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El escudo del Barça

CONTABA ayer La Vanguardia, con honores de portada, que las camisetas del Barça

Actualizado 16/12/2007 - 08:41:20
CONTABA ayer La Vanguardia, con honores de portada, que las camisetas del Barça se venden en Arabia Saudí sin que la cruz de Sant Jordi forme parte de su escudo centenario. Es, según parece, lo «religiosamente correcto». Ignoro, y celebro mi ignorancia como medida preventiva de la ira, quién es el promotor de tan disparatada iniciativa; pero, sea de aquí o de allá, el hecho comporta un ejercicio de renuncia a una forma de cultura y civilización y, además y para los creyentes, un gesto de bobalicona apostasía. El olvido de las tradiciones, y más si surge del interés crematístico, es una forma incurable de barbarie.
«La olla», como llamaban los aficionados veteranos a su escudo, sólo fue alterada durante el tiempo de Francisco Franco. Su contumacia en la persecución de cualquier símbolo de identidad no totalizadora de lo español, cuyo rebote padecemos hoy, llegó a convertir las cuatro barras de la bandera catalana en sólo dos. Algo en lo que apenas llegaron a reparar la mayoría de los forofos, pero que señala la finura del hilado con la que el Dictador tejía su implacable y extensa malla de poder.
Cuando me tocó dirigir Diario de Barcelona -el periódico que fue decano entre todos los españoles y que, vivo desde el XVIII, destrozó el pujolismo-, al tener noticia de la mutilación del escudo original, le pedí al genial Josep Maria Subirach un dibujo creativo sobre el símbolo de lo que era, con mayor fortaleza de la vigente, «más que un club». Salió en portada y, al devolverle a la senyera su condición cuatribarrada, alegró a los más e irritó a quienes, ya en el tardofranquismo, habían hecho un modo de vivir del agitarse, ir contra la realidad y cercenar la libertad.
Ahora le quitan un brazo a la cruz de Sant Jordi y la convierten en una barra roja vertical sobre un fondo blanco. El negocio lo justifica todo y, falsificadas u originales, lo importante es vender camisetas. La grandeza ya no se construye con esfuerzo y mérito. Se levanta con euros y dólares, vengan de donde vengan y sin que importen mucho el método de su génesis o la procedencia de su envío. Lo que, contra Sant Jordi, no pudieron todos los dragones medievales lo puede ahora el comercio de los productos deportivos que, frente a las leyes de la decencia, se elaboran con el trabajo de los menores y la competencia desleal con la que prosperan los más emergentes países asiáticos.
Acaba de aparecérseme la memoria de Oriana Falacci, quien mejor nos previno, tras los sucesos del 11-S en Nueva York, que el islam nos está comiendo la merienda. Si tan siquiera somos capaces de ser y parecer como somos, incluso en algo como el fútbol, difícil será el futuro que nos aguarda. Podemos llegar a quedarnos sin cuarto creciente en las fases de la luna para evitar un posible mal uso del símbolo de los discípulos de Mahoma.
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