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El hijo de Audrey Hepburn revela en una biografía la tristeza de fondo de su

Actualizado 15/12/2003 - 00:11:32
Audrey Hepburn en el filme «Desayuno con diamantes»
Audrey Hepburn en el filme «Desayuno con diamantes»
NUEVA YORK. La intimidad del cine fue durante décadas escuela de emociones: quizás una perversión contemporánea, en la medida en que esa devoción febril que algunos actores y actrices en blanco y negro -la edad dorada- despertaban en sus alumnos se traducía con frecuencia en fuga de la realidad o confusión de sus lindes. En ese oficio de hacer creer que los guantes y la personalidad del personaje eran una segunda piel mostró Audrey Hepburn una capacidad de encantamiento que no se ha desvanecido.
Acaso la fotogenia forme parte del prodigio, al que contribuyen de forma entusiasta los fabricantes de realidad desde revistas, periódicos y pantallas.
Bob Thomas, en nómina de la agencia estadounidense Associated Press, empezaba su reseña del libro escrito por Sean Hepburn Ferrer (uno de los dos hijos de la protagonista de «Desayuno con diamantes», que ha invertido el orden tradicional de sus apellidos) recordando que desde la princesa Anne, en «Vacaciones en Roma», hasta la Eliza Doolittle de «My fair Lady» la actriz parecía «el epítome de la calma interior y la auto-confianza». Nada más lejos de la realidad, según traduce el reseñista de «Audrey Hepburn, un espíritu elegante», el «coffee table» -es decir, libro de gran formato para dejar sobre la mesa del salón para admiración y deleite de visitas-, en el que el hijo que Audrey tuvo con el también actor Mel Ferrer dice que era una mujer con un fondo de tristeza y una tendencia a dudar constantemente de sí misma.
Sean Hepburn explica el origen de esas melancolías en la infancia de la futura actriz durante la Segunda Guerra Mundial en Holanda: «Siempre nos hablaba de cómo ella y sus hermanos tuvieron que comer galletas para perro cuando no había otra cosa que llevarse a la boca, y cómo el pan era verde porque la única harina disponible era de guisantes. Se pasaba días enteros en la cama leyendo para olvidarse del hambre».
El hecho de que su padre desertara del Ejército y la familia al inicio de la contienda (no reapareció hasta dos décadas más tarde, cuando la Hepburn era una estrella) también parece haber dejado heridas en el corazón de una mujer que dedicó la última parte de su vida a colaborar con Unicef y a tratar de evitar que la tristeza -y no sólo por falta de pan blanco- marcara la existencia de otros niños. Sean Hepburn dedicará los beneficios de su libro al Fondo Audrey Hepburn para la Infancia, que él mismo alienta.
En enero se cumplirán once años de la muerte de la actriz cuya mirada parecía conjugar el enigma y la fragilidad. Audrey Hepburn murió a los 63 años en Suiza, después de que se le diagnosticara un cáncer que no remitió tras una primera operación.
Como recuerda su hijo, «murió en paz. Sentía que la muerte era parte natural de la vida». Una lección que la escuela de la intimidad llamada cine raramente enseña.
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