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La degeneración de rtve

Actualizado 18/02/2006 - 09:05:48

| AD LIBITUM |

LLEGADA la Transición y dado que la prudencia aconsejó una reforma de lo establecido mejor que una ruptura con el pasado, todas las instituciones procedentes del franquismo se aprestaron a adaptarse, en fondo y forma, a los supuestos establecidos por la Constitución del 78. En lo que respecta a RTVE, el cambio se concibió mediante un Estatuto -la ley 4/80- negociado, cara a cara, entre el desaparecido Fernando Abril Martorell y el nuevamente inquieto Alfonso Guerra. No dejó de ser una componenda; pero debe decirse en su favor que buena parte de él, 25 años después de su publicación en el BOE y en vísperas de una nueva ley que lo sustituya, no ha entrado en funcionamiento y que, en su imperfección, resulta menos inquietante que lo que se perpetra.

RTVE, en el bipartidismo fáctico que marca su historia desde el año 82, es un manantial de conflictos y un eje para el enfrentamiento entre el PP y el PSOE. Puede decirse, desde la distancia, que los malos usos políticos que vienen haciéndose en el Ente se diferencian en poco si se comparan con sentido crítico las épocas de hegemonía popular con las socialistas. En tiempos de Felipe González hubo más talento al frente de la Casa que en los de José María Aznar y, con idénticas cantidades de principio activo, la intoxicación informativa llegó más lejos y fue más sutil. El tiempo actual, con la sobrevenida Carmen Caffarel al frente del organismo, marca la continuidad en la decadencia y presenta la perversa novedad de evitar la información mejor que manipularla en su factura.

En ésas estábamos cuando, en uno de los sucedáneos informativos a que nos acostumbra la muy costosa TVE, apareció la imagen de Mariano Rajoy intercalada en un vídeo sobre las torturas en la cárcel de Abu Ghraib. Independientemente de que se trate de un error o de una manipulación intencionada, sirve la desafortunada conjunción de esas imágenes para perpetuar la memoria de la presencia española en el conflicto iraquí y reverdecer ante la opinión pública las responsabilidades que en ello pudo tener el PP. Los ofendidos han puesto el grito en el cielo y los ofensores, que consideran «desmesurada» la reacción popular, se disculpan con la torpeza que caracteriza el resto de su trabajo.

Tras casi dos años de Gobierno y tras la parodia del «comité de sabios» que iba a remediar nuestros achaques audiovisuales, está claro que José Luis Rodríguez Zapatero nos ha vuelto a dar, como sus predecesores en el cargo, el timo de una televisión que se ofrece como pública y, con cargo al Presupuesto, se convierte en privada al servicio de los intereses del partido hegemónico de turno. Esta chapucera cadena, visto lo visto y cuando se aproximan sus bodas de oro, dada la incapacidad de todos nuestros partidos para renunciar a ninguna de las bicocas de las que se nutren, sólo tiene una solución: cerrarla a cal y canto.


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