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Lecciones de septiembre

Muñoz Molina se encontraba en Nueva York en el momento de los terribles atentados a las Torres Gemelas. Sin embargo, no fue hasta un año después, con la distancia que otorga el tiempo, cuando escribió el texto premiado

Actualizado 15/05/2003 - 00:45:19
En Nueva York, los días que siguieron al once de septiembre, me venía con frecuencia a la memoria un verso de T. S. Eliot en los «Cuatro Cuartetos: «Human kind cannot bear very much reality»». Es cierto: los seres humanos no somos capaces de soportar un grado excesivo de realidad. No la entendemos, no sabemos abarcarla si supera demasiado lo probable, si nos sumerge de golpe en lo más inesperado, en lo más atroz. El hecho en sí, íntegro, monstruoso, repetido, imposible, estaba en las imágenes de la televisión, casi a cada minuto, pero para nuestra capacidad de percepción de lo real, para nuestra imaginación tan limitada, seguía siendo no ya inexplicable, sino inaceptable. Por eso era tan fácil identificar aquellas imágenes con las de una película, una de tantas películas norteamericanas en las que los efectos especiales convierten a Nueva York en un escenario del apocalipsis.

En la vida, en la experiencia diaria, lo que había ocurrido a unos cuantos kilómetros al sur perdía su magnitud intolerable para fragmentarse en una pocas sensaciones, en un cierto número de imágenes siempre laterales, nunca vinculadas de manera directa al horror principal. De aquella mañana soleada y cálida lo que recuerdo con más claridad son unos cuantos detalles secundarios: junto a la boca de metro, en Lincoln Square, una mujer joven, con gafas de sol, hablaba por un teléfono móvil y rompía a llorar; en el supermercado ya no quedaban carritos ni cestos, y la gente llevaba en las manos de cualquier manera las cosas elegidas a toda prisa y sin embargo con una calma rara y metódica, alimentos primordiales y botellas de agua para prevenir quién sabía qué continuación del desastre. En el supermercado el silencio inquietaba tanto como los alaridos próximos o lejanos de las sirenas, como el fragor de los aviones militares que volaban muy bajo.

Una lección de aquel septiembre es que, en las circunstancias más desastrosas, a una cierta distancia del epicentro de una catástrofe, la vida normal continúa con una especie de monotonía fantasma, y hay personas que almuerzan ensimismadas junto a la ventana de un restaurante, y corredores sudorosos que se paran en un semáforo en rojo limpiándose el sudor de la frente, mirando el reloj para controlar sus pulsaciones agitadas. Los seres humanos no somos capaces de asimilar plenamente los extremos más atroces de la realidad. Con una obstinación no se sabe si heroica o suicida, uno intenta mantener sus costumbres, se refugia en ellas como en una madriguera en la que imagina que nada adverso le puede suceder. Procurábamos vivir aquellos días como si no hubiera pasado nada, como si fuera posible eludir otra lección del once de septiembre: la fragilidad de lo que parece más firme, lo que se da por supuesto, de los mecanismos y los sistemas materiales que sostienen la vida cotidiana, de las tecnologías que se nos vuelven invisibles de tan habituales. ¿Qué ocurriría si un nuevo atentado cortaba el suministro eléctrico de la ciudad, si se envenenaban las aguas, o más sencillamente, si se cortaban los túneles y los puentes que mantienen la isla de Manhattan tan precariamente unida con el mundo exterior? Una mañana, muy cerca de casa, en la acera junto al edificio de la NBC, había cordones policiales, destellos azules y rojos de alarmas, hombres con trajes blancos como de astronautas, con escafandras y mascarillas: había empezado el pánico del ántrax. Salvo en la zona del desastre, todo parecía normal, era preciso que lo fuera, la línea de metro que pasaba debajo de las torres había vuelto a funcionar y estaban llenas las terrazas en los restaurantes de Columbus Avenue, pero el ruido de un avión en el cielo provocaba un sobresalto íntimo en el corazón, y los empleados de la oficina de Correos llevaban guantes de goma transparente. En cada acto normal había una fracción posible de amenaza: esa postal que uno escribía, que uno dejaba caer en el buzón azul de la esquina, ¿no llevaría invisiblemente hacia el otro lado del océano unas esporas de veneno?
Uno tomaba el metro, vindicaba instintivamente al hacerlo las valiosas rutinas que tejen la vida, pero en la estación siempre había hombres de uniforme, y si el tren se detenía en medio de un túnel y el vagón se quedaba un momento a oscuras el miedo se percibía como una presencia física en la inmovilidad de la gente callada.

Una tez oscura

Contaba el periódico que un hombre «sij» había sido acosado y casi linchado por una chusma furiosa que tomó por símbolos musulmanes su larga barba y su turbante. Una tez oscura, unos ojos demasiado brillantes, podían volverlo a uno sospechoso en el control de un aeropuerto. Otra lección de septiembre es que el poder del Estado tiende a compensar su incompetencia en la persecución de los terroristas limitando las libertades de los ciudadanos comunes. Al mismo tiempo que se revelaban las torpezas inauditas del FBI y de la CIA, incapaces de advertir a tiempo los signos de lo que se avecinaba, el presidente anunciaba medidas que debilitaban gravemente las garantías jurídicas y la integridad personal de cualquiera que pareciese sospechoso. Pero siempre es más fácil encarcelar a un inocente que a un forajido, y en situaciones de grave emergencia pública la inutilidad de los que mandan se disimula fácilmente tras las oportunas unanimidades patrióticas.
Otra lección, ésta muy adecuada para los demócratas españoles: sólo es terrorismo el que a uno le toca de cerca; basta una cierta distancia para que a la palabra se le difuminen sus aristas de horror, y se convierta en otra cosa, violencia o rebeldía, por ejemplo. En el otoño de 2001, las palabras terrorismo y terrorista aparecían en casi cada línea de «The New York Times», casi con una sola excepción: las informaciones breves que de tarde en tarde daban cuenta de un atentado en España. La ciudad de Nueva York acababa de sufrir el horror del terrorismo en un grado extremo, pero eso no volvía más sensibles a los editores del periódico o a su lamentable corresponsal en Madrid, la señora Emma Dally hacia el dolor y la crueldad del terrorismo que seguía golpeando en España. Terroristas son los que matan en Estados Unidos: los que matan en la remota España son rebeldes, miembros, según la prosa «The New York Times», de una «organización  separatista armada». Yo me preguntaba tristemente qué pensarían los editores del periódico y su aséptica corresponsal en Madrid si a quienes habían provocado la matanza en las Torres Gemelas los calificara alguien de pertenecientes a una «organización religiosa aerotransportada».

La infamia del anonimato

La entereza de la gente común fue otra lección: la generosidad sin condiciones de tantos miles de voluntarios, el calor con que las instituciones y la ciudadanía acogieron a los héroes que salvaron tantas vidas y a los familiares de las víctimas. Día tras día, durante varios meses, el «New York Times» dedicó una página entera a publicar las fotos y las biografías de cada uno de los muertos. Nadie merece la infamia de ser arrojado al anonimato, a la fosa común de una cifra: cada uno de los que murieron tenía un nombre, una historia, dejaba un recuerdo preciso, un hueco singular de ausencia. Esa inercia de lo pintoresco, de lo cruel... a entre quienes lo conocieron. Una limpiadora dominicana, un agente de bolsa, un bombero irlandés de Queens, una joven española embarazada: todos merecían la misma justicia, ninguno fue menos inocente.
Volveré dentro de unas semanas y en cuanto pueda bajaré caminando por Broadway hasta el solar ya despejado donde estuvieron las Torres, donde vi desfiladeros y muladares de chatarra y ruina bajo la claridad de los reflectores nocturnos. Será una mañana del otoño soleado y fresco de Manhattan, cuando ya empiezan a amarillear en las aceras las hojas de las acacias y los gingkos y una bruma de herrumbre tiñe a la caída de la tarde las copas  de los robles y los arces en Central Park. Pero seguramente dejaré muy pronto de echar en falta los dos prismas gigantes que agrandaban la sombra en las calles estrechas del distrito financiero. Hace un año que no están, pero ya nos hemos acostumbrado a no advertir su doble ausencia en el perfil azulado y vertical de la punta sur de la isla. Más fácil que aceptar que las Torres existieron y fueron derribadas en unos minutos sepultando bajo sus escombros candentes varios miles de vidas humanas, será imaginar que no se alzaron nunca, que fueron un espejismo repetido en las postales de las tiendas turísticas de la Quinta Avenida.
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