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Los ricos también lloran

«Sueña el rico en su riqueza / que más cuidados le ofrece; / sueña el pobre que padece /su miseria y su pobreza»(Calderón de la

Actualizado 15/12/2008 - 02:50:14
«Sueña el rico en su riqueza / que más cuidados le ofrece; / sueña el pobre que padece /su miseria y su pobreza»
(Calderón de la Barca)
ES imposible sentir lástima. Cuando la banca restringe los créditos y las pequeñas empresas echan el cierre; cuando el retroceso de los beneficios industriales provoca despidos masivos; cuando los señores del cemento ponen en almoneda el control de la energía nacional para salvar las deudas de su expansión financiera; cuando la gente siente la asfixia de las hipotecas y el desempleo, nadie se compadece de las víctimas de una estafa de altos vuelos. Antes al contrario, muchos contemplan el «caso Madoff» como una suerte de episodio de justicia poética, en el que los ricos del poscapitalismo sufren las consecuencias de su propia voracidad especuladora.
En el paisaje devastado de la crisis, la riqueza se ha vuelto sospechosa. Los signos de ostentación están mal vistos y la austeridad se ha convertido en un gesto necesario de solidaridad moral. La población entiende trabajosamente la necesidad de socorrer a los banqueros para que siga funcionando el sistema, y a cambio exige una cierta decencia estética. En Estados Unidos, el Senado ha tenido que bloquear la ayuda a los gigantes de la automoción porque sus directivos se negaban a aceptar un recorte de los astronómicos salarios con que premiaban su incompetencia gestora. En circunstancias de fuerte padecimiento general, el exhibicionismo de la fortuna constituye un peligroso indicio de desapego que puede interpretarse como obsceno cinismo ante la suerte de la mayoría.
La «estafa Madoff» no es más que un caso crítico del paroxismo especulativo que ha caracterizado los años de las vacas gordas. Tipos muy desahogados montaban sofisticados chiringuitos financieros en los que el dinero se multiplicaba al margen de las leyes de la productividad a través de extraños mecanismos de plusvalías que funcionaban en circuitos estratosféricos, cuando no directamente evanescentes. Eso tenía que acabar mal, y lo raro es que sólo hayan caído algunos tinglados de turbiedad desaprensiva, en cuyo desplome se arrastran las inversiones de gente que ni siquiera se atreve a confesar sus pérdidas por miedo al reproche social de su presunta codicia.
En aquel áspero retrato de época que era la película «Wall Street», el joven broker Charlie Sheen preguntaba al agresivo «tiburón» Michael Douglas con cuánto estaba dispuesto a conformarse. La respuesta era obvia: a partir de ciertas cifras no se trata de un asunto de dinero, sino de poder. Durante años, el verdadero poder ha circulado por autopistas opacas que escapaban al control de las instituciones y de la política. Ahora ha llegado un momento en que todo se desmorona entre un estrépito de escombros en el que de vez en cuando surgen huyendo timadores que pasaban por selectos caballeros sin hueco para recibir a nadie en su agenda. Magro consuelo que los ricos también lloren; parafraseando a Shakespeare, si el llanto de los millonarios fecundase la tierra, de sus lágrimas brotarían cocodrilos.
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