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Zapatero rechazó un pacto secreto con Bono la víspera del congreso que lo eligió líder del PSOE

¿Por qué Felipe González renunció a seguir ejerciendo el liderazgo del PSOE sin previo aviso? ¿Por qué Joaquín Almunia dimitió sin esperar a que concluyera el recuento electoral? ¿Qué hizo posible que José Luis Rodríguez Zapatero pasara, en tan sólo ciento treinta días, de ser un desconocido diputado de provincias a líder de la oposición? Éstas y otras muchas preguntas sobre lo ocurrido en el PSOE entre 1996 y 2000 encuentran respuesta en el libro «El relevo», escrito por el redactor de ABC Gonzalo López Alba y editado por Taurus, que saldrá a la venta el miércoles, día 17. ABC adelanta un extracto dela Introducción de la obra.

Actualizado 15/04/2002 - 00:49:47
«El bullicio que el 17 de mayo de 2000 reinaba en el hotel Ritz puso sordina a la conversación.
-¿Vas a hacer sufrir mucho a mi marido? -preguntó la esposa del veterano presidente autonómico.
-Yo haré lo que diga Felipe y crea conveniente -respondió el joven diputado de provincias.
Aquel día, varios cientos de personas se habían congregado en uno de los hoteles con más glamour de Madrid para escuchar la intervención del presidente de Castilla-La Mancha, José Bono, en el foro «Madrid, punto de encuentro», organizado por ABC: allí se disponía a exponer las líneas maestras de su proyecto encaminado a asumir el liderazgo del PSOE. Bono estuvo en todo momento muy pendiente de José Luis Rodríguez Zapatero, que, aunque se había sentado en un lugar discreto, fue requerido a instancias del conferenciante -por el que había sido invitado personalmente- para que se incorporara a la mesa presidencial.
La conversación entre Ana Rodríguez, la esposa del hombre que gobernaba Castilla-La Mancha desde hacía diecisiete años, y José Luis Rodríguez Zapatero, un diputado desconocido para el gran público y de quien sus propios compañeros de partido sabían poco más, se redujo prácticamente a aquellas dos frases. Sin embargo, marcaría en gran medida el desarrollo de los dos meses que siguieron hasta la celebración del XXXV Congreso del PSOE, porque reveló a Zapatero la debilidad de Bono y porque hizo creer a éste que el diputado leonés era una marioneta de Felipe González.
Aunque el tono fue cordial, la inquisitoria incomodó profundamente a Zapatero al pretender sonsacarle una respuesta política con una apelación afectiva y, de forma espontánea, respondió con lo que sabía que más podía confundir a Bono. A partir de aquel momento, éste creyó que González -quien le había animado a presentarse- manejaba los hilos del movimiento de Nueva Vía, y que al impulsar un candidato alternativo de «la mayoría» pretendía evitar que él obtuviera una victoria aplastante en el congreso llamado a pasar la página de la era felipista en la historia del socialismo español.
Por entonces, Zapatero ya había asumido de manera formal y pública el liderazgo del colectivo de militantes agrupados en Nueva Vía, pero todavía no tenía decidido presentar su candidatura a la Secretaría General. Hacía casi un mes que había cambiado de opinión respecto a Bono, a quien había telefoneado para ofrecer su apoyo cinco días después de la dimisión de Joaquín Almunia, cuando el 17 de marzo leyó en los periódicos que el presidente de Castilla-La Mancha manifestaba su disposición a asumir el liderazgo del PSOE.
-Pepe, creo que debes ser el candidato y quien lidere el partido en la nueva etapa.
Cuando Zapatero hizo esta llamada al móvil de Bono, la reflexión entre los parlamentarios socialistas sobre la conveniencia de protagonizar el cambio generacional era todavía muy incipiente y nada organizada.
Sin que hubieran hablado mucho, Bono y Zapatero tenían una buena relación política y personal. (...) Bono siempre le prodigó gestos de afecto personal y comentarios políticos elogiosos.
En el foro organizado por ABC, el director de este diario, José Antonio Zarzalejos, que ejercía de moderador en el coloquio posterior a la intervención de Bono, le trasladó la pregunta que todo el mundo quería hacer acerca de si presentaría o no su candidatura a la Secretaría General del PSOE. La respuesta fue alambicada, pero no por ello menos clara.
-Si me preguntan directamente, les diría: voy a hacer lo que ustedes están pensando.
Al término del acto, Bono se despidió afectuosamente de Zapatero con un «A ver si nos vemos...» que, como era su pretensión, a oídos de quienes lo escucharon pasó por una mera fórmula de cortesía. Pero, en realidad, se trataba de un mensaje cifrado sobre la respuesta a la pregunta que le había planteado en una comida secreta que ambos habían celebrado casi un mes antes a iniciativa de Bono.
El 24 de abril, mientras comían un arroz en el restaurante Saint James, Bono había expuesto a Zapatero su proyecto de tomar las riendas del PSOE y quiso saber qué pensaba hacer el diputado leonés (...)
-Tienes madera de líder, pero lo que no sé es si ha llegado ya tu momento. Lo cierto es que tú arriesgas menos que yo en este Congreso -le dijo Bono, poniendo sobre la mesa su capital de diecisiete años como presidente de Castilla-La Mancha, aunque ante su círculo de confianza el elogio que hacía de las cualidades de Zapatero ofrecía algún matiz: «Tiene aspecto y cara de líder. Veremos si tiene madera de líder...».
La comida fue breve porque Bono tenía prisa, pero Zapatero, que por primera vez mantenía con él una conversación de cierta intensidad, modificó la idea que se había forjado en los últimos años sobre su interlocutor. Sus respectivas formas de entender la política y el partido eran muy diferentes.
Para el mes de mayo Zapatero había conseguido ya hacerse un hueco y, de una u otra forma, era necesario contar con él. (...) Manuel Chaves, que había empezado a tomarle en consideración a raíz de algunos comentarios de González insinuando que se debía «tener en cuenta» al diputado leonés -con quien, por primera vez, había mantenido una larga conversación el 20 de abril-, propuso un pacto en virtud del cual Bono sería el secretario general y candidato electoral, y Zapatero, vicesecretario general y portavoz parlamentario. En la misma idea estaba Felipe González, a quien le parecía una buena solución para recomponer la mayoría en un momento en el que, aunque empezaba a simpatizar con la renovación generacional que encarnaba Zapatero, no creía que pudiera ganar el congreso; eso en el supuesto -que aquél no le había aún despejado- de que decidiera presentar su candidatura. El pacto estaba bien visto también por la inmensa mayoría de la clase dirigente, en la que había un sentimiento ampliamente compartido de que, en la situación en la que se encontraba el PSOE, Bono era la opción menos mala, pero, al mismo tiempo, sus miembros no se fiaban lo suficiente de él como para entregarle todo el poder.
(...) el 18 de mayo, más como una reflexión teórica que como una propuesta concreta, Rubalcaba planteó a Zapatero la idea del tándem con Bono durante una comida en el restaurante La Vaca Argentina de la calle Gaztambide. (...)
Tras aquella comida con Rubalcaba, cuyas opiniones atendía con gran interés, Zapatero se vio envuelto en un mar de dudas.
-Quizá sea mejor dejarlo. Como secretario general de León he estado pilotando una barca y eso sería pilotar un transatlántico. En seis meses me habrían comido los tiburones -comentó en los ecos de la conversación con el ex ministro.
Aunque tras sus ademanes suaves y maneras educadas se esconde una roca poco permeable a las influencias externas y nada a las presiones, el argumento de que su candidatura sólo contribuiría a acentuar la división del partido había hecho mella en él y le desmoralizó.
Zapatero, como en otras tesituras delicadas, se refugió en el consejo de su familia. Tanto su padre como su hermano, los abogados Juan Rodríguez García-Lozano y Juan Rodríguez Zapatero, le desaconsejaron vivamente el pacto, no sólo por criterio propio, sino porque ésa era también la opinión que recogían en la calle. (...)
-Hijo, no puedes pactar con alguien que tiene menos valores que tú (*). Representáis cosas distintas y, habiendo llegado hasta aquí, tu retirada supondría frustrar muchas esperanzas de cambio, que no se verían canalizadas si pactas con Bono. Eso sería un pastiche muy difícil de entender y, tal como han ido las cosas, el pacto no te conviene, pase lo que pase, aunque también debes ser consciente de que te la juegas. Pero, en fin, si crees que tienes posibilidades, aguanta.
José Luis Rodríguez Zapatero no cerró definitivamente la puerta a un pacto con José Bono, lo que hubiera implicado la retirada de su candidatura a la Secretaría General del PSOE, hasta la víspera misma del XXXV Congreso, que comenzó sus sesiones el viernes 21 de julio de 2000. Para entonces ya hacía varias semanas que González había llegado a la conclusión de que era inviable porque la evolución del proceso llevaba a una situación en la que era Zapatero el que podía poner condiciones; y si el pacto llegaba a producirse, creía que Bono no respetaría las cláusulas de un liderazgo compartido que chocaba de lleno con su propia personalidad y con los planteamientos que le trasladaba.
Dos días antes del congreso, a mediodía del miércoles 19 de julio, Zapatero telefoneó al eurodiputado Alejandro Cercas, quien en el momento de recibir la llamada estaba en la sede de Gobelas con Ignacio Varela y Luis Pérez, expertos del partido en demoscopia.
[...]

Sus interlocutores, que siempre habían estado en la «cocina» de las encuestas del PSOE -Pérez fue durante muchos años el artífice de las «profecías» demoscópicas de Alfonso Guerra-, le expusieron un análisis muy pesimista (...)

-Bono es una máquina electoral, mientras que tú no representas una opción viable a corto plazo porque eres un desconocido para la opinión pública. Aunque lograras ganar el congreso, sería por la mínima y te encontrarías con un partido convertido en tierra quemada porque tu victoria dejaría los cadáveres políticos de Bono y de Chaves -le presionaron (...)

(...) al ver que Zapatero dudaba, Cercas y Varela, cada uno por iniciativa propia y los dos por su cuenta y riesgo, llamaron al presidente de Castilla-La Mancha planteándole la posibilidad de una reunión secreta con Zapatero para intentar un acuerdo de última hora.
[...]

Zapatero apuró el tiempo al máximo para desesperación de Varela, que veía cómo se iba consumiendo el jueves 20 de julio sin obtener una respuesta (...)

A las seis de la tarde, a tan sólo dieciocho horas del comienzo del congreso, con la misma cordialidad con la que le había sido formulada la invitación, Zapatero la rechazó. (...)
[...]
El 20 de julio la hora de la verdad estaba ya a punto de llegar (...)

(...) Cuesta le preguntó a Zapatero qué dispositivo tenían para conocer los resultados.

-De eso se encarga Pepe -respondió.
El asturiano pensó que, como suele ocurrir en estas situaciones, podría producirse una congestión en los teléfonos en el momento crucial y marcó un número (...)

-Espera un momentín, que estamos acabando... Voy a dejarlo abierto... -le respondió en un susurro Francisco Virseda, abogado del partido que asistía al recuento (...)
[...]

-Éste es un día histórico -fueron las primeras palabras que pronunció el nuevo secretario general del PSOE tras conocer su elección.
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