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Pepe Ribas: «Creo que hay muchas memorias históricas, no hay una sola»

Los buenos libros tienen la costumbre de saltar las barreras de los géneros y el que acaba de editarse firmado por José Ribas, «Los setenta a destajo» (RBA), es uno de ellos. Se trata de una

Actualizado 14/05/2007 - 10:42:50
Los buenos libros tienen la costumbre de saltar las barreras de los géneros y el que acaba de editarse firmado por José Ribas, «Los setenta a destajo» (RBA), es uno de ellos. Se trata de una autobiografía, de un diario, de una crónica política y cultural y también es la historia de una aventura concreta que reflejaba todo lo anterior mes a mes: la revista «Ajoblanco», una de las principales, si no la principal, de la escena alternativa española en aquellos años 70.
La peripecia personal de José Ribas (conocido universalmente como Pepe o Pep) es ya muy definitoria del trayecto que más o menos siguieron muchos de aquella generación nacida en los cincuenta. Él mismo lo cuenta mientras tomamos café en un restaurante madrileño. «Yo creo, quizás, que tener unos padres mayores que se habían educado en la República y en realidad eran gente liberal y muy culta, de alguna forma siempre me hizo diferente. Creo que tuve que construirme un mundo propio. Y me tocó también veranear en una colonia que en principio tenía que haber sido muy conservadora, pero en la que éramos muy inventivos y organizábamos desde juegos florales hasta fiestas delirantes. Creo que esto me vacunó contra los dogmatismos, contra los extremismos violentos. En el colegio me tocó con unos curas de Sarriá que, de repente, se hicieron todos comunistas, cambiando un dogmatismo por otro. Pero también es cierto que habían viajado y te contaban cosas de la India o del mundo en general. De modo que cuando llegué a la Universidad ya estaba más o menos preparado para lo que me iba a encontrar. Ya sabía lo que era Bandera Roja, los misioneros de la teoría de la liberación. Lo que era un mundo académico controlado por unos partidos minúsculos.»
La Universidad española de la época, que en cada ciudad adoptaba formas diferentes, era en cualquier caso un entorno donde el dogmatismo de derechas o izquierdas seguía siendo dominante y en el que una gran parte de la juventud se sentía sencillamente agobiada. «Los independientes, entre los cuales yo estaba, éramos simplemente gente que quería libertad y nuestro imaginario no era la canción francesa, el estructuralismo o el "telquelismo". Yo tenía muy claro que la vida la tenía que encontrar en la vida y no en los libros».
Una idea que se tenía fuera de Barcelona es que, a la complejidad propia de la situación general, se le añadía la componente nacionalista catalana, pero eso no parece del todo exacto. «No, en aquellos momentos no había mucho nacionalismo. Lo que había es una crisis económica tremenda y lo que sucedió en Barcelona y pienso que es la clave de la libertad que existió en los setenta es que, por un lado, la oligarquía se viene abajo por la crisis económica e industrial y nace un movimiento obrero muy independiente que recupera en seguida su tradición anarquista. Por otro, hay un vacío político total y la gente toma la calle, básicamente en las Ramblas: escritores sudamericanos, la nova cançó, el mundo underground, que venían de todas partes de España...»
Esta peculiaridad barcelonesa no se vivió en otros lugares como Madrid, donde como asiento que era del franquismo la autoridad represiva se mantuvo hasta incluso después de la muerte del dictador. Y, lógicamente, fue en Barcelona donde surgieron revistas como "Star" o "Ajoblanco", que significaron los balbuceos ya bastante brillantes y absolutamente rompedores de la contracultura independiente en España.
«El "Ajoblanco" nació contra el autoritarismo, así que era una revista anti-autoritaria y aunque al principio no lo definíamos muy bien, una revista libertaria. Íbamos contra los marxistas, la gauche divine y los franquistas, así que hubimos de inventarnos una historia. No copiamos nada, cogimos un coche, lo llenamos de revistas y lo paseamos por España conociendo a la gente.»
Así nació una estructura paralela que también lo era de agitación y organización. «Existía un cierto cosmopolitismo en lo geográfico y también en lo social. Queríamos tomar contacto con el movimiento obrero, con gente como nosotros que venía de muchos orígenes y que buscaba nueva cultura».
En su libro, José Ribas describe momentos en los que las masas ocuparon las calles de Barcelona «creyendo en el cambio total. Éramos muchos y las contradicciones con el autoritarismo de cualquier tipo, la gente quería sacarse de encima la carcundia y quería experimentar otras posibles formas de vida. Claro, eso fue inmediatamente reprimido y no sólo por el franquismo».
Hablando de represión y experimentación, lo que gente como Ribas buscaba era lo «otro» o, en sus palabras, «lo que tenía era una curiosidad tremenda hacia otros mundos, otras clases sociales, otros universos mentales y no me interesaba tanto ser escritor de libros leídos, como narrador de experiencias sentidas. Yo me di cuenta de que para salir de mi pequeño mundo burgués tenía que accionar otros tipos de mecanismos y a través de esos mecanismos, como la bisexualidad, accedía a otros mundos que me permitían llegar a los corazones, no sólo a la razón».
Una de las actividades más fascinantes de este libro, del mismo Ribas y de «Ajoblanco», es su extensión por toda la península en busca de los diferentes underground hispanos,tratando de entenderlos en sus propios términos, sin esa mirada algo condescendiente que suele presidir las iniciativas culturales nacidas en las grandes ciudades. Un movimiento que rechazaba tanto el régimen ya moribundo, como a una clase política que de la derecha a la izquierda practicaba lo que a sus ojos era una especie de «quítate tu para ponerme yo» en los escalones del poder.
Según Ribas, «lo que queda del Ajo y de la revolución de las costumbres está en la familia española, que con diferencia es la más abierta y dialogante de Europa. Realmente hay muchas cosas que han quedado».
Curiosamente y en contra de lo que se pensaba incluso entonces, «nosotros no abusábamos de las drogas. Ya nos lo había advertido Luís Racionero, que la droga puede acabar dominándote y no se trataba de que te dominara nada. Para nosotros el arte, la vida y el trabajo eran lo mismo. Eso es lo que deseábamos, no ir ciegos todo el día. Yo creo que preferíamos el humor. Desmadrado, quizás, pero humor.»
El diálogo, más necesario
Teniendo un libro como éste en las manos, que cuenta un periodo tan característico de una época y de una serie de personas que jamás accedieron a integrarse en sistema alguno, queda una pregunta clave a responder de forma directa. ¿Qué pretende «a destajo»? ¿Cuál es su intención? «Me he tirado siete años encerrado hablando con miles de personas, recopilando miles de papeles, ordenando miles de notas para recuperar una época. Para que quienes la vivieron lo recuerden y para que quienes no lo hicieron lo puedan vivir. Creo que muchas de las perspectivas que se alumbraron entonces son necesarias ahora para rescatar la política del diálogo. Que hay muchas memorias históricas, no una sola memoria histórica. Y desde aquí digo a Zapatero que deje de usar el singular porque el singular es jerarquía de unos sobre otros. Tenemos que hablar en plural y recuperar todas las memorias. Hemos de recuperar una cultura del diálogo y los setenta, tal y como yo los viví, fueron precisamente eso».
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