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Fallece, a los 95 años, el compositor y pianista Joaquim Nin-Culmell

Hijo del también compositor Joaquín Nin Castellanos y de la cantante de ópera Rosa Culmell, estudió en París con Paul Dukas y Manuel de Falla

Actualizado 16/01/2004 - 00:21:20
YOLANDA CARDOJoaquim Nin-Culmell, en la Residencia de Estudiantes en 2001
YOLANDA CARDOJoaquim Nin-Culmell, en la Residencia de Estudiantes en 2001
MADRID. El compositor y pianista Joaquim María Nin-Culmell falleció ayer a los 95 años en la ciudad californiana de Oakland, según informó ayer la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), que expresó su dolor por esta desaparición.
Joaquim Nin-Culmell había nacido el 5 de septiembre de 1908 en Berlín y fue el menor de una prestigiosa familia de artistas. Era hijo del compositor y pianista cubano Joaquín Nin Castellanos y de la cantante de ópera franco-danesa Rosa Culmell i Varigaud, padres también de la escritora Anaïs Nin y de Thorvald Nin.
Nin-Culmell estudió en París, donde fue alumno de Dukas y de Falla, que le orientó en sus primeras composiciones. Posteriormente fijó su residencia en EE.UU., donde gozó de gran relevancia académica como profesor emérito del departamento de Música de la Universidad de Berkeley, en California. En su catálogo de obras de cámara destacan «Dos poemas de Jorge Manrique» y «Quinteto para piano y cuarteto de cuerda». «Concierto para piano y orquesta» es su obra más importante para el instrumento que él dominaba. A partir de 1950 compuso varios ciclos de canciones. En 2001, el Gobierno le concedió la nacionalidad española.
Allá lejos
Nació en Berlín en 1908. Acumulaba casi un siglo a sus espaldas pero mantenía la memoria fresca para recordar mil y una aventuras. El secreto: no haber perdido nunca la sonrisa y tener la mente abierta al mundo. Acercarse a él era sorprenderse por la profundidad de unos ojos indagadores que en los últimos años se habían cansado de observar y le habían forzado a mirar hacia dentro. Joaquín Nin Culmell ha muerto llevándose consigo una biblioteca de recuerdos: la hazaña de un día en la que vestido de sacerdote y con una barba postiza se presentó ante su maestro Manuel de Falla como enviado del arzobispo de París; el paso por la capital de Francia y las enseñanzas de Dukas; los encuentros en el exilio con Salinas, Guillén, Salazar y otros intelectuales con quienes le unió un espíritu abierto e independiente; la obligación de responder sobre las «imaginaciones» literarias de su hermana Anaïs Nin.
«Soy simplemente un músico», decía, para inmediatamente alardear de haber ido con su tiempo, de haber estudiado a fondo la técnica dodecafónica, que usó prudentemente en su ópera «La Celestina», y proclamar el valor de la tradición entendida como poso de cultura y fe en las formas tradicionales. Y en su caso también del folclore en el que, casi obligado por un inconsciente freudiano, se sumerge tras la muerte de su padre, Joaquín Nin Castellanos. estudioso de los antiguos maestros españoles del Siglo de Oro y de la música popular. Desde 1939 vivía en California ya que había llegado a ser catedrático en Berkeley. Pero Nin Culmell nunca se sintió muy americano, unque estaba agradecido a aquel país, . Su acervo era europeo, su lengua materna el francés, su alma decididamente española desde que en 1924 había recorrido el país viajando en trenes de tercera y de noche para no pagar hotel. Hoy sus «Tres impresiones» y las sonatas para piano, las canciones populares recogidas bajo el título genérico de «Tonadas» suenan de otro modo.
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