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«Si hubiera sabido que era Saint-Exupéry, yo no habría derribado su avión»

POR JUAN PEDRO QUIÑONEROILUSTRACIÓN: CG. SIMÓNPARÍS. Sesenta y tres años después, el veterano de la Luftwaffe que abatió el avión de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, uno de los libros más

Actualizado 16/03/2008 - 07:56:57
Sesenta y tres años después, el veterano de la Luftwaffe que abatió el avión de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, uno de los libros más legendarios de todos los tiempos, precipitando uno de los grandes misterios de las literaturas de nuestro tiempo, habla por vez primera: «Había leído y admirado sus libros. Nadie como él había escrito del heroísmo del aviador. De haber sabido que él pilotaba aquel Lightning P-38 no hubiese disparado. Ese recuerdo me ha perseguido toda la vida...»
Horst Rippert tenía veinticinco años aquel año. Había nacido en el seno de una familia de emigrantes rusos de vago origen judío. Y esa ascendencia le costó sufrir una cierta marginación, hasta que sus superiores descubrieron su talento y gran arte como piloto, ganándose a pulso su puesto en la Luftwaffe, como piloto de los legendarios Messerschmitt del arma aérea del III Reich.
Aquel verano del 44, Rippert, sus colegas y superiores supieron muy pronto que uno de ellos había derribado el avión de un héroe de leyenda, noticia bien difundida por las emisoras de radio militares, primero, y civiles, poco más tarde, para convertirse en un acontecimiento internacional.
La misteriosa muerte de Saint-Exupéry pronto quedó eclipsada por el Desembarco, el fin de la guerra, los juicios de Nuremberg y un insondable misterio. Durante muchos años, solo se supo que el Lightning P-38 de Saint-Exupéry había desaparecido, pero nadie podía esclarecer con precisión su misterioso fin, ¿derribado? ¿por quien? ¿víctima de un accidente? ¿dónde, cómo, por qué razones...? El comentario lacónico de las primeras informaciones fue durante muchos años la única información precisa. El 31 de julio de 1944, Satin Exupéry despegó de Córcega, a una hora muy temprana de la mañana, para cumplir una solitaria misión de reconocimiento, al este de Lyon, en la frontera suiza, muy cerca del macizo de Gliers, donde una banda de republicanos y libertarios españoles participó en una legendaria batalla perdida con heroísmo. Un oficial pondría fin al historial militar de Saint-Exupéry con esta frase: «Piloto que nunca regresó. Presumidamente muerto».
Un pescador descubre el avión
Pasaron los años. Hasta que, finalmente, en 1998, un pescador de Provenza, Jean-Luc Bianco, descubrió no lejos de Marsella, en el fondo de mar, un brazalete que Consuelo, su esposa, había regalado a Saint-Exupéry. La historia volvió a ponerse en marcha. Todo parecía indicar que, finalmente, el avión del autor de El Principito y media docena de grandes novelas sobre la épica de la aviación no había desaparecido accidentalmente en los Alpes.
Dos años más tarde, un buceador profesional, Luc Vanrell, hizo el descubrimiento decisivo, a la altura de la isla de Riou, a unos 80 metros de profundidad, donde fue posible encontrar, rescatar e identificar su Lightning P-38. Las piezas del puzzle cobraban su forma definitiva. Quedaban y quedan en el aire no pocos misterios. ¿Quién derribó el avión del autor de El Principito?
En verdad, Luc Vanrell ocultó parte de sus descubrimientos en el fondo del mar. El marino reveló los restos del avión de Saint-Exupéry. Pero calló que también había descubierto los restos del motor de un Messerschmitt de la Luftwaffe. Comenzaba otra investigación cuyos primeros frutos se dan a conocer ocho años más tarde.
Luc Vanrell se asoció con un alemán, Lino von Gartzen, especialista en la historia de la Luftwaffe, que, durante varios años, consiguió localizar a más de un centenar de veteranos de grupos de caza alemanes. Cinco de entre ellos pudieron estar en lugar apropiado, en el momento oportuno. Todos ellos supieron, muy pronto, a primeros de agosto del 44, que un piloto alemán había derribado el avión de Saint-Exupéry. Pero ninguno de ellos quería hablar.
Los restos del motor del Messerchmitt de la Luftwaffe encontrados en las cercanías de los restos del Lightning P-38 pilotado por Saint-Exupéry permitieron identificar a un piloto difunto, vástago de una estirpe prusiana, el príncipe von Bentheim. Esa pista condujo a otros pilotos. Uno de ellos avanzó la pista final: «Llamen a Horst Rippert... él sabe mucho de esa historia...»
Durante muchos años, los espectadores de la Zweite Deutsche Fersehen (ZDF, segunda cadena de la tv alemana) admiraban los comentarios deportivos de Horst Rippert, cronista famoso, viejo zorro de la Luftwaffe reconvertido en el periodismo deportivo, hijo de una familia de emigrantes rusos de vago origen judío, hermano de un cantante célebre con el pseudónimo de Ivan Rebroff, fallecido recientemente.
«Soy yo quien lo derribó»
Cuando Luc Vanrell y Lino von Gartzen localizan a Horst Rippert, en una banal guía telefónica, el veterano de la Luftwaffe los cortó de manera expeditiva: «No sigan hablando. Pueden venir a verme. Soy yo quien derribó el avión de Saint-Exupéry...».
Meticulosos, prudentes, pero muy astutos, Vanrell y von Gartzen se guardaron la historia. Y escribieron un libro para contar toda la historia. Que solo dan a conocer en el momento que interesa a todas las partes. Recién muerto Ivan Rebroff, en Grecia, tras largos años de exilio, su hermano, Horst Rippert, jubilado con 88 años, pero muy lúcido y no menos astuto, reclama la herencia del gran cantante, evaluada en decenas si no centenas de millones de euros.
Con 63 años de retraso, Rippert habla, por vez primera, muy prolijamente: «Yo cumplía una misión a unos 2.000 metros de altura, no lejos de Toulon. Y descubrí un Lightning que volaba muy bajo. Los Lightning solían volar a unos 10.000 metros de altura. Y yo lo tenía a mi alcance, 8.000 metros más bajo. Volaba de extraña manera. Para mi se trataba de un blanco fácil. Y el piloto del Lightning no parecía enterarse. Y yo me dije: «Tío, si no te enteras te caes, ya». Y me tiré sobre él, sin contemplaciones. Disparé sobre las alas. No ví saltar al piloto cuando el avión se precipitó en el mar. Misión cumplida. Un rival menos».
Rippert subraya que desconocía la identidad del avión que acababa de derribar. Identidad que descubriría pocos días más tarde. Sesenta y tres años después, recuerda: «Me quedé horrorizado. De niño, de adolescente, toda mi vida giró en torno a los héroes de las novelas de Karl May y de Saint-Exupéry. Nadie como Saint Exupéry. había escrito sobre los pioneros y la épica de la gran historia de la aviación. Él no solo era, para mi, de joven, un gran escritor, el autor de El Principito. Era, además, el autor de grandes libros, que he continuado admirado. ¡Qué catástrofe! ¡Yo mismo había derribado el avión de uno de mis héroes..! Un desastre. Pero, aquel día, yo no sabía contra quien disparaba. Tiré contra un avió enemigo. Eso es todo».
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