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¿Por qué lo hacen? Historias de pirómanos

«Soy Cáncer; sólo me hubiera faltado eso, ser Leo, como mi hermano, signo de fuego». (José Ferrer, pirómano rehabilitado)Miró fijamente la llama de la cerilla. Prendió un cigarro y tras las volutas

Actualizado 13/08/2006 - 14:36:27
«Soy Cáncer; sólo me hubiera faltado eso, ser Leo, como mi hermano, signo de fuego». (José Ferrer, pirómano rehabilitado)
Miró fijamente la llama de la cerilla. Prendió un cigarro y tras las volutas del humo que despedía el tabaco quemado confesó a ABC: «Estaba sólo en casa escuchando discos de Sabrina y Samantha Fox cuando me vino la idea, me fui al monte y le pegué fuego». Corría el mes de agosto de 1988 en Ibiza y Pepito «el Pirómano» acababa de dar el espaldarazo definitivo a su triste fama. Tenía sólo 17 años y sobre sus jóvenes espaldas pesaban tres años de tratamiento a una piromanía en la que quedó atrapado mientras daba candela a un terreno de la directora de su colegio que le tenía, como declaró, «una manía sin razón». Luego llegaron otros impulsos incendiarios, un centro de vigilancia de menores y la cura prescrita por su psiquiatra que le obligó, primero como voluntario y, después ya como trabajador retribuido, a prestar servicio en el Cuerpo de Extinción de Incendios de Ibiza y Formentera. Pero hoy, aquel chico, que pasó dos años en prisión, es un hombre rehabilitado y libre, ciudadano ejemplar como voluntario de Protección Civil. Porque José Ferrer, contra todo pronóstico, logró sepultar, entre 300 hectáreas de cenizas en que convirtió la cala de San Vicente, un destino fundido a las brasas.
El psiquiatra
Al doctor Larbán Vera, que fue el que trató a Pepito y recomendó que para aplacar sus ímpetus se esforzara, codo con codo con sus víctimas, apagando otros desaguisados, no le sorprendió esta semana la llamada de la periodista; le ha reconfortado, «después de 18 años en que lo que trascendió a la opinión pública, y a un sector no pequeño de mis compañeros, fue sólo el chiste: «psiquiatra manda pirómano a hacer de bombero y prende el monte». ¡No sabe cuánta fue la amargura y la soledad de aquellos días! Hasta tuve que pedir un informe a la Sociedad Española de Neurosiquiatría, que fuera aval a mi prescripción. Hoy la evidencia me da la razón: Pepito, al que traté durante cuatro años está totalmente curado y lleva una vida normal, a pesar de que a la mayoría de estas personas se las considera incurables».
«En el caso de José -explica el psiquiatra- la piromanía no estaba ligada a un componente perverso de la personalidad de tipo sádico o psicopático, y con ese diagnóstico había muchas más posibilidades de recuperación. En Suiza, donde pasé diez años, traté a otros pirómanos antes que a José y tenía la experiencia de este trabajo en relación estrecha con la justicia o con ciertos sectores sociales con los que aquí en Ibiza era muy fácil entrar en contacto, porque nos conocíamos todos. Por eso pude ponerme al habla con el sargento Sevilla del Parque de Bomberos y facilitar el acceso a José al servicio de repoblación. Luego, lo que José hiciera en el parque era un asunto del parque con él».
Cómo lamenta el doctor «que entonces se hablara tan poco del tratamiento psicoterapéutico, que era lo fundamental, hasta el punto de que cuando lo dejó a los seis meses, creo recordar que trastornado por el fallecimiento del padre, fue lo que provocó que volviera a las andadas y ocasionara el incendio del 19 de agosto de 1988 -uno de los mayores que se recuerdan en la isla-. La idea de que trabajara en la repoblación forestal era para que Pepito se identificara con la víctima: si él veía los daños que causaban acciones como las suyas e incluso contribuía a repararlos, mejoraría su situación. Y eso no era nuevo: la justicia reparadora que hoy se aplica con tanta frecuencia en España, llevaba años funcionando en el extranjero».
«Nunca más volvió a la cárcel. Pepito era un pirómano y no un incendiario -insiste Larbán Vera-, en que la motivación va más allá de lo enfermizo, aunque se tienda a generalizar hablando de unos y de otros indistintamente. Craso error. En la curación fue decisiva la actuación ejemplar tanto del pirómano, que no dudó en someterse al tratamiento, como la de los damnificados, que renunciaron a pedir cualquier indemnización, y de la Justicia, que limitó la condena a los días de cárcel preventiva, ni uno más, tras los cuales Pepito salió de prisión para convertirse en un hombre nuevo. Como ve, fue un acto solidario a muchos niveles; pero la gente en España prefirió quedarse con el chiste».
El sargento de Bomberos
Porque lo cierto es que Pepito no fue a dar con su patología a ningún departamento de repoblación forestal, sino al mismo corazón del cuerpo de extinción del Parque Insular de Bomberos. «En el ochenta y ocho -explica a D7 el sargento Sevilla, que hoy es responsable del departamento- yo era jefe de turno. Teníamos algunas brigadas con unos cuantos chicos antiincendios de vegetación que salían con nosotros, y que hoy son los retenes forestales, y Pepito se incorporó a ese grupo. Tendría unos 15 años y estaba con nosotros como terapia sin dejar de faltar los miércoles a la consulta de su médico hasta que por problemas familiares interrumpió el tratamiento, lo que le llevó otra vez a provocar fuegos. Preguntaba: «¿Ha venido Pepito a trabajar?». «No». «Uyyy». El incendio más grande fue el del 19 de agosto de 1988, cuando quemó la cala de San Vicente, en el que también resultó herido grave un soldado del Ejército de Tierra, que participaba en las tareas de extinción. La Guardia Civil lo detuvo y él lo reconoció y entonces comenzó otro proceso con la época de la cárcel y de nuevo el tratamiento. Técnicamente, sé que Pepito era un pirómano por problemas psicológicos y no como muchos incendiarios que cuando se ven sorprendidos tratan de hacerse pasar por pirómanos e irse de rositas. Se las saben todas estos criminales, pero para desenmascararles están los especialistas. Hay menos enfermos de los que nos creemos y los puedes coger, pero nunca lo confiesan. Y como está la Justicia, sin pruebas concluyentes...».
La confesión
Pepito confesó. «Escuchaba música en mi cuarto, discos de Sabrina y Samantha Fox. En casa estaba mi madre pero luego ella salió a guardar las ovejas y cuando me quedé solo me vino la idea. No sé cómo se me ocurrió... Me fui al monte, a un kilómetro y medio de mi casa, y prendí fuego a unos matorrales, sin mirar la dirección del viento ni nada. Como fumo, siempre llevo mechero y es lo que utilicé». Apenas le dio tiempo a observar las llamas que había provocado, cuando oyó un grito y salió corriendo hacia su casa. «Creo que alguien vio el humo y chilló. Corrí hasta casa y al rato vino mi madre a avisarme de que había fuego para que diera la alarma. Yo mismo avisé a los bomberos». José Ferrer Marí reconoció a ABC tras los muros del penal ibicenco, y después de participar él mismo, «aunque con desgana, casi sin fuerzas», en apagar durante tres días el infierno que había provocado que «lo pasé muy mal y al final les dije todo porque no podía aguantar más. Esto es como una droga: te empiezas a pinchar y ya no puedes estar sin ello. Me siento enfermo y sé que sólo no puedo arreglar el problema».
Aquel verano, Ferrer había recibido cerca de 70.000 pesetas mensuales por su trabajo con los bomberos. El sargento Sevilla insiste en que «en el trabajo de operario forestal, cuyo cometido era estirar mangueras, y sofocar con batefuegos u otras herramientas, se involucraba mucho, ¡si hasta te quitaba la manga de las manos para hacerlo él! Quería ser bombero».
Años después, el sargento se lo encontró cuando impartía clases del curso básico de Protección Civil a voluntarios en la zona ibicenca de San Juan, a la que José pertenece. «Y quiero hacer constar -añade por último- que en un incendio que tuvimos hace unos tres años, y que quemó unas cien hectáreas, se nos quedó atrapado un vehículo todoterreno con una rueda colgando del acantilado. Era en San Vicente. Tratamos de poner piedras en la parte de abajo, pero todos los esfuerzos no servían para nada. La situación era desesperada. Eran las tres de la madrugada y a esas horas no había quien nos echara una mano. Se acordaron de Pepito, que entonces, antes del taxi -y después de trabajar en la hostelería- conducía un camión con grúa, para carga y descarga de material. Le llamaron y vino como el rayo. No le importó la hora ni las dificultades. Tan campechano como siempre, nos sacó el coche y me dio un abrazo. Pepito es un buen tipo. Eso que le pasó fue un trastorno de juventud, algo que... se acabó allí, y que no le ha impedido rehacer su vida». Aunque aquellos años arruinaran para siempre sus ideas de bombero cuando soñaba con llegar a ser uno de los hombres de Sevilla.
La psicóloga
José Ferrer abandonó la cárcel tras 24 meses de encierro para continuar una cura ambulatoria de la que hizo seguimiento, por orden judicial, la psicóloga Sara Santa Cruz. «El caso de Ferrer -relataba la terapeuta esta misma semana a D7 desde su consulta ibicenca- tuvo mucho impacto social y la gente rápidamente le bautizó como Pepito «el Pirómano». Cada vez que en los años posteriores a su salida de prisión había un fuego en la isla, incluso cuando yo lo tenía en tratamiento, la Policía le iba a buscar inmediatamente o me llamaban a mí con el fin de averiguar dónde había estado en el momento de producirse el incendio, hasta que con el paso del tiempo, evidentemente, esto ya no sucede. Pepito tuvo tratamiento, pero la mayoría de los condenados por hechos similares, y que se encuentran en la misma situación en la que se hallaba Ferrer, no lo tienen. La de Pepito fue una experiencia muy particular, donde la terapia fue fundamental. Durante dos años, y cada dos meses, tuve que emitir informes al juzgado sobre sus progresos. Su caso abre sin duda una vía más terapéutica y rehabilitadora para este tipo de personas de lo que generalmente se conoce».
Pero para José Ferrer Marí, de 35 años, ibicenco de pura cepa, «de una familia de toda la vida de San Vicente», «Pepito el Pirómano» es caso cerrado. Cuando el miércoles nos pusimos en contacto con él, fue tajante: «De eso no hay más que hablar. Buenas tardes». Pero a esa mala hora, las cuatro y media de la tarde, el concierto de chicharras se extendía por la piel de toro y la canícula azuzaba el martirio de Galicia.
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