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Fantasmas de palacio

Actualizado 18/10/2003 - 01:39:39
DOÑA Emanuela de Dampierre, que anda por los alrededores de los noventa años, viuda de don Jaime de Borbón y madre de don Alfonso, afirma en unas confesiones o memorias que acaban de ver la luz que la Reina Victoria Eugenia habría preferido que el trono de España lo ocupara su nieto Alfonso mejor que su nieto Juan Carlos. Don Alfonso pretendía el trono de España y el aún menos posible de Francia, y murió trágicamente sin alcanzar ninguno. Sólo conozco, de momento, esas memorias al través de las noticias y resúmenes de los periódicos. Ignoro en qué funda la señora Dampierre el conocimiento de esa preferencia y por tanto el grado de veracidad de tal revelación. Y por otra parte, tampoco parece que la Historia, conocida de sobra, se enriquezca ahora con esos chismes de fantasmas de palacio.
Tampoco el dato tiene relevancia histórica. La preferencia «eficaz» en aquellas circunstancias no era la de Doña Victoria Eugenia sino la de Franco, y esa estuvo muy clara desde siempre, y los que no la vieron tan clara como era fue tal vez porque no querían verla. Desde luego, quien se equivocó en sus preferencias, sea o no cierta la de la Reina Victoria, fue doña Carmen Polo, que no logró vencer la decisión de su marido. El gran sacrificado no fue don Alfonso, sino su tío Don Juan, a quien correspondían los derechos dinásticos. Luego, muy generosamente, don Juan renunció a esos derechos a favor de su hijo, y la designación de Franco quedó avalada por las normas tradicionales de la monarquía hereditaria.
La ilusión de doña Carmen es hasta cierto punto comprensible. Quería ver a su nieta Carmencita, tal vez ya novia de don Alfonso, sentada junto a él en el trono de España. Sueños o delirios de abuela, que podían haberse hecho realidad, y que motivaron una conjura política con centro en el palacio de El Pardo, encabezada por un político catalán llamado Mariano Calviño de Sabucedo y Gras y apoyada quizá por otros políticos catalanes. Yo creo que Franco acertó de plano en su elección, y el devenir de la Historia durante un cuarto de siglo largo de reinado le dan la razón. El «nieto» Juan Carlos impulsó una transición ejemplar, pacífica en sus modos y prudente en sus tiempos.
La Reina Victoria Eugenia vino a Madrid cuando el bautizo de su bisnieto Felipe. Circuló entonces por los corrillos políticos una anécdota, a la que muchos otorgaban veracidad aunque otros se la niegan. Contaban que Doña Victoria, terminado el bautizo del niño, que luego sería Príncipe de Asturias, se dirigió a Franco y le dijo: «Ahora ya tiene usted tres Borbones donde elegir». Porque lógicamente los Borbones y los monárquicos más fervorosos se impacientaban con la parsimonia de Franco en señalar quién debería ocupar el Trono. Con el nacimiento de don Felipe, ya eran tres los Borbones posibles, aunque este candidato habría obligado a exclamar la famosa frase del Burlador de Sevilla: «¡Tan largo me lo fiáis!». Es posible que la anécdota sea auténtica. También es posible que sea apócrifa. De cualquier manera, el hecho tampoco tiene relevancia, y «se non é vero, é ben trovato».
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