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ETA y el cine De la equidistancia a la justicia

El cine español ha mirado al terrorismo de ETA con tanta insistencia como ambigüedad, y desde hace más de treinta años. Varias decenas de títulos importantes lo han hecho directamente a los ojos y

Actualizado 17/12/2006 - 09:40:56
El cine español ha mirado al terrorismo de ETA con tanta insistencia como ambigüedad, y desde hace más de treinta años. Varias decenas de títulos importantes lo han hecho directamente a los ojos y desde distancias más o menos próximas, aunque no son tantos, lógicamente, los que han mantenido la mirada firme y sin bajarla. En realidad, ni la cantidad y ni siquiera la calidad han sido en muchas ocasiones lo crucial de este cine enfocado hacia el terrorismo de ETA; lo esencial, lo importante, lo auténticamente reseñable es en muchas ocasiones el lugar en el que se ha puesto la cámara, y hacia dónde apuntaba y con qué intención o finalidad. Por abreviar, se podría decir que el barrido de la mirada del cine al terrorismo etarra ha sido y es, dicho sin pulir, el siguiente: el punto de vista del director y de la película está situado donde los etarras (y desde allí se puede condenar, criticar, comprender y hasta alentar); el punto de vista está justo donde las víctimas (no son muchos los directores que se han atrevido a situar exactamente ahí su cámara, sin titubeos, honesta y valientemente), y el punto de vista se desdobla y mira con un ojo a un lado y con el otro, al otro., es lo que se llama «equidistancia», un concepto ante el que hay que reprimir el golpe de vómito.
Casi todo el cine que se ha hecho sobre el terrorismo, ha sido con la cámara puesta allí, en terreno, digamos, de «los otros», y entre los cineastas que han tomado este punto de vista destaca Imanol Uribe con cuatro películas, «El proceso de Burgos», «La fuga de Segovia», «La muerte de Mikel» y «Días contados». Con mayor o menor intensidad, el cine sobre la banda terrorista desde esta perspectiva siempre deja algún resquicio para la comprensión, la mezcla turbia de la ideología y el crimen, y suele estar impregnado con algo parecido a la leyenda, la mítica o la fascinación. Títulos como «Operación Ogro», de Gillo Pontecorvo; «Días de humo», de Antxon Eceiza; «La rusa» y «Sombras de una batalla», de Mario Camus.
Del cine «equidistante» hay también varios y buenos ejemplos, aunque la cima sin duda de este modo de mirar «polifónico» al «problema vasco» es la película de Julio Médem «La pelota vasca». Confiesa el director su intención de colocar la cámara en el centro del campo y, a cada lado, un equipo: a un lado los asesinos que disparan a la nuca y al otro las nucas que reciben el plomo; un lugar extraño desde el que mirar el terrorismo, pero hecho con grandes dosis de pretensiones poéticas, sentimentales, musicales y de ese «buenismo» que se respira cada vez más entrecortadamente. Cierta equidistancia hay también en «Yoyes», de Helena Taberna, aunque sólo sea por que ahí se confunden víctima y verdugo. «A ciegas», de Daniel Calparsoro, o «Ander y Yul», de Ana Díez.
Como es lógico, la mirada del cine al mundo etarra siempre ha estado en cierta consonancia con la mirada en general de la sociedad. Y el hecho es que a partir de lo que se llamó «el espíritu de Ermua» ese modo de enfrentar el crimen organizado de ETA cambió radicalmente. Ya Helena Taberna y Calparsoro amoldaron la intensidad de su mirada, como también la película del catalán Eduard Bosch «El viaje de Arián», en la que Ingrid Rubio encarna ese tobogán que conecta lo que se llama la lucha callejera con la mafia terrorista.
La resistencia y la dignidad
Pero el terreno firme, la postura clara y la mirada decente y desde el único lugar admirable ha venido con películas de corte documental, alentadas y producidas por Elías Querejeta, y dirigidas por Eterio Ortega, como es el caso de «Asesinato en febrero», donde no hay más comprensión que hacia las figuras del socialista Fernando Buesa y su escolta Jorge Díaz Elorza, y a las familias de ambos, o la más reciente «Perseguidos», donde se husmea entre el valor, la resistencia y la dignidad de unos cuantos personajes que están y viven con la diana de ETA sobre ellos. Y del mismo modo memorable mira hacia allí «Trece entre mil», de Iñaki Arteta, en la que mira a las víctimas con nombre y apellido, con el desprecio más absoluto hacia sus verdugos y sus soguillas, una película en la que se aprecia la «equidistancia» sólo como un lugar innoble, injusto e inmundo.
Tal y como vuelen los vientos, se posará la mirada del cine y los cineastas en el mundo etarra y su sangrienta historia. Curiosamente, y a pesar de la claridad y calidad de los lugares que ocupa cada uno, el plomo y la nuca, no se acaba de cerrar esa puerta entreabierta a la «comprensión» o «fascinación» (siempre más o menos diluida con el agua de los tiempos) con el asesino terrorista. Extraña tendencia a la polifonía en este embarrado terreno, mientras que en otros de sordidez y suciedad parecida sí se han dejado bien atadas las cuestiones morales: ni se plantea la «equidistancia» entre violadores o maltratadores con sus víctimas, ni por supuesto se le da el mismo micrófono al pederasta que a su víctima...
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