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Los tomasistas

JUAN MANUEL DE PRADADECIDÍ hacerme taurino el día en que los eurodiputados

Actualizado 15/10/2007 - 07:11:32
DECIDÍ hacerme taurino el día en que los eurodiputados socialistas españoles votaron en contra de la concesión de subvenciones a las ganaderías de toro bravo. Enseguida me di cuenta de que, detrás de ese gesto tan indigno, subyacía un proyecto de pretensiones más vastas; enseguida supe que el Régimen había diseñado la destrucción sistemática de lo que antaño llamábamos «esencias patrias», que son la última línea de resistencia de nuestra identidad ancestral contra las operaciones de ingeniería social de los totalitarios. Todas mis previsiones se cumplieron: el Régimen ha tratado desde entonces de desprestigiar el espectáculo taurino por todos los medios; y, como los benditos milagros existen, como todavía hay españoles que no soportan que les toquen los cojones y mucho menos que se los arranquen de cuajo para convertirlos en eunucos del Régimen, la fiesta nacional ha resistido los zarpazos de sus enemigos, que se disfrazan de mascaradas ecologistas y otros aquelarres progres, y alcanzado paradójicamente una de sus épocas de mayor esplendor.
Puedo confesar con orgullo que me hice taurino gracias al Régimen. Y es que ser taurino hoy es un marchamo de resistencia. Como taurino neófito he descubierto algunos rasgos o manías de los aficionados que no me agradan. Quizá el más pintoresco sea ese cerrilismo con que unos y otros defienden al torero de su predilección, negándoles al resto el pan y la sal, como si no se pudiera disfrutar de estilos de toreo diversos. Pero todos estos rasgos y manías palidecen ante el grotesco fenómeno de sugestión colectiva provocado por el regreso de José Tomás a los ruedos. La mística que rodea al personaje quizá posea su embrujo: Tomás ha descubierto que la forma más acabada de apoteosis mediática, en una época en que cualquier chisgarabís puede vivir su momento de gloria televisiva, consiste precisamente en rehuir el acoso de los medios. Pero la pose huidiza no convierte a Tomás en el mejor torero de nuestra época; tampoco su toreo de estafermo que se planta delante del toro y no se inmuta. Para mí los grandes toreros son aquellos que, arrimándose, componen un duelo plástico con el animal que los embiste; pero el «dontancredismo» me parece toreo del malo, tremendista y facilón, por mucho que se engalane con una estética sobria, casi ascética. Digo facilón porque sospecho que en las actitudes gratuitamente suicidas de ciertos toreros existe un propósito de halagar al público más sugestionable. Yo no creo que la calidad de un torero se mida por el número de cicatrices que lo engalanan; aunque, desde luego, si contamos el número de veces que los toros han corneado a José Tomás en esta temporada, su supremacía es incontestable. Y eso que los toros que han corneado a José Tomás no eran -por decirlo piadosamente- los más bravos que han pisado las plazas desde que el mundo es mundo.
Todos hemos visto corridas esta temporada en que José Tomás ha compartido cartel con toreros que han toreado mucho mejor que él y han obtenido menor premio y aplauso. Quien regresara con la aureola de adalid de las esencias puristas del toreo se está convirtiendo en imán de un público que viene a ver si lo pilla el toro, a ver por dónde le hinca el cuerno, a ver si al hincárselo le rasga la taleguilla, etcétera. Un público que se mete a ver una corrida como quien se sube en una montaña rusa, para poder gritar de miedo a cada muletazo. Pero lo más enojoso de este fenómeno protagonizado por José Tomás no es su toreo tremendista, ni la sugestión que ejerce sobre ese público morboso que espera poder contar a sus nietos que estuvo en la plaza el día que un toro se lo llevó por delante, sino esos tomasistas sobrevenidos que para ensalzar a su ídolo necesitan previamente vituperar a los demás toreros, o que incluso llegan a denigrar la fiesta nacional, presentando a José Tomás como una suerte de mesías que ha venido a salvarla de la cochambre. Estos tomasistas sobrevenidos suelen ser progres que han hallado en José Tomás un banderín de enganche para hacerse perdonar su afición taurina; no en vano su ídolo posa con camisetas del Che Guevara cuando lo entrevistan, que es una cosa que se la pone muy dura a cualquier progre con pedigrí. Ya veremos si este tomasismo sobrevenido no es en realidad un caballo de Troya enviado por el Régimen.
www.juanmanueldeprada.com
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