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En memoria de Antonio Truyol y Serra

Actualizado 15/10/2003 - 01:06:22
HA muerto en Torrelodones, a los 89 años, don Antonio Truyol y Serra. De las múltiples lecciones que ha ofrecido a sus amigos y discípulos hay una primera y principal: la pasión por la ciencia, propia de un sabio austero, metódico e infatigable, de una escrupulosa probidad intelectual. He aquí la huella que dejó a sus alumnos, luego discípulos, que le hemos admirado tanto como le hemos querido.
Pero cuando la vía más fácil es dejarse llevar por los recuerdos personales más conveniente resulta, para garantizar la objetividad, acudir al contraste que ofrecen los datos. Cabe así recordar que Truyol nació en Saarbrücken (Alemania), el 4 de noviembre de 1913, hijo de padres españoles oriundos de Mallorca, realizando estudios primarios y secundarios en Inca, en Ginebra y en su propia ciudad natal, sucesivamente. Es claro que la integración europea no es para nuestro autor una mera hipótesis de laboratorio, sino una experiencia vital, asumida en los años decisivos para la formación.
Estudiante de Derecho en Madrid, en una época brillante de la Universidad madrileña (1932-36), inició su carrera académica después de la guerra en la misma Facultad, hasta obtener las cátedras de «Filosofía del Derecho» en las Universidades de La Laguna, primero (1945), y de Murcia después (1946-1957). Es entonces cuando el profesor Truyol, ajeno a tentaciones extrauniversitarias, da un giro en su especialización académica, sin alterar por ello su genuina vocación intelectual, que supera de largo la visión estrecha del especialista: obtiene, en efecto, las cátedras de «Derecho y Relaciones Internacionales» y de «Derecho Internacional Público» de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología (antes, Ciencias Políticas y Económicas) de la Universidad Complutense, que regenta entre 1957 y 1983.
No hace falta abrumar al lector con un informe completo sobre actividades y honores: Académico de número de la Real de Ciencias Morales y Políticas (desde 1972, a cuya vicepresidencia accede en 1989); miembro del curatorium de la Academia de Derecho Internacional de La Haya; en fin, magistrado del Tribunal Constitucional, entre 1981 y 1990, contribuyendo así a la conformación en España del Estado Social y Democrático de Derecho, cuyos principios de legitimación más característicos ha defendido siempre con tanta sabiduría como vigor.
Son muchas, cómo no, las obras publicadas. Muchas más las lecciones impartidas. Pero el número, con ser importante, produce quizá menos impacto que el perfecto «acabado» (valga el símil comercial) de todas y cada una de ellas, herencia tanto de su formación germánica como del espíritu innato de búsqueda de la excelencia. Brillan especialmente los «Fundamentos de Derecho Internacional Público», lúcida presentación de las bases históricas y doctrinales de la disciplina; «La teoría de las relaciones internacionales como Sociología», valiosa contribución metodológica; «La integración europea. Idea y realidad», historia política y doctrinal de la formación de una comunidad supranacional; en fin, «La sociedad internacional», donde se refleja al máximo la poderosa capacidad del docente para ordenar centenares de datos en un todo coherente. En el plano de la filosofía jurídica y política, sus primeros libros son «El Derecho y el Estado en San Agustín» y «Los principios del Derecho Público en Francisco de Vitoria»; asimismo, «Fundamentos de Derecho Natural» y, sobre todo, la magnífica «Historia de la Filosofía del Derecho y del Estado» (que comenzó a publicarse en 1954), síntesis muy lograda de una materia complejísima, que cuenta, entre otros méritos, con la gratitud de cientos de alumnos que han hallado en sus páginas la claridad expositiva que falta en otros notables manuales al uso (Sabine, Touchard, Welzel, Strauss, entre ellos), tantas veces recomendados en nuestras aulas universitarias. Deja preparado el profesor abundante material para la última parte de la «Historia...», que aborda el pensamiento de los siglos XIX y XX. Ojalá esté pronto a disposición de la comunidad científica.
«Los derechos humanos» es una de sus obras más conocidas. He aquí algunos párrafos del prólogo de este libro (escritos, téngase en cuenta la fecha de primera edición, en 1968), que permiten entender el sentido ético de su producción teórica: «El establecimiento de un régimen internacional efectivo de los derechos humanos implica una limitación sustancial del poder soberano de los Estados, que ya no podrán dar a sus súbditos el trato que quieran en esta materia, vital para los individuos (...) miembros de una comunidad jurídica universal».
Gracias, querido don Antonio, por el ejemplo, la generosidad y el afecto. El maestro transmite su conocimiento, pero, sobre todo, enseña a disfrutar. Pues ya dijo San Agustín, quién si no, que «para aprender tiene más fuerza la libre curiosidad que la necesidad medrosa». Ahora que no está con nosotros, estamos en condiciones de apreciar su categoría intelectual en toda su plenitud. Una vez más, tiene razón Hegel, como tantas veces nos recordaba: «la lechuza de Minerva sólo emprende su vuelo al anochecer».
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