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LA RAZÓN DEL BELLOTARI

Actualizado 17/01/2004 - 04:50:17
YA sé yo que la propuesta de Rodríguez Ibarra era políticamente incorrecta y además inoportuna. A ver quién era el guapo que la iba a apadrinar o simplemente a aplaudir en vísperas de elecciones generales. No iban a ser los nacionalismos, que prácticamente quedarían borrados del Congreso de los Diputados. Tampoco los grandes partidos, temerosos de unos resultados electorales sin mayoría absoluta, y que por tanto traerían una situación de matemática parlamentaria en la que serían necesarias las ayudas de los partidos pequeños para formar gobierno.
O sea, era una propuesta destinada al fracaso. Sólo José Bono, en una prueba de amistad casi aquea, se atrevió a defender al bellotari, como le llamaba el cachondo y múltiple Vizcaíno Casas: lehendakari, chuletari, bellotari, panochari. Y efectivamente, en el fracaso fue enterrada la propuesta. Zapatero hizo, por primera vez en su vida política, un acto de autoridad, y Anasagasti dijo aquello de que les dieran de una vez la independencia a los vascos para que a Ibarra se le pasara el dolor de cabeza. Rodríguez Ibarra retiró su propuesta aunque insistiendo en ella («y sin embargo se mueve») y supongo que al bellotari se le habrá ocurrido enviarle a Anasagasti un presente de bellotas.
Claro está que esa desproporción brutal entre el número de votos necesario para sacar un diputado nacional y otro nacionalista es uno de los disparates que se metieron a puñetazos en la Constitución. Entre Fernando Abril Martorell y Alfonso Guerra, delante del famoso plato de angulas, llegaron a ese acuerdo. Y seguramente hicieron bien en acordarse porque de otra manera los nacionalismos, envalentonados y rotas sus cadenas, no hubiesen entrado por el aro constitucional. Pero pasado un cuarto de siglo, se ha demostrado que los nacionalismos, engordados con la baratura en votos de sus diputados, pueden conducirnos a una situación de ingobernabilidad.
No es justo que al PNV o a CiU se les obligue a obtener un número de votos en proporción al censo de su Comunidad, y cualquier partido nacional tenga que obtener un porcentaje sobre la totalidad del censo. Y encima, el diputado de la Comunidad X de un partido nacionalista acude al Congreso a defender frente a todos los demás las ventajas y consideraciones para su tierra, mientras los otros están allí para defender el bien común, vengan de la tierra que vengan.
Juan Carlos Rodríguez Ibarra lo habrá dicho de una manera ingrata o descarnada, es decir, a lo bestia y por directo, pero es absolutamente cierto que a veces los partidos nacionalistas venden sus votos en el Congreso a cambio de favores del Gobierno hacia su Comunidad. Eso no hay que explicarlo demasiado a quien como yo ha sido cronista parlamentario durante años. Es un hecho repetido y una negociación parlamentaria absolutamente consabida. Se puede mirar hacia otra parte, pero no ignorar algo que está a la vista de manera tan evidente. Puestos a reformar la Constitución como ahora piden algunos nacionalismos, no estaría mal reformar también aquel acuerdo de urgencia entre Abril y Guerra para lograr sacar adelante a la Niña Bonita.
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