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El Congreso de EE.UU. reconoce que Antonio Meucci inventó el teléfono

El país de Galvani y de Volta, descubridores de la electricidad animal y de la pila, es también la patria del inventor del teléfono, Antonio Meucci, a quien hasta ahora nadie conocía fuera de las fronteras de Italia. Al cabo de un siglo de su muerte, el Congreso norteamericano le ha hecho justicia. Claro que tampoco es un gran alivio para él, que acabó sus días completamente arruinado.

Actualizado 18/06/2002 - 00:25:32
El «teletrófono» de Antonio Meucci transmitió por primera vez la voz humana en Nueva York en 1849, cuando Alexander Graham Bell era una criatura de apenas dos años. Por desgracia, Meucci nunca llegó a patentarlo y, además, se fió de la gigantesca compañía telegráfica, Western Union, que le fue dando largas y engañando hasta que, en 1876, Graham Bell patentó una versión ligeramente más avanzada del invento del italiano, que había visto en los laboratorios de la compañía como un proyecto futurista de «telégrafo de voz».
Meucci demandó al escocés y logró la victoria en los tribunales en 1887, pero era un pésimo administrador y murió un par de años más tarde en la miseria, mientras Graham Bell se lanzaba al desarrollo industrial de un aparato que revolucionó el mundo. Finalmente, a los 113 años de la muerte del verdadero inventor, la tenacidad de un diputado italoamericano de Nueva York, Vito Fossella, ha forzado al Congreso de Estados Unidos a reconocer, por voto aclamatorio, el mérito de Antonio Meucci.
Minucioso análisis
La resolución del parlamento de Washington,minuciosa en su análisis histórico, narra las aventuras de Meucci -que había estudiado ingeniería mecánica- desde que a los 26 años, cuando era maquinista en el famoso Teatro della Pergola de Florencia, transmitía las órdenes de subir y bajar decorados utilizando dos conos de cartón y un hilo tenso. Pero su empeño patriótico en lograr la unidad de Italia le obligó a huir a Cuba, donde se hizo rico curando artritis a base de descargas eléctricas y donde un día escuchó a distancia el alarido de un paciente que llegaba, sorprendentemente, a través del hilo eléctrico.
Trabajar sin descanso
Meucci se trasladó a Nueva York, donde, según el texto aprobado por el Congreso, «continuó trabajando sin descanso en un proyecto iniciado en La Habana, Cuba; un invento al que llamo «teletrófono, basado en la comunicación electrónica». Luego lo perfeccionó cuando su mujer se quedó paralítica, a fin de que pudiera comunicarse desde la habitación con el taller de Meucci. Así, en su casa de Staten Island, «instaló un enlace permanente entre su laboratorio del sótano y la habitación de su esposa, afligida de artritis deformante, en el segundo piso. Por falta de dinero, Meucci no pudo comercializar su invento, aunque hizo una demostración en 1860, publicada en un periódico italiano de Nueva York».
Temiendo que alguien le robase la idea, el creativo italiano registró en 1871 el anuncio de invención, más barato que el de patente, pero que requería renovación anual, un gasto mínimo, solamente diez dólares anuales, pero que ya no pudo permitirse en 1874. Dos años más tarde, Alexander Graham Bell patentó el «teléfono» después de haber visto y estudiado el «teletrófono» del italiano que, a su desorden, añadía el problema, nada despreciable, de no hablar inglés.
Fraude y falsedad
Ayudado por la comunidad italiana en Nueva York, Antonio Meucci presentó una demanda y, según el texto del Congreso de Estados Unidos, «la patente de Graham Bell fue anulada el 13 de enero de 1887 por fraude y falsedad; sentencia que confirmó, posteriormente, el Tribunal Supremo». Meucci no llegó a beneficiarse y murió dos años después sin la gloria del teléfono pero con el agradecimiento de sus compatriotas por haber acogido en su fábrica de velas de Nueva York a otro exiliado político, Giuseppe Garibaldi, artífice de la unidad de Italia.
La noticia del reconocimiento por parte del Congreso de Estados Unidos de que el verdadero inventor del teléfono fue Meucci ha provocado una gran satisfacción en Italia, donde sin embargo ya los los libros de texto le reconocían la paternidad del mismo.
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