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Fernando Fernán-Gómez: «La culpa de todo siempre es del Gobierno, aunque sus partidarios no lo reconozcan»

Tierno, seductor, conversador, lírico, irónico, gruñón, barroco, disparatado, soñador, generoso, tímido, burlón, pícaro... No lo toquen, así es Fernando Fernán-Gómez

Actualizado 14/02/2005 - 10:52:08
Fernnado Fernán-Gómez no irá a recoger el Oso de Oro honorífico a Berlín. JULIÁN DE DOMINGO
Fernnado Fernán-Gómez no irá a recoger el Oso de Oro honorífico a Berlín. JULIÁN DE DOMINGO

Umbral retrata a Fernán-Gómez como un cruce de Leonardo y Cyrano con ojos de diablo verde. En «La lengua de las mariposas» este genio está sublime, como en todas sus singularísimas intepretaciones. Y ahora recibe el Oso de Oro y de Honor del Festival de Berlín. Diablo, mariposa, oso...

-¿Cuál es su animal preferido?

-El perro. Porque aprendió a convivir con los hombres.

(En el Festival de cine de Berlín, Fernán-Gómez se enfundó la piel de dos Osos de Plata. Fue por las películas «El anacoreta» y «Stico».)

-¿Acudirá a Berlín a recoger su Oso de Oro? Si fuera, ¿sentirá el «miedo escénico» del que hablaba el futbolista-pensador Jorge Valdano?

-Lamentándolo muy sinceramente, creo que por causa de mi salud, un tanto deteriorada, no podré desplazarme a Berlín. Me temo que nos quedaremos usted y yo sin saber si habría sentido el famoso «miedo escénico».

-Cuando usted actúa no reflexiona sobre el guión, sino que se ciñe exclusivamente a su personaje. ¿La vida es una quimera, una comedia, y el cine es la vida real?

-En las películas, las obras de teatro, las novelas, los autores se esfuerzan en dar a la vida una congruencia, una lógica, que la vida real no tiene. Ya se sabe que «La vida es un cuento de locos...» etcétera.

-Garci retrata en «Tiovivo c. 1950» un Madrid de miseria y rinde tributo a esos actores que se partían el espinazo por mil caminos. ¿Se considera un cómico? ¿El mundo del espectáculo ha maltratado a los cómicos?

-Creo que soy un cómico, aunque por las evoluciones del lenguaje esa palabra ya no tenga el mismo significado que hace años. Parece que la sociedad no ha tratado muy bien a los actores, pero creo que casi ningún actor cambiaría su oficio por otro.

-En una entrevista con ABC, la ministra Carmen Calvo le echa la culpa al PP de la pérdida de tres millones de espectadores durante el año 2004. ¿A qué atribuye usted que, según esos datos, el 50 por ciento del público español haya dicho «no» al cine español? ¿Quién tiene la culpa?

-La culpa de todo siempre es del Gobierno, aunque los partidarios del Gobierno no quieran reconocerlo. ¿Según esto, -me pregunto a mí mismo-, la vocación de político es vocación de culpable? Pues puede que sí, mientras no se demuestre lo contrario.

-En Berlín se va a proyectar «Para que no me olvides», la película que usted ha rodado a las órdenes de Patricia Ferreira. ¿Cómo fue el rodaje?

-Patricia Ferreira tiene un gran talento de directora y, además, disfruta dirigiendo. A sus órdenes, todos se esforzaron en que yo no lo pasara mal. Pero no pude pasarlo bien del todo porque mi salud ya estaba deteriorada. Quizás la tristeza que esto me producía no le iba mal al personaje, pero para el trabajo de actor, aunque uno haga de paralítico invidente, es mejor estar muy sano.

(Ante los ojos de los lectores y espectadores de Fernán-Gómez se levanta un universo humanísimo, pintoresco, extravagante, cómico pero también trágico. Fernán-Gómez rezuma amor por aquellas vidas, por aquellas gentes que viajaban en tren por las ciudades de España levantando el tinglado de la antigua y moderna farsa)

-La vida ¿sigue siendo una gran farsa?

-Cuestión demasiado filosófica. ¿Cómo vamos a llamar «gran farsa» a los miles de niños muertos de hambre en cualquier lugar del planeta? En una obra teatral puede haber sucesivamente escenas costumbristas, cómicas, dramáticas, discursivas, trágicas... En la que llamamos «vida real» todas estas escenas pueden darse al mismo tiempo. Y tal vez pueden ser iguales. La diferencia estará en la mirada. La mirada verá un sainete, un melodrama, una tragedia, una comedia agradable...

(Hace un año, un admirador suyo le dijo que cuando hablaba parecía Don Quijote. Y respondió: «¿Por qué? ¿Cree usted que estoy medio chalado?». «No, -contraatacó su interlocutor-, es porque me recuerda a los dibujos animados de Alonso Quijano a quien usted le ponía voz». Y el escritor zanjó la cuestión con una sentencia memorable: «En ese sentido no me molesto. Prefiero tener un grado de locura como el que tenía don Quijote y no el de Hitler o cualquier personaje de esta calaña. Es decir: en el caso de tener un grado de locura, prefiero la locura de don Quijote a la de Hitler.»)

-En este mundo que parece dirigido por «iluminados», ¿tendrían cabida Don Quijote y su locura?

-Es posible que haya por ahí enfermos como don Quijote o Hitler. Pero cuando se saca a relucir este tema casi siempre nos olvidamos de otro personaje y, por desgracia, ése sí que es difícilmente repetible. Me refiero, como ya habrá comprendido usted, a uno que no estaba loco o cuya locura no llegó a diagnosticarse: Miguel de Cervantes Saavedra.

-¿Hay demasiada «calaña» gobernando nuestras vidas?

-No sé si viene a cuento algo que escribió Jorge Luis Borges: «Quizá los hombres merezcamos algún día que no haya gobiernos».

-Está escribiendo una novela tras «El tiempo de los trenes». ¿De qué trata?

-De lo mismo. De la vida de los cómicos de hace años. Es como si fuera una segunda parte de «El tiempo de los trenes».

(En 1984, Fernán-Gómez nos sorprendió como novelista con «El viaje a ninguna parte». En ese viaje, nutrido de raíces costumbristas, está la vida y su sustancia. Es un trayecto intrahistórico que narra las peripecias de los últimos cómicos de la legua, desplazados de manera fatal por el cine).

-¿Viajamos, en pleno siglo XXI, a ninguna parte?

-No concebí ese título como una metáfora. Los cómicos nunca llegan a su destino porque siempre abandonarán un pueblo para ir a trabajar a otro. Esto sucede con cómicos de un nivel muy bajo. Hay otros que saben que, después de una breve turné, llegarán a Barcelona, o al San Sebastián del veraneo, o a Madrid en pleno inicio de la temporada. Los de mi novela, después película, no llegan a ninguna parte. Pero no hay metáfora.

-En su dorada madurez, usted sigue ejerciendo como escritor, actor, novelista, director de teatro y de cine, articulista y en todas esas tareas se desenvuelve de una manera inigualable. ¿No habrá tomado el «bálsamo de fierabrás» de la eterna brillantez? ¿Cómo es capaz de hacerlo todo y bien al mismo tiempo?

-No estoy de acuerdo con sus elogios, aunque los agradezco. Pero no es verdad que haga todo eso y que todo lo haga bien.

-¿Sigue siendo un pícaro?

-Puedo haber parecido pícaro, pero no creo haberlo sido. Cuando los demás saben que uno es actor resulta muy difícil enredarlos con picardías. Este oficio despierta mucha desconfianza.

-¿Le preocupa la salud del Papa?

-Por su avanzada edad tengo ya asumido que su salud sea delicada.

-¿Y el Plan Ibarretxe?

-Me preocupan las consecuencias que puede tener, que los políticos tampoco en esta ocasión sepan evitar la caída en la violencia.

(La Real Academia acaba de enviar un informe al Gobierno a propósito de la expresión «matrimonio gay» en el que señala que recogerá en el Diccionario la acepción de «matrimonio» como unión entre personas de un mismo sexo si tal ampliación de significado «se consolidara en el uso general de los hispanohablantes»).

-¿Qué opina usted de las uniones gay y del proyecto de ley que maneja el Gobierno?

-Respecto a las uniones gay, soy partidario del amor libre; el proyecto de ley no lo conozco, pero, aunque lo conociera no creo que mi opinión sirviera de mucho, porque no estoy muy enterado de las cuestiones legales.

-Permítame que asalte su intimidad, ¿es creyente, en qué cree?

-De pequeño y de adolescente recuerdo que era católico escasamente practicante. Ya hace muchos años que entre la razón y la fe me inclino más por la razón.

-¿Sigue pensando que sus grandes éxitos, todo en su vida, se debe al azar? ¿Y dónde deja su talento?

-Puede que haya por ahí algunos hombres con talento de actor muy superior al mío y, por cosas del azar, nadie nos hemos enterado. Quizás ni ellos mismos.

-Sostiene Delibes que «el escritor inteligente huye instintivamente del tópico; es como el perro de caza ante las víboras: levanta la cabeza de golpe». ¿Se ha tropezado con muchas víboras en su carrera?

-Si asociamos las víboras con los tópicos es posible que en lo que yo he escrito abunden. Puede ser, porque no tengo muy desarrollado el sentido autocrítico. Y prefiero no alimentarlo para seguir divirtiéndome al escribir.

-¿Se considera un escritor inteligente en el sentido de la definición de su colega académico Delibes?

-Me parece que, según la respuesta anterior, ya he dicho que no. ¡Qué se le va a hacer!

-¿Respiramos un aire cada día más mefítico?

-En muchas ocasiones depende de lo que uno se haya buscado.

-¿Nos han convertido el mundo en una olla podrida y eso es irreversible?

-Usted es usted y su circunstancia, como dijo el otro. Y para muchos la olla podrida es un plato muy sabroso.

-¿La televisión, parafraseando a Carlos Marx, se ha convertido en el opio del pueblo?

-Creo que sí. Pero de esto no se desprende mi opinión sobre el opio.

-¿Han muerto las ideologías?

-Supongo que lo que ha muerto o, cuando menos, está enfermísima, es la utilización que se ha hecho y se sigue haciendo de esas ideologías, la falsifación de algunas de ellas para convertirlas en simples materias alimenticias.

-¿Los únicos logros realmente satisfactorios de nuestra civilización son los de la fantasía?

-No. Del avance de las ciencias no podemos quejarnos.

-¿Cuál es el estado de su humor hoy?, a la vista de que hay humores que matan, humores que se escriben sin hache o (mal)humores que hacen la guerra y no el amor...

-Por los dolores reumáticos estoy de mal humor. Por todo lo demás, en pocas ocasiones me he encontrado de mejor humor.

-¿Cree que tenemos el gusto -cinematográfico o no- colonizado?

-Sí, hace muchos años que el gusto del español medio está colonizado, no sólo en el cine, por las grandes empresas de Estados Unidos.

-Con la ola de calor del verano, Miguel Delibes declaró a ABC: «Ahora dicen que los viejos nos morimos de calor. Yo creo que nos morimos de asco». Con la ola de frío que nos congela las ideas, ¿los viejos se siguen muriendo de asco en esta España nuestra?

-Creo que son muy pocos los viejos que desean morirse. Ni de asco.

-Cuando cumplió los ochenta, reveló que un amigo dijo que usted era el «vago que más trabajaba de España». ¿Se dejaría clonar por el bien de España?

-Sí, ¿por qué no? Si le convenía a mi empresario...

TEXTO: ANTONIO ASTORGA
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