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«Soy un apasionado de la Ciencia»

Nos hemos tomado la «pequeña licencia» de viajar en el tiempo hasta 1881, un año antes de la muerte de Darwin, para mantener una entrevista conél y conocer cómo era el naturalista que revolucionó la

Actualizado 14/05/2009 - 02:48:16
Nos hemos tomado la «pequeña licencia» de viajar en el tiempo hasta 1881, un año antes de la muerte de Darwin, para mantener una entrevista conél y conocer cómo era el naturalista que revolucionó la biología y cuyo nombre ha quedado escrito con mayúscula en la historia de la ciencia. Las respuestas a las preguntas están extraídas de su «Autobiografía».
-Un naturalista como usted debe haber sido un buen estudiante...
-Mis maestros y mi padre me consideraban un muchacho corriente, más bien por debajo del nivel común de inteligencia. En mi juventud, mi padre me dijo una vez algo que me mortificó profundamente: «No te gusta más que la caza, los perros y coger ratas, y vas a ser una desgracia para ti y para tu familia». Debía estar enfadado y fue algo injusto cuando utilizó esas palabras.
-Todo lo contrario de lo que ha ocurrido, ¿Cuáles han sido las claves de su éxito?
-La pasión por la ciencia natural, que ha sido constante y ardiente; la paciencia ilimitada para reflexionar largamente sobre cualquier tema, la laboriosidad en la observación y recolección de datos y una mediana dosis de inventiva y de sentido común. Con unas facultades tan ordinarias como las que poseo, es verdaderamente sorprendente que haya influenciado en grado considerable las creencias de los científicos.
-A punto estuvo de hacerse cura pero el Beagle le ganó para la ciencia...
-Después de haber pasado dos cursos en Edimburgo, mi padre se percató de que no me agradaba la idea de ser médico. Así que me propuso hacerme clérigo. Me agradaba la idea de ser cura rural. No renuncié expresamente a esta intención ni al deseo de mi padre. Dicha intención murió de muerte natural cuando al dejar Cambridge me uní al Beagle en calidad de naturalista.
-Sin embargo, las críticas más feroces hacia su teoría de la selección natural han venido de la iglesia anglicana.
-Considerando la ferocidad con que he sido atacado por los ortodoxos resulta cómico que yo alguna vez pensara ser clérigo. Si hemos de fiarnos de los frenólogos, yo era, en cierto sentido, idóneo para ser clérigo. Hace unos años, los secretarios de una sociedad psicológica alemana me pidieron por carta una fotografía y algún tiempo después recibí las actas de una de sus reuniones en la que uno de sus oradores había declarado que tenía la protuberancia de la reverencia desarrollada como para diez sacerdotes.
-¿Cómo llegó a la idea de la selección natural como origen de las especies?
-En octubre de 1838 se me ocurrió leer por entretenimiento el ensayo de Malthus sobre la población y, como estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que por doquier se deduce de una observación larga y constante de los hábitos de animales y plantas,descubrí en seguida que bajo estas condiciones las variaciones favorables tenderían a preservarse y las desfavorables a ser destruidas. El resultado de ello sería la formación de nuevas especies. Aquí había conseguido por fin una teoría sobre la que trabajar.
-Pero hicieron falta veinte años y un empujoncito de Wallace para publicarla...
-Gané mucho retrasando la publicación de «El origen de las especies» desde alrededor de 1839, en que la teoría estaba ya totalmente concebida, hasta 1859 y no perdí nada por ello, pues me importaba muy poco el que la gente atribuyera más originalidad a Wallace o a mí, y sin duda su ensayo facilitó la recepción de la teoría. Sin embargo, la publicación de nuestros trabajos combinados en la Sociedad Linneana merecieron entonces escasa atención, salvo la del profesor Haughton de Dublín, cuyo veredicto fue que todo lo que había de nuevo en nuestros trabajos era falso y lo que había de cierto era viejo.
-A pesar de ello «El Origen de las especies» fue un éxito absoluto...
-Es sin duda la obra más importante de mi vida. Desde el principio tuvo un gran éxito. La reducida primera edición de 1.250 ejemplares se vendió en el mismo día de su publicación, y una segunda edición de 3.000, poco después. En 1876 se habían vendido 16.000. Si consideramos que es un libro difícil, es una venta importante.
-Igual ocurrió con «El origen del hombre» o «La expresión de las emociones».
-Mis libros se han vendido ampliamente en Inglaterra, se han traducido a muchos idiomas y han sido sucesivamente reeditados en países extranjeros. He oído decir que el éxito de una obra en el extranjero es la mejor prueba de su valor permanente. Dudo que esto sea totalmente de fiar, pero si juzgamos por este patrón, mi nombre debería perdurar algunos años.
-¿Parte del éxito de «El origen de las especies» se debe a que la idea de la evolución ya se percibía en el ambiente?
-Se ha dicho eso en ocasiones, pero no creo que sea estrictamente cierto, pues a veces sondeé a no pocos naturalistas y nunca di con uno solo que pareciera dudar de la permanencia de las especies. En una o dos ocasiones traté de explicar a hombres capaces lo que entendía por selección natural pero fracasé notoriamente. Lo que creo que era absolutamente cierto es que innumerables hechos perfectamente observados estaban esperando en las mentes de los naturalistas listos para ocupar su puesto tan pronto como se explicara suficientemente una teoría que los abarcara.
-¿Le han influido mucho las críticas recibidas?
-Cada vez que he descubierto que me había equivocado o que mi trabajo había sido imperfecto, y cuando he sido desdeñosamente criticado e incluso he sido sobrevalorado hasta el punto de que me sintiera mortificado, mi mayor consuelo ha sido decirme a mí mismo cientos de veces que he trabajado tanto como podía y lo mejor posible y que nadie puede hacer más que esto. Cuando estaba en Bahía del Buen suceso, en Tierra de Fuego, durante el viaje del Beagle, pensé que no podría dar a mi vida mejor utilidad que la de añadir algo a la ciencia natural. Esto lo he hecho lo mejor que he podido. Y los críticos dirán lo que quieran, pero nunca destruirán esta convicción.
Pilar Quijada
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