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Intrusismo salvaje

Actualizado 14/07/2001 - 00:38:58
SUELE llamarse liberalismo salvaje o capitalismo salvaje no sólo al liberalismo o capitalismo que actúa al margen de las leyes o por encima de ellas sino al que se aprovecha de la permisividad de éstas. Con este mismo fundamento podrían referirse algunos ordenancistas a «intrusismo salvaje» cuando las leyes no son capaces de contenerlo.
Durante la guerra civil española, época en la que comenzaba yo a trabajar en el teatro, escaseaban los actores que pudieran desempeñar papeles de jovencitos en las obras teatrales. Los jovencitos estaban casi todos en los diversos frentes de combate, movilizados ya forzosamente en ambos bandos. Esta situación a mí no me afectó, por tener en aquellos tiempos nacionalidad argentina. Tampoco se me acusó de intrusismo, por la escasez de actores jovencitos a que me he referido y por venir de familia de cómicos, «figlio d´arte», que dicen en Italia.
Pasaron muchísimos años, y muy poco tiempo después de la muerte de Franco, con motivo del rodaje de la película Mi hija Hildegart tuve ocasión de tratar amistosamente al escritor anarquista Eduardo Guzmán, camuflado durante el franquismo como autor de novelas policiacas de kiosco con el seudónimo de Eward Goodman, y autor de Aurora de sangre, libro reportaje que sirvió de base a la película.
Llegada la esperanzadora transición, cuando ya había desaparecido el sindicato vertical y era libre la sindicación, comentaba Eduardo Guzmán lo escasísimos que eran los obreros que acudían a afiliarse a la CNT. «Y los pocos que acuden -me decía lamentosamente- en cuanto se enteran, porque nosotros se lo decimos, de que para los libertarios, para nuestro sindicato, los obreros extranjeros son iguales que los españoles, que tienen los mismos derechos y merecen la misma acogida y la misma ayuda solidaria, nos miran como si estuviéramos locos, no quieren saber más y se marchan del sindicato sin afiliarse.»
Decepcionados, se apuntaban en la UGT o en Comisiones. Habían acudido a la CNT en la creencia de que allí se los defendería no sólo del patrono explotador sino de los intrusos, principalmente de los intrusos extranjeros.
Por «intruso laboral» se entiende el que ejerce actividades profesionales sin estar autorizado para ello; por lo general, el que trabaja en una profesión que no es la suya. En algunos casos el intruso no tiene profesión ni oficio, y en su improvisado trabajo no pasa de ser un chapucero, pero en otros, y de ello surgen los conflictos entre obreros y patronos, lleva a cabo el trabajo mejor que muchos profesionales.
Uníos, hermanos proletarios, la vieja sigla UHP ya no es vieja, sino viejísima. Quería decir, en realidad, uníos por encima de las fronteras, como si no existieran, hermanaos sólo por el trabajo, no por orgullo nacionalista ni por odio al trabajador extranjero, ni por egoísta corporativismo, uníos para defenderos de los hombres explotadores de hombres y de quienes los protegen, vuestros únicos enemigos.
Algunos patronos lamentan la falta de mano de obra, especialmente para los trabajos agrícolas. Muchos trabajadores, o aspirantes a serlo, lamentan la falta de puestos de trabajo o de permisos para trabajar. Hay obreros que no están en el paro y, no obstante, ven con malos ojos la llegada de obreros de otras tierras que sí están en el paro y vienen a ésta a matar el hambre.
Que esta fue tierra de emigrantes nadie lo ignora. Aún hoy, mientras nos llegan oleadas de inmigrantes por el sur no faltan emigrantes que abandonen sus pueblos y aldeas del norte para buscar trabajo en países aún más nórdicos.
Aquellos obreros que según testimonio de Eduardo Guzmán huían de la CNT, contaminados de moral burguesa, de liberalismo salvaje, y consideraban «intrusismo salvaje» la demanda de trabajo de sus compañeros de otras tierras, olvidaban la solidaridad obrera, o nunca la habían conocido.
Desde el punto de vista de un actor que obtiene buena parte de sus ingresos por su trabajo en las películas, podría entenderse como intrusismo laboral el que ocupen las pantallas de nuestros cines y de nuestros televisores tantos y tantos actores y actrices extranjeros, especialmente estadounidenses. Y, sin embargo, ejemplar puede considerarse la actitud de nosotros, los actores que solemos actuar con frecuencia en películas, y que lo mismo en tiempos del sindicato vertical y obligatorio que en estos de libre contratación, nunca se nos ha ocurrido protestar por la competencia que en nuestro propio país, y con la ayuda de voces españolas, nos hacen desde las pantallas, la pequeña y la grande, los actores extranjeros. Ningún otro oficio, ninguna otra profesión conoce un intrusismo semejante. El público español disfruta diariamente el trabajo de los grandes maestros de Hollywood, como en otros tiempos el de italianos, franceses, alemanes, y nosotros soportamos humildemente la comparación. Verdad es que no la soportamos por solidaridad profesional sino porque, enamorados de nuestro trabajo, no podemos imaginar que, aunque en defensa de nuestros intereses materiales, se nos privara del placer de admirar el trabajo de Meryl Streep, Julia Roberts, Al Pacino, Robert de Niro, Tom Hanks y tantos otros, como antaño el de Charles Chaplin, Buster Keaton, Katharine Hepburn, Ana Magnani y un inacabable etcétera. Los hombres y las mujeres de mi generación y de algunas más no seríamos los mismos sin las horas que nos hemos pasado en los cines y ahora ante el televisor. ¿Seríamos mejores, peores? No lo sé: pero no seríamos nosotros.
Hay una forma de intrusismo verdaderamente perversa; perversa por solapada, por traicionera, por insolidaria. Y, sin embargo, no está perseguida. Me refiero a la del que no es intruso en la fábrica, en el obrador, en el taller, en el plató de cine, en el teatro, en la finca de labor, en la oficina, pero sí lo es en la nómina. En fin, el que se ha buscado y ha encontrado un trabajo de esos que no son trabajosos, un trabajo innecesario pero con estipendio: lo que solemos llamar un enchufe.
Entre estos enchufados, aparte de los perversos que, sin remordimientos, ocupan los puestos que en justicia y en atención a la buena marcha del negocio corresponderían a otros, suelen abundar los torpes. Quizás habrían sido listos para otras actividades, pero son torpes para la que les ha caído en suerte. No sólo hacen mal su trabajo sino que entorpecen el trabajo de los demás.
Cuando se dan estas dos condiciones en una misma persona, quiero decir cuando el enchufado es torpe, se riza el rizo de la ineficacia. Un grupito de enchufados torpes puede arruinar un taller, una fábrica, un país. Si el país es España podemos pensar que aún no han desaparecido los efectos de las maldiciones de judíos y moriscos.
A esos intrusos habría que perseguir, y no a los que, en busca de trabajo, llegan de otras tierras o de profesiones distintas a la nuestra.
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