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La ciudadanía bien entendida

IGNACIO CAMACHOLO digan o no los manuales de Educación para la Ciudadanía, para

Actualizado 15/09/2007 - 08:26:33
LO digan o no los manuales de Educación para la Ciudadanía, para ser buen ciudadano no basta con cumplir los preceptos de la ley, sino que es menester observar un decoro ético tanto más transparente cuanto mayor sea la responsabilidad social del sujeto. Si el sujeto es, además, un dirigente público o un representante popular, está moralmente obligado a una ejemplaridad irrenunciable. Y si el sujeto desempeña, por añadidura, funciones educativas debe presentar un comportamiento del todo irreprochable. Si los textos de la nueva asignatura, los escriba quien los haya escrito, no explican esto quizá valgan como combustible en alguna de las muchas escuelas españolas en las que no suele funcionar la calefacción.
El diputado Victorino Mayoral será, sin duda, un hombre honrado, pero como mentor de la flamante educación cívica zapaterista no resulta un dechado de virtud democrática. En la moderna concepción ciudadana que sin duda defiende desde sus plataformas y fundaciones, la honestidad es un concepto genérico que va más allá de la letra legal para convertirse en una actitud de vocación ética e igualitaria. Un buen ciudadano no se beneficia de tratos de favor, ni juega con ventaja en concursos públicos, ni siquiera da lugar a la sospecha de que se ampara en su posición relevante para obtener preeminencia en las convocatorias de contratos. Aunque, faltaba más, no se lleve un duro; de momento sólo estamos hablando de cuestiones morales.
El ciudadano Mayoral será, sin duda, un hombre honrado, pero la ristra de contratos municipales de la que es beneficiaria su bienaventurada Liga Española de la Educación y la Cultura Popular tiene un tufo de clientelismo que tira de espaldas. No es que resulte novedoso, tristemente, porque en los municipios y autonomías españolas es frecuente la derrama de fondos y subvenciones en un tejido asociativo vinculado por lo general al partido que ocupa las parcelas del poder. Hay un río poco cristalino de dinero de los contribuyentes que fluye entre contratillos de asistencia, asesorías difusas, programas de aprendizaje, talleres y monitorías varias, en el que menudean los escándalos a poco que se bucea con una linterna de escrúpulos. El resultado es la formación de redes clientelares que permeabilizan las asociaciones de vecinos, las organizaciones benéficas, los entes culturales, las plataformas educativas. Unas veces de manera legal, y otras no, pero casi siempre de forma ventajista y sectaria. Es decir, la clase de conductas que, aunque se aprenden pronto en la vida, no conviene enseñar en los colegios.
Así que como gurú de la Educación Ciudadana, el diputado Mayoral no progresa adecuadamente, aunque su Liga progrese, bien orientada, camino de la Champions de las subvenciones. Su comportamiento será legalmente correcto, pero resulta políticamente sectario, éticamente dudoso y estéticamente deplorable, lo que lo invalida como promotor de la formación cívica de nuestros escolares. La ciudadanía bien entendida empieza por uno mismo, pero eso significa todo lo contrario de lo que este honrado congresista parece haber entendido.
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