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Reality shows

Actualizado 15/02/2001 - 00:21:03
Ahora resulta que muchos de los emocionantes reality shows que nos encogen el corazón desde la pantalla del televisor son puro teatro. Todo lo que allí sucede está escrito en el guión. En cierto modo, los reality shows serían como esas sesiones del Congreso en que los oradores no oran sino que leen, y les responden otros tribunos que también leen, o sea, que conocen o adivinan el argumento del objetor y ya se traen la respuesta escrita de casa. O desde la casa del negro. Lo mismo, pero en marujas. Algo parecido sucede también en esos programas tipo «Gran Hermano». Un enjambre de psicólogos, sociólogos y guionistas lo tiene todo planificado, y el tramoyista del guiñol conduce a capricho a los pardillos concursantes, desde el «confesionario». No se dan cuenta estos pardillos concursantes que ellos son, como los personajes de las tragedias de Sófocles, juguetes del Hado.
Las peleas y reconciliaciones entre novios (felicidades, novios, que estoy escribiendo en el día de San Valentín), las acusaciones malhumoradas y la separación de matrimonios, las desgarradoras escenas entre madres o padres e hijos o hijas, los adulterios y las confesiones estremecedoras, las risas, los cabreos y las lágrimas, la mediación de presentadores y presentadoras, todo eso que se repite día tras días en esos programas invasores del cuarto de estar de la burguesía y la plebe, todo todito, todo mentira. Guión y actores aficionados, tipo Doña Adelaida, ¿recuerdan?, virtuosos de la naturalidad no aprendida ni ensayada, y un público también dirigido, eso es todo lo que hay, y por cuatro cuartos de presupuesto, dos horas de aflicción y cotilleo.
Al final, en vez de meterle por los ojos al gentío un melodrama de Sautier Casaseca o de otro perito en el género, le dan gato por liebre, porque en el teatro/teatro el público sabe que le están dando gato, pero que autor, director y actores hacen lo posible para que parezca liebre. Ahí no. Quieren que parezca liebre el gato. Bueno, es muy probable que el teatro sea el que pone la liebre, y que el gato lo dé la realidad. Ya se sabe que la realidad imita al arte. Esos actores y actrices de los reality shows practican el intrusismo, los directores practican la engañifa y los programadores practican la estafa. El gentío, o sea, el respetable, practica la estolidez.
En Italia, poco después de que en un reality show aparecieran una novia enamorada y una lagartona despachada disputándose al mismo maromo, la novia enamorada y encampanada, encrespada y cabreada, salió en otra cadena, muerta de risa, y confesó que al novio traidor acababa de conocerlo en el plató del rodaje. Fue esa una confesión con revelación de secreto de sumario, como las del juez Garzón. Salió también una señora que en los reality lo mismo hacía de condesa rica que de pobre abandonada, de modo que lo mismo servía para «La reina mártir» que para «Los miserables». Es muy probable que ese descubrimiento de los secretos que laten entre bambalinas no haya satisfecho a los espectadores habituales, porque lo que en realidad quiere el personal es que lo engañen con una ficción que se la presenten como realidad. Son como niños, que se decepcionan cuando se enteran de que los Reyes Magos son los padres.
Pirandello y otros autores pusieron de moda el teatro dentro del teatro, y aquello tuvo un buen éxito razonable, que en cierto modo se prolonga hasta ahora mismo. Pero esto es algo así como el teatro dentro de la realidad, o como la realidad dentro del teatro, o mejor dicho como la irrealidad dentro de la irrealidad. Arzallus acaba de hacer una demostración de eso mismo con su propuesta de condenar el alzamiento de 1936. Eso es un reality show amañado y falsificado. Ya hablaremos de eso otro día.
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