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Exquisito Fortuny

Actualizado 17/05/2003 - 05:00:05
«El vestido de Fortuny que Albertina llevaba aquella noche me parecía como la sombra tentadora de aquella invisible Venecia. Estaba invadido de ornamentación árabe como Venecia, como los palacios de Venecia tapados, a la manera de las sultanas, por un velo de piedra calada». Esta es sólo una de las veinte menciones de Mariano Fortuny que Marcel Proust hace en su mítica novela «En busca del tiempo perdido». La influencia de este granadino universal, que revolucionó el concepto del vestir en los primeros años del siglo XX, es notable no sólo en la literatura, también en la pintura (disciplina que él mismo ejerció), la estética, las artes escénicas y la moda actual.
El Estado español, que hace unos días anunció la adquisición de 470 piezas de Fortuny, puedevanagloriarse de haber conseguido un bien extraordinario y codiciado por los museos del mundo. La colección tiene un atractivo indudable, ya que Fortuny creó piezas únicas, artesanales, cuya singularidad estética y rara perfección técnica han sido siempre subrayadas por los estudiosos de su obra. El destino ha querido que la obra de este creador de lo exclusivo pertenezca al Patrimonio español gracias al impulsor del diseño democrático, Amancio Ortega, o sea el dueño de Zara. Inditex, la entidad que preside, ha comprado la colección por tres millones de euros en concepto de dación, como liquidación de parte de su Impuesto sobre Sociedades.
Parafresando a Ortega y Gasset, que definió al padre del artista, Mariano Fortuny y Marsal, como «una de las dos últimas victorias de España sobre Europa», Antonio Abril, secretario general de Inditex, califica la operación de compra de la colección Fortuny a la austriaca Liselotte Höhs como «una cierta victoria de España sobre Europa», en alusión al interés que el legado del granadino había despertado en los museos de otras capitales europeas. De hecho, la colección que se exhibirá de forma permanente en el Museo de la Indumentaria -que se inaugurará a principios del próximo año- supera, al decir de Höhs, a la que se conserva en la propia casa palacio del artista en Venecia, el palacio Orfei.
Allí, en la ciudad de los canales, donde Mariano Fortuny y Madrazo se instaló en 1889, fue donde desarrolló su actividad intelectual y artística. No en vano sus contemporáneos le llamaban «el mago de Venecia», ya que fue quizá el último renacentista en el verdadero sentido del término. Pero el verdadero sustento de su fama fueron sus creaciones en el terreno del vestido, donde investigó, experimentó, inventó y produjo desde las técnicas del tejido, teñido y estampación hasta los diseños de las telas y los trajes. La huella que han dejado sus obras aún puede rastrearse hoy en artistas contemporáneos. Grandes modistas le han rendido homenaje en sus colecciones, como Hubert de Givenchy, Karl Lagerfeld o Issey Miyake, auténtico heredero y continuador del camino abierto por Fortuny hace más de un siglo.
Las prendas de este maestro, sin embargo, poco tienen que ver con el concepto de moda. La aspiración de Fortuny se centra en realizar creaciones clásicas, basadas en la belleza de las proporciones naturales del cuerpo y en la exquisita realización técnica. Los tejidos y vestidos se hacían de principio a fin en su estudio-palacio con procesos de confección y equipos inventados y construidos por él mismo. Fortuny trabajaba con ideas básicas y les daba forma con incontables variaciones: nunca creó dos vestidos iguales.
A su ingenio se deben dos patentes de 1907 especialmente relevantes para la historia de la moda: el tejido plisado y el vestido de raso de seda Delfos, de hechura cilíndrica y holgada, creado mediante el mencionado sistema de plisado. El rico colorido de esta pieza, que responde a la luz y el movimiento, la lograba Fortuny utilizando quince tintes diferentes hasta lograr las tonalidades deseadas. El corte del Delfos es tan revolucionario como sencillo a la vez: una especie de túnica que encuentra su forma sobre el cuerpo de la mujer, resaltando la silueta de forma sorprendente, «que se ciñen como las escamas de una sirena», según describe Lady Diana Cooper en sus memorias.
Las primeras clientas de Fortuny eran mujeres con mucha personalidad y, de hecho, «al liberar a la mujer de corsés, miriñakes y polisones, sus vestidos, inicialmente, se consideraban indecentes», relata Guillermo de Osma, galerista y estudioso de Fortuny. Al principio sus prendas se usaban exclusivamente para recibir en casa a tomar el té. Sólo más tarde, a partir de 1920, fueron llevados en público por artistas y mujeres cultas y progresistas que valoraban el vestido estéticamente e intelectualmente por su significado. La estrella del cine mudo Lillian Gish, la actriz Eleonora Duse, la bailarina Isadora Duncan, la duquesa de Gramont o Shelma Schubert, a quien su hermano, el maestro de la fotografía Alfred Stieglitz, inmortalizó con un Delfos, fueron algunas de las incondicionales de Fortuny.
Ochenta y ocho de estas prendas de vestir, entre las que destacan los Delfos, Abas (túnicas abiertas) y chaquetas de gasa, así como las que creó para el vestuario de la película «Otello» de Orson Welles, forman parte de las 470 piezas que componen la colección que el Museo de la Indumentaria albergará para su estudio, conservación y contemplación.
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