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Clara Campoamor

EN una carta dirigida al director que ABC publicaba hace un par de días, Luis

Actualizado 18/06/2007 - 13:58:54
EN una carta dirigida al director que ABC publicaba hace un par de días, Luis Español Bouché, traductor de La révolution espagnole vue par une républicaine, hacía una defensa encendida de su autora, Clara Campoamor, promotora del sufragio femenino. Respondía así a otra carta publicada en la misma sección en la que se discutían los méritos de quien fuera elegida diputada por Madrid en 1931, en representación del Partido Radical de Alejandro Lerroux. Ya hemos valorado en algún artículo anterior la propuesta gubernativa, ahora refrendada por el Parlamento, que pretende incorporar la parida de la paridad a la numismática: se trata de una iniciativa desquiciada más propia de sexadores de pollos que de auténticos vindicadores de la mujer; pero ya sabemos que nuestros gobernantes entienden el ejercicio de la acción política como una exhibición, tan aspaventera y efectista como huera de sentido, ante la parroquia progre.
Pero que juzguemos la paridad numismática una chorrada propia de tarados no debería constituir una disculpa para denigrar la valía de esta mujer ejemplar. Probablemente, Clara Campoamor haya sido elegida por razones espurias, en un burdo intento de apropiación sectaria, por gentecilla que ignora sus vicisitudes biográficas, su testimonio y su pensamiento. Pero ese intento de simplificación del personaje no puede empujarnos a su execración. Como Rosa Díez nos recuerda en su imprescindible blog, algunos de los más enconados adversarios políticos de Clara Campoamor se contaban entre las filas de la izquierda (baste recordar que las otras dos mujeres que ocupaban escaño en el parlamento republicano, Victoria Kent y Margarita Nelken, votaron en contra del sufragio femenino). Clara Campoamor -como nos recordaba Español Bouché en la susodicha carta- es una figura señera de la «tercera España», la España de Madariaga y Ortega y Gasset, de Pérez de Ayala y Gregorio Marañón, españoles todos que brindaron su apoyo y su inteligencia a la República, antes de que ésta degenerase en una orgía revolucionaria. Convendría recordar que, como ellos, Clara Campoamor huye de Madrid escapando de la vesania de los milicianos que en los primeros meses de la contienda civil convirtieron Madrid en la capital del horror. En 1939, instalada en Buenos Aires, Clara Campoamor publicará Heroísmo criollo, en colaboración con Federico Fernández de Castillejo, otro miembro de esa admirable «tercera España», hombre de centro al servicio de la República (fue gobernador civil de Valencia y diputado por Córdoba) que, sin embargo, se vio obligado a pedir asilo en el torpedero «Tucumán», tras recibir reiteradas amenazas de muerte. En Heroísmo criollo, donde se exalta el papel desempeñado por la marina argentina en el salvamento de tantos asilados y fugitivos del Terror rojo, Clara Campoamor traza una descripción muy vívida del clima que se respiraba en la España republicana, ese «paraíso democrático» que ahora nos pretenden vender los descerebrados con mando en plaza: «Criminales y ladrones libertados o escapados de las cárceles mataban y saqueaban a su antojo. Desaprensivos y ambiciosos se otorgaban a su voluntad grados, ocupaciones oficiales o cargos de autoridad. Exaltados constituían por sí mismos columnas bélicas que bautizaban con pintorescos nombres, y desarrollaban por su cuenta planes militares».
Y en el citado La revolución española vista por una republicana, Clara Campoamor nos propone un diagnóstico de una ecuanimidad admirable: «La división, tan sencilla como falaz, hecha por el gobierno entre fascistas y demócratas, para estimular al pueblo, no se corresponde con la verdad. La heterogénea composición de los grupos que constituyen cada uno de los bandos (...) demuestra que hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como antidemócratas en el bando gubernamental». Clara Campoamor fue una mujer excepcional: republicana convencida, tuvo la grandeza de denunciar la degeneración de la República; que Franco cometiera la mezquindad de no permitirla regresar a su patria nos demuestra que era un botarate. Clara Campoamor es una figura señera de la «tercera España» que debería enorgullecernos a todos los españoles de buena voluntad.
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