín Tébar fundó en el año 98 la «Casa de la Sopa», en localidad de Poconé, en el Mato Grosso. en donde se reparten más de mil comidas diarias a los «niños de la calle» de esta zona marginal de Brasil. De aquella casa surgió, un año después, en el 99, otro proyecto que nos vincula aún más a los toledanos con la floresta brasileña.
Allí se ha creado la villa Toledo, en donde las calles llevan nombres de ciudades de la región como Albacete y Cuenca, y que cuenta con 56 casas que reciben el nombre de los pueblos toledanos que ayudaron a crearlas, como la casa Quintanar de la Orden o la calle Miguel Esteban. Y Toledo está tan presente en esta zona de Brasil gracias a este misionero, que lleva más de 36 dedicado a los más desfavorecidos en el corazón de Mato Grosso.
Coincidiendo con la campaña contra el hambre que Manos Unidas ha realizado este mes de febrero en Toledo, Joaquín Tébar presentó por escuelas y diversos centros de la provincia la última campaña de esta organización «Sabes leer, ellos no. Podemos cambiarlo».
Y también visitó ABC para explicar a los toledanos la importante labor que realizan organizaciones como Manos Unidas, buscando fondos para crear escuelas y hospitales, educando y dando oportunidades a los más desfavorecidos.
Este misionero, de 71 años, recuerda como surgió su vocación. «Unos franciscanos de Mallorca vinieron a predicar una Cuaresma a Miguel Esteban y hablé con ellos... Yo tenía unos líos tremendos en la cabeza, pero me fui con ellos, me gustó el estilo y me quedé». Con 18 años les dijo a sus padres que se iba de casa, primero a una casa de los franciscanos en Quintanar y, después a Mallorca. «Supe enseguida que era eso lo que quería».
Estudió toda la carrera sacerdotal en Mallorca y, después, le trasladaron a Madrid. Y, en el año 70, pidieron voluntarios para Texas, Méjico y Mato Grosso. «Algunos levantamos la mano y a mí me tocó Brasil, pero podía haber sido cualquiera de los otros tres sitios», dice.
«Esto era la selva»
El misionero reconoce que levantó la mano para vivir otra experiencia, pero cuando le dijeron que le había tocado la ciudad de Poconé, no sabía ni lo que era. «Fui a la embajada española en Madrid de Brasil y le dije a la secretaria que me informara sobre Poconé, en Mato Grosso y ella me contestó: «Puede comprarse una escopeta porque allí sólo hay serpientes. Eso es la selva»».
Dice que no se le olvidará nunca la primera impresión que recibió a su llegada a Brasil. «Me mareé y me caí al suelo. Fue del choque térmico. Yo salí de España con cero grados y llegué allí con 38 grados; iba forrado de ropa, como una momia y me caí al suelo. Cuando me desperté había un matrimonio argentino que me estaba ayudando. Al llegar a mi destino, Poconé, pregunté por las casas y me dijeron: «Mira los puntitos de luz, son las velas. ¡No había luz eléctrica!. Era un lugar en medio de la floresta». «Otra impresión fue que salí por la mañana al patio del convento y en todas las casas había gente sentada en una silla que no hacían nada. Y yo le pregunté al compañero: ¿No trabajan?. Y me dijo, aquí no trabaja nadie porque las aguas están muy altas y los que trabajan lo hacen en el pantanal».
«Hay que espabilarse»
A la gente de Poconé no le gusta trabajar en el campo y la agricultura es prácticamente inexistente porque, según explica el padre Tébar, «era algo indigno porque eso lo hacían antiguamente los esclavos. Y cuando se aprobó la ley de la liberación, los esclavos no quisieron trabajar en el campo porque se consideraba como algo indigno». Eso fue algo que se le quedó grabado a este padre franciscano y se dijo: «Hay que espabilarse, hay que hacer algo». Eran los años 70.
Y claro que lo hizo. En una parroquia de 17.000 metros cuadrados, mucho mayor que la diócesis de Toledo, no había tiempo para para perder. En este tiempo se han fundado casi 50 escuelas por toda la zona. «Cuando íbamos a un lugar y no había escuela y preguntábamos si alguien sabía leer, buscábamos una salita y reuníamos a los pequeños para que aprendieran a leer: la primera escuela que vi, el profesor no tenía mesas, ni sillas... no tenía pizarra, escribía en el suelo y los alumnos también». Eso fue, al principio, en en tiempos de la Dictadura, un tiempo que el padre Tébar recuerda «triste y oscuro».
Cuando se estableció la Democracia la situación mejoró algo. «Teníamos fe en Lula y la seguimos teniendo aunque ha hecho a los pobres igual de pobres y aunque ha habido muchos casos de corrupción en el equipo que llevaba... Así y todo.... Lo otro era otra cosa. Yo creo que la izquierda siempre ha estado al lado de los que no tienen y, por eso, le hemos apoyado».
Aprender a vivir
Y, mientras, los niños de la calle la calle estudian y trabajan gracias a la labor de los padres franciscanos en el Mato Grosso, aprenden a cultivar, a hacer pan... aprenden, en definitiva, a vivir. Joaquín Tébar recuerda, con orgullo, casos como el de una pequeña que vivía en la Floresta y llegó a ser enfermera, aunque otros jóvenes que quieren estudiar, tienen capacidad y son inteligentes no pueden o no les dejan. Nuestras escuelas, explica, no tienen nada que ver con las de aquí.
«En un principio las paredes de las aulas eran de barro, palos y de techo tenían un cañizo para no dejar pasar el agua, y tanto los profesores como los alumnos escribían con un palito en la tierra. Ahora todo ha cambiado, porque las aulas son de ladrillo y de teja, hay ventanas, sillas y mesas, los alumnos tienen lápices y libros y los profesores explican todo desde la pizarra».
Son innumerables los casos que recuerda el padre Tébar, como el de una joven, que ha venido a España en este viaje del misionero, que va a comenzar a estudiar ya en la Universidad. «Su madre tiene seis hijos y ninguno es del mismo padre y no es una mujer mala, cuando le pregunto la respuesta que me da es porque le dan comida y café. A su hija, un grupo de niños de un colegio de Madrid le paga una beca de 100 euros y otro grupo de Mallorca le paga otros 100, con lo que puede estar en un internado. Ha venido para que la vean y ha traído las notas, unas notas maravillosas... Y es que aunque hay muchos que no quieren, a los que intentan abrirse camino les ayudamos y lo intentamos, como en este caso».
Son muchos los pequeños que el padre Joaquín Tébar ha acogido en estos 37 años en Poconé, en la Casa «Nazaret». Muchos de estos muchachos eran niños de la calle, que han podido ser educados normalmente en su crecimiento. Son miles los niños que han pasado por esta institución y que como relata el padre han conseguido con «el pupitre», mejorar su autoestima y su dignidad. «Sin educación, no hay nada porque hay hambre de pan y hambre de sabiduría», dice.
Los franciscanos han llegado, incluso, a realizar cursos de pasarela para enseñarles a andar porque «en La Floresta el terreno es irregular y levantan mucho los pies y cuando venían al pueblo les llamaban macutos (paletos) y, sobre todo, insultaban a las chicas... Esto es la autoestima».
En Poconé se hizo también un internado de niñas que lleva el nombre de su madre, centro comunitario «Ascensión Dorado Tébar». Y aquí, el misionero, recuerda emocionado a su familia de Miguel Esteban. «Mi madre fue una maravilla de mujer, que estaba entusiasmada con todo lo que yo hacía», como su padre, un comerciante al que le sacaron en el pueblo, incluso, coplas: «Benedicto el recaredo, de esta villa a Quintanar, viaje con más salero que se puede imaginar. Llueva o nieve, usted prepare su viaje que Benedicto listo está para enganchar su carruaje». Era un gran trabajador, dice orgulloso el misionero. Ahora, cuando regresa a Miguel Esteban, se reúne con sus cinco hermanos y sus sobrinos que, según dice, «están orgullosos de que yo haya escogido este camino».
La recompensa del misionero está, sin duda, en el entusiasmo que desprenden sus ojos. Evangelizando, construyendo colegios, iglesias, sirviendo de educador, de sacerdote, empapándose de la cultura local, sufriendo, riendo, llorando... Un apostolado lleno de vida en plena selva.
Un misionero de Miguel Esteban,Joaquín Tébar, fundó a finales de los 90 en Poconé, Brasil, la villa Toledo, con 56 casas que llevan el nombre de pueblos toledanos para acoger a los niños de la calle
HUERTAS FRAILE
El padre Tébar explicó por la diócesis la labor que desarrolla desde hace 36 años en Brasil
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