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Los tesoros de la Embajada de Italia en España, al descubierto

Las obras de arte del Palacio de los marqueses de Amboage y la historia del edificio ven la luz en un espléndido volumen editado por FMR, con textos de Amedeo de Franchis, Delfín Rodríguez y Gabriele Finaldi, y fotografías de Massimo Listri, que mañana se presenta en Madrid

Actualizado 18/12/2005 - 09:35:28
Una vista parcial del salón de baile con dos de los mejores lienzos que se muestran en la Embajada
Una vista parcial del salón de baile con dos de los mejores lienzos que se muestran en la Embajada

TEXTO: NATIVIDAD PULIDOFOTOS: SIGEFREDO

MADRID. En pleno corazón del barrio de Salamanca, y vigilado por una estatua de Velázquez en bronce (paleta y pinceles en mano), se alza majestuoso un edificio en el que ondea una bandera tricolor (roja, verde y blanca) y que linda con cuatro de las calles más nobles de la capital: Velázquez, Juan Bravo, Lagasca y Padilla. Es la Embajada de Italia. Quien más y quien menos seguro que ha sentido alguna vez la curiosidad de husmear entre sus retorcidas verjas forjadas en hierro, atraído por su arquitectura romántica, con la esperanza de atisbar alguno de los tesoros que esconde.

La prestigiosa editorial FMR ha editado un lujoso y cuidado volumen, que se presenta mañana en la embajada y en el que salen a la luz dichos tesoros. Profusa y bellamente ilustrado por Massimo Listri, el libro contiene además un exhaustivo estudio de la historia del Palacio, realizado por Delfín Rodríguez; una visita guiada a los espléndidos salones de la residencia a cargo del embajador, Amedeo de Franchis; y un recorrido por su pinacoteca de la mano de Gabriele Finaldi, director adjunto de Conservación e Investigación del Museo del Prado.

De los marqueses de Amboage

Obra del arquitecto Joaquín Rojí, el palacio perteneció a los marqueses de Amboage y en 1940 lo compró el Estado italiano como sede diplomática en España. ABC ha visitado la que para muchos es «la más hermosa embajada de Madrid» con un cicerone de lujo, su actual inquilino. La cita con el embajador es a las 10 de la mañana. Uno de sus perros corretea a su lado cuando Amedeo de Franchis sale a recibirnos. Lejos de decepcionar, el interior del edificio es tan espectacular o más que su exterior. Un pabellón de cristal da acceso al palacio. El elegante vestíbulo, en forma de templete circular, está flanqueado por ocho columnas. Unos adornos navideños ponen la nota de color. De ahí, pasamos al soberbio salón de entrada, un espacio rectangular en el que lo primero que atrae nuestra mirada es la espléndida alfombra, tejida en la Real Fábrica de Tapices en 1922 expresamente para este espacio por Gabino Stuyck. Sobre un fondo color chocolate, motivos florales en amarillos, rosas, verdes, azules... La alfombra parece tener vida propia: se desparrama por todos los rincones y asciende por la escalera. Pura escenografía.

La luz se cuela por la gran vidriera del fondo, de Mauméjean. Bajo el hueco de la escalera, un cuadrado de colores desvaídos en la alfombra delata que en otros tiempos hubo algo allí. El embajador nos cuenta que originalmente estaba instalada la joya de la colección del Palacio: «La bailaora Pastora Imperio», una preciosa escultura en mármol de Mariano Benlliure. La marquesa de Amboage se la compró directamente al artista. Como no hay mucha luz natural en este espacio, se decidió trasladar la pieza a uno de los ambientes más agradables y luminosos del edificio: una galería -concebida como un jardín de invierno, con vistas al coqueto jardín- con una fuente y repleta de plantas. Y es que, aunque la mayoría de las obras de arte que pueblan la embajada proceden del Patrimonio italiano -los muebles, de las colecciones reales; las pinturas, de los fondos de la Galería de la Academia de Florencia; el Palazzo Barberini de Roma y el Museo di Capodimonte de Nápoles-, no faltan obras españolas. Precisamente, el deseo de Amedeo de Franchis es que esta embajada sea algo más que una «vitrina de Italia en España»; quiere que fomente las relaciones entre ambos países en la cultura, la tecnología, la política, la economía..., que sea un «foro de encuentros y actos sociales» y se puedan promocionar empresas de calidad. Algunas firmas de moda y joyería ya han pasado por sus salas -hace unos años, su esposa, Ilaria, organizó con éxito un desfile de moda italiana-, se han presentado guías sobre el país transalpino, se entregan premios...

Desde el salón de entrada se tiene acceso a diversas estancias, cada una con un encanto especial. Como la salita del billar, presidida por una pieza de museo: una espectacular mesa construida en 1884 por los hermanos Ricci, que perteneció a las colecciones reales. Destaca igualmente un precioso mueble marcapuntos. El embajador tiene sobre la mesa de billar algunas joyas bibliográficas y, como curiosidad, un ferrari en miniatura que le regaló en 2004 el presidente de la escudería del «cavallino rampante». Cuando le preguntamos si estaría dispuesto a colocar a su lado el Renault de Fernando Alonso, se limita a sonreír. Nobleza obliga.

Políticamente incorrecta (al menos a partir del 1 de enero de 2006), la «saleta de fumar», hoy convertida en estudio, que alberga un lienzo atribuido a Vernet. Otro precioso cuadro, «La abundancia», de Gandolfi, cuelga en el gabinete azul, originariamente la sala de música del Palacio, que incluso conserva una acogedora capilla, consagrada en 1988 y que luce una decoración muy ecléctica. Destacan una espectacular vidriera y los frescos del techo (muy divertida la representación animal de «Susana y los viejos»). La última vez que se celebró misa en ella fue el 23 de noviembre, fiesta de San Clemente, cuando se reúnen aquí los ex alumnos del Colegio de España en Bolonia. Una de las salas más acogedoras de esta primera planta (las estancias del embajador y su familia ocupan la segunda planta y las oficinas la tercera) es, sin duda, el salón de las sedas de San Leucio, llamado así porque la tapicería del mobiliario de este espacio procede de San Leucio, localidad próxima a Caserta. Las piezas del Patrimonio italiano conviven en la casa con los objetos personales del embajador, un coleccionista con un fino olfato. Piezas exquisitas adquiridas en Pakistán, donde estuvo hace años como embajador de su país, conviven con tallas religiosas, una preciosa silla veneciana o imágenes de su Nápoles natal.

Pinturas muy valiosas

Las pinturas más valiosas del Palacio cuelgan de las paredes del salón de baile, otra fastuosa estancia, con impresionantes mármoles y lampadarios, estucos en el techo y maderas nobles en las puertas. Flanquean una de ellas dos interesantes óleos. A un lado, «San Juan Bautista en el desierto», de Pier Francesco Mola; al otro, «Retrato del Dux Francesco Donato», que tradicionalmente se ha atribuido a Tintoretto y que, según Finaldi, «es quizá una variante del retrato perdido del Dux Donato pintado por Tiziano». También cabe reseñar otras piezas de la pinacoteca expuesta en el Palacio. Es el caso de «La Última Cena», de Giovan Francesco Romanelli (procede de la colección del cardenal Chigi); «La Caridad», atribuida a Giuseppe Cesari; «La Visitación de la Virgen», atribuida a Giovanni Balducci, o «Virgen con el Niño y Santos», atribuida a Ludovico Carracci. En el piano situado en el salón de baile reposan fotos del álbum familiar (el embajador cumplimenta en una instantánea a Doña Letizia en una recepción oficial).

De Franchis subraya que los sucesivos embajadores que han pasado por este Palacio (él lleva tres años y medio) han mantenido el espíritu original de la casa. El comedor de gala es la estancia que ha permanecido más fiel a su aspecto original. Huéspedes ilustres (presidentes de la República italiana, célebres actores...) han pasado por este impresionante edificio, que no cuenta (que se sepa) con fantasmas -cosas del vecino Palacio de Linares-, pero sí con mucho arte. Por dentro y por fuera.
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