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Mil días de vértigo en el «Dragon Khan»

TEXTO: IVA ANGUERA DE SOJOBARCELONA. La mayor montaña rusa de España, el Dragon Khan, se ha convertido en los últimos tres años en la metáfora del Gobierno catalán. La comunidad del «oasis político

Actualizado 16/10/2006 - 07:12:24
TEXTO: IVA ANGUERA DE SOJO
BARCELONA. La mayor montaña rusa de España, el Dragon Khan, se ha convertido en los últimos tres años en la metáfora del Gobierno catalán. La comunidad del «oasis político» ha cerrado los 23 años de pujolismo con una convulsión sin precedentes de la mano del Gobierno tripartito que desde el 22 de diciembre de 2003 preside Pasqual Maragall. El «caso Carod», el hundimiento del Carmel y el «caso 3%», la corona de espinas, la guerra del cava o las crisis fallidas de gobierno son sólo algunos ejemplos de los bandazos a los que ha estado sometida la frágil coalición pergeñada por José Montilla (PSC) y Joan Puigcercós (ERC) ante los ojos incrédulos de CiU.
El hecho de que el presidente de la reforma del Estatuto, algo que no consiguió ni Jordi Pujol, haya sido forzado a la retirada por su partido demuestra hasta qué punto ha salido «quemado» de la Generalitat. Lo que paradójicamente no excluye la posibilidad de una reedición del Pacto del Tinell, esta vez con Montilla al frente.
Incidentes de camino
Lo que los integrantes del tripartito han llamado «incidentes de camino» empezó apenas un mes después de la toma de posesión del Gobierno catalán, cuando ABC hizo público el encuentro del entonces consejero jefe de la Generalitat, Josep Lluís Carod-Rovira, con la cúpula de ETA, en Perpiñán. Un encuentro que se produjo, para escarnio de Maragall, cuando Carod era presidente en funciones.
La reunión no solo abrió las primeras fisuras entre PSC y ERC -los socialistas no fueron informados del encuentro- sino que provocó también el primer enfrentamiento entre el presidente catalán y el líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, quien tuvo que presionar a conciencia para conseguir que Maragall cesara a Carod como consejero jefe. Aún así, el líder de ERC siguió formando parte del Ejecutivo catalán como consejero sin cartera hasta que, un mes después, ETA declaró la tregua unilateral en Cataluña.
El siguiente «incidente» fue el provocada por el informe apócrifo sobre medios de comunicación en el que se señalaban las supuestas preferencias políticas de todos los medios catalanes y de sus principales responsables, añadiendo quién debía ser merecedor de apoyo público y quien no. El informe fue atribuido al responsable de medios de comunicación en el Ejecutivo, Miquel Sellarès, un hombre de Carod que se convirtió en el segundo en abandonar el Palacio de la Generalitat, después del propio líder de Esquerra. Un nuevo cese que dejó en las filas republicanas la sensación de que estaban dejándose avasallar por el PSC.
El desquite llegaría apenas medio año después, con el hundimiento de las obras del Metro en el barrio del Carmel. Los republicanos no dudaron entonces en señalar al consejero de Obras Públicas y Portavoz del gobierno catalán, Joaquim Nadal, para pedir su cese -mientras en el Ayuntamiento de Barcelona, también gobernado por el tripartito, ERC e ICV se apresuraban a marcar distancias para dejar en la más absoluta soledad al alcalde Joan Clos-. Finalmente, el PSC «salvó» al hombre de confianza de Maragall en el Govern, aunque ERC exigió a cambio la creación de un a Oficina Anticorrupción dependiente del republicano Josep Bargalló, con poderes sobre todas las administraciones públicas catalanas, ayuntamientos incluidos. Una exigencia que derivó, un año después, en una nueva crisis entre PSC y Esquerra.
El punto crítico de la crisis devino, sin embargo, cuando Maragall insinuó en un Pleno de la Cámara autonómica que CiU cobraba el 3 por ciento en cada concesión de obra pública, para defender a su gobierno. Una denuncia, nunca probada, que derivó en una investigación de la Fiscalía y, sobre todo, en el momento de peor imagen de los políticos catalanes en su conjunto y de Maragall en particular. Finalmente, una disculpa pública del presidente de la Generalitat y el compromiso de creación de la Oficina Antifraude cerraron, para muchos en falso, el peor enfrentamiento de la legislatura.
Incidentes exteriores
Después de eso, Carod volvió a poner en serios aprietos a la Generalitat con unas declaraciones en las que llamaba al boicot a la candidatura olímpica de Madrid. El motivo era el activo papel del secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky, contra el reconocimiento internacional de la selección catalana de hockey sobre patines. Y el resultado fue una virulenta campaña de boicot a productos catalanes que afectó especialmente a los productores de cava, ya que se produjo en plena campaña navideña. Un incidente que puso en pie de guerra al empresariado catalán, que en público minimizaba los efectos del boicot mientras en privado exigía al tripartito un poco de calma para no ver más afectada su cuenta de resultados.
Josep Lluís Carod-Rovira fue también el protagonista de la siguiente crisis del tripartito, la provocada por una fotografía realizada por el presidente de la Generalitat en la que ironizaba con una corona de espinas, a las puertas del Santo Sepulcro. La imagen fue tomada en una visita oficial a Israel en la que el líder de Esquerra ya había protagonizado otro incidente al negarse a rendir homenaje a la tumba de Isaac Rabin porque la ofrenda de la Generalitat llevaba la bandera española.
El «impuesto» de Esquerra
ERC fue responsable también de la siguiente crisis del tripartito, provocada en esta ocasión por el secretario de Organización y Finanzas de los republicanos, y mano derecha de Joan Puigcercós, Xavier Vendrell. El dirigente independentista aprovechó su paso por la Consejería de Presidencia del Gobierno catalán -donde actuaba de número dos de Bargalló- para remitir a todos los altos funcionarios de los Departamentos adscritos a este partido una carta en la que les exigía donar un porcentaje de su sueldo a la formación republicana.
El hombre que dos años antes, en plena campaña electoral, se ufanaba de regir las cuentas del único partido con «manos limpias», acabó declarando ante la Fiscalía acuisado de reclamar la cuota a Esquerra bajo amenaza de despido a todos los altos funcionarios, incluidos aquellos que no pertenecían a su partido. Sin embargo, el escándalo no evitó que Vendrell fuera «ascendido» para asumir la Consejería de Gobernación -precisamente el Departamento responsable de la función pública catalana- en sustitución de Joan Carretero.
La mala relación entre Pasqual Maragall y su partido está en la base de otra de las crisis sonadas del tripartito, la provocada precisamente cuando el presidente catalán intentó remodelar su gobierno una vez aprobado el Estatuto. Maragall trasladó la propuesta a ERC sin haber consultado con el PSC, y Montilla se encargó de frenar la maniobra. Las ejecutivas de PSC, ERC e ICV dejaron claro el escasísimo margen de maniobra de Maragall al obligarle a posponer la remodelación.
Maragall no pudo llevar a cabo la esperada remodelación hasta medio año después. Y aún así, lo hizo hipotecado por los designios de ERC, que impuso el nombramiento de Xavier Vendrell, Aunque el trágala republicano duró poco, ya que apenas unas semanas después llegaría la crisis definitiva, cuando ERC anunció su voto en contra del Estatuto y Maragall le señaló la puerta de la calle.
Entre el «caso Carod» y la convocatoria de elecciones anticipadas ha habido otros muchos desencuentros en la gestión diaria, al margen de la batalla partidista en la que se convirtió el Estatuto, que avalan la definición del tripartito como una montaña rusa.
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