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MUJER EN LA VENTANA Amalia Fenollosa, escritora castellonense del Romanticismo

POR MERCEDES DE LA FUENTEHay algo de fatalidad y bolero triste en la vida de la escritora Amalia Fenollosa (Castellón de La Plana, 1825) que parece un guiño del destino a su condición de miembro del

Actualizado 19/01/2008 - 02:46:20
POR MERCEDES DE LA FUENTE
Hay algo de fatalidad y bolero triste en la vida de la escritora Amalia Fenollosa (Castellón de La Plana, 1825) que parece un guiño del destino a su condición de miembro del Romanticismo, el movimiento artístico que reivindicó el fatalismo y la melancolía como señas de identidad.
Poetisa, novelista y dramaturga, la pérdida alumbró sus primeros poemas a los trece años tras morir su padre, médico, en el domicilio familiar de Caballeros 14 de Castellón, que tenía entonces 14.000 habitantes dedicados en su mayoría al cultivo del cáñamo.
Desde allí, Amalia se hace oír en revistas y periódicos de toda España, como en «El Idólatra de Galicia», que en 1841 publica su poema «El suspiro de la brisa» y la presenta como «uno de aquellos raros portentos que... de su secso, aparecen... en el orbe literario...», avisando del «fondo tétrico y sentimental... de una persona habituada al padecer».
Primero como poetisa y luego como autora de folletines y dramaturga, critica el rol tradicional femenino y se suma al movimiento de escritoras la Hermandad Lírica, que aboga por el progreso de la mujer en la España isabelina de mitad del XIX. Contemporánea de Emily Brontë y de Concepción Arenal, con su tono pesimista y atormentado Amalia se consagra y conoce a personajes como el poeta Ramón de Campoamor, que fue gobernador de Castellón, o al jocfloralista Juan Mañé, director del Diario de Barcelona, con quien la poetisa romántica conoce el amor.
Tras casarse por poderes en 1851, marcha a Barcelona y su vida da un giro sorprendente: «Heme retirado de la literatura, renunciando a la gloria literaria, porque todo lo que no sea él me parece robado a su culto», escribe la defensora de las mujeres a una amiga.
Autoimpuesto el silencio literario, tras el matrimonio sólo hablan sus cartas: Juan enferma al poco de casados y ello les obliga a vivir en Sarriá, lejos del ambiente social barcelonés y más de su antiguo círculo cultural. Luego enferma su madre y, cuando nace su propia hija, no puede disfrutarla por la lejanía de la nodriza. Seguro que hubo luces, pero no en su legado epistolar.
Su voz se silencia definitivamente en 1869, a los cuarenta y cuatro años. Una necrológica del Diario de Barcelona comunica su muerte y recuerda sus «dotes nada comunes de versificación y estilo». No volvió a La Plana. Melancolía, taedium vitae para una escritora que no pudo amar y escribir.
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