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CiU y ERC desechan ahora la opción populista de Laporta

El aquelarre independentista celebrado en Cataluña ayer ha tenido un protagonista indiscutible. Joan Laporta, presidente del Barcelona, se ha puesto a la cabeza de un movimiento que, al no tener un

Actualizado 14/12/2009 - 12:44:35
El aquelarre independentista celebrado en Cataluña ayer ha tenido un protagonista indiscutible. Joan Laporta, presidente del Barcelona, se ha puesto a la cabeza de un movimiento que, al no tener un liderazgo claro -más bien una amalgama de plataformas mal avenidas-, ha canonizado a «Jan» como apóstol soberanista.
Si la fuerza que emana del movimiento proconsultas cristaliza en un nuevo partido con Laporta de mesías aún está por ver. Lo que sí es seguro es que el nacionalismo tradicional, del idilio y el cortejo ha pasado a dibujar algo así como un cordón sanitario, un blindaje ni explícito ni pactado pero que puede dejar al presidente del Barça «out».
En mayor o menor grado, CiU y ERC reconocen su tirón popular, sobre todo entre el electorado joven, pero a la vez ven claro que la personalidad populista, impetuosa, cuando no chulesca, de un Laporta con más sombras que claros, difícilmente encajan en un partido clásico.
Incidentes variados, imágenes como las de la última farra empapado de «Moët» o sus apariciones rosas -en este caso sí que no buscadas por él- colman el vaso. Antes que eso, las dudas por su actuación empresarial, como el papel de comisionista frustrado en la venta del Mallorca al millonario uzbeko Miradil Djalalov, han convencido del riesgo de la apuesta Laporta, más en la era de exigencia moral que los casos Millet y Pretoria parecería exigir.
«Como presidente del Barça ninguna queja», expresa Roger, joven culé y nacionalista pero que censura la aventura política laportista. «Quizás si Messi fuera «conseller en cap» me lo pensaría», bromea. La opinión de Roger coincide con una encuesta reciente de «El Periódico», que reflejaba tanto el aprecio al Laporta gestor deportivo -faltaría más con un triplete- como sus pocas posibilidades políticas. La conclusión es que poner a Laporta al frente de una consellería o de una lista, como se especuló con las locales de 2011 en Barcelona, conlleva demasiados riesgos.
En una muestra de su volubilidad política, Laporta ha transitado por todas las escalas del nacionalismo. Tras tomar parte en la aventura del Partit per la Independ_ncia de Colom y Rahola se amoldó al que parece sería su espacio natural: el nuevo soberanismo de la CDC de Artur Mas. De su distanciamiento con éste se han dado versiones dispares, aunque trascendió que CDC no transigió con las veleidadesde un Laporta sin medida. Posteriormente, Reagrupament.cat -del disidente de ERC Joan Carretero-, quiso ver en el azulgrana a su líder, lo que tampoco cuajó. Más proximidad se le supone ahora con ERC, partido con el que participó en una muy comentada marcha de antorchas, eclipsando al propio Joan Puigcercós, que ahora parece evitarle.
En un momento de máxima popularidad entre algunos sectores -también de máxima beligerancia contra otros-, Laporta disfruta del momento. Los partidos nacionalistas que le bailaron el agua ya tienen claro que Laporta no es su hombre.
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