Domingos

null

Hemeroteca > 13/05/2007 > 

Tarancón. La Iglesia de la concordia

POR ÁNGEL COLLADO

Actualizado 13/05/2007 - 11:12:39
ABC  Tarancón con el Rey, en 1977. El cardenal fue una de las primeras figuras públicas  que abogó por una transición de consenso
ABC Tarancón con el Rey, en 1977. El cardenal fue una de las primeras figuras públicas que abogó por una transición de consenso
POR ÁNGEL COLLADO
Hubo un tiempo, el de la Transición, en que la Iglesia se puso por delante en el camino hacia la democracia y la reconciliación entre los españoles, sirvió de discreto mediador entre las fuerzas políticas, fomentó la moderación de los extremos y encabezó el proceso de la separación del Estado. La izquierda olvidó su tradición anticlerical y la derecha enterró los resabios del «nacionalcatolicismo». El personaje central de esa ruptura con la historia fue el cardenal Enrique Vicente y Tarancón (Burriana, 1907-Valencia, 1994), su intervención «política» y pública más sonada, la homilía de la Misa de Espíritu Santo, en la que Don Juan Carlos fue coronado Rey el 27 de noviembre de 1975, que marca el arranque de la Transición, y su legado más importante, el de «apóstol de la reconciliación», los diez años <NO1>1<NO>(1973-1983) en que presidió la Conferencia Episcopal española consagrados a la misión de la concordia.
En el centenario de su nacimiento, que se cumple mañana, mucho ha cambiado España y en el caso de las relaciones entre el poder político y la Iglesia, a peor. Vuelve el anticlericalismo de la izquierda de la mano del Gobierno de Zapatero, vuelve el obispado al enfrentamiento con los poderes públicos, quizá obligados ante la agresión, pero con un estilo ajeno al que caracterizó a Tarancón. Así lo ven algunos de los pocos testigos directos de la Transición que compartieron afanes, entrevistas, consejos, indicaciones y confidencias con el cardenal.
Personalidades tan diversas como su secretario personal, José María Martín Patino, el ex ministro Rodolfo Martín Villa, el ex vicepresidente del Gobierno Alfonso Guerra o el ex director general de Asuntos Religiosos de UCD, Eugenio Nasarre, coinciden en la primordial importancia que tuvo «el cardenal» en la Transición.
La Iglesia Católica, que fue perseguida durante la II República, con cerca de 7.000 sacerdotes y religiosos asesinados en la Guerra Civil por milicianos del Frente Popular, que otorgó el título de «cruzada» al levantamiento militar, que luego se constituyó en pilar fundamental del régimen franquista, se había ido despegando de la dictadura durante los años sesenta. En 1973, cuando el cardenal oficia el funeral por el almirante Carrero Blanco, la extrema derecha le despide al grito de «Tarancón al paredón». La víctima de las iras de lo que era ya, a su vez, un sector minoritario del franquismo llevaba años predicando la reconciliación entre los españoles.
Coronación del Rey
Enterrado Franco, en la citada misa de Espíritu Santo celebrada en Los Jerónimos, Tarancón pide a Don Juan Carlos que sea el Rey «de todos los españoles, de todos los que se sienten hijos de la madre patria, de todos cuantos desean convivir, sin privilegios ni distinciones, en el mutuo respeto y amor. Amor que, como nos enseñó el Concilio, debe extenderse a quienes piensan de manera distinta a la nuestra».
El cardenal rogaba además porque «las estructuras jurídico-políticas ofrezcan a todos los ciudadanos la posibilidad de participar libre y activamente en la vida del país» y por el sometimiento de todos al imperio de la ley.
Sobre las relaciones Iglesia-Estado, citaba expresamente el Concilio Vaticano II para recordar que el Episcopado «no patrocina ni impone un determinado modelo de sociedad» y «sí debe proyectar la palabra de Dios sobre la sociedad, especialmente cuando se trata de promover los derechos humanos, fortalecer las libertades o ayudar a promover las causas de la paz y de la justicia».
«Los miembros de la Iglesia de España son también miembros de la comunidad nacional y sienten muy viva su responsabilidad como tales. Saben que trabajar como españoles y orar como cristianos son dos tareas distintas, pero en nada contrapuestas y en mucho coincidentes».Tarancón había definido en su discurso el encaje de la jerarquía católica en la nueva España que estaba a punto de levantarse y que luego se concretaría en la Constitución del consenso.
«Ese día supimos que la Transición era una realidad, escuchamos la voz la Iglesia, que ya llevaba algunos años defendiendo la reconciliación, pero que implicaba en ello a la Corona y dibujaba un nuevo modelo de relación con el Estado». Así lo recuerda Eugenio Nasarre, hoy diputado del PP, entonces en la oposición democristiana que encabezaba Joaquín Ruiz Jiménez -amigo de Tarancón- y después, ya en UCD, encargado de las relaciones con la Conferencia Episcopal y del primer modelo de financiación de la Iglesia Católica como director general dedicado al asunto.
Martín Patino destaca que «en la homilía estaba ya la Constitución de 1978», «el Estado laico, pero cooperativo e incluyente» que luego se plasmaría en los artículos correspondientes de la Carta Magna con intervenciones de políticos de la derecha, el centro y la izquierda, como Miguel Herrero, Landelino Lavilla, Javier Solana o Luis Gómez Llorente. Por entonces, según el secretario de Tarancón, el cardenal se había entrevistado con casi todo lo que sería años después el arco parlamentario, de Manuel Fraga a Santiago Carrillo. Niega que la homilía fuera pactada con Don Juan Carlos, aunque admite que el Rey pudo conocer sus líneas generales con anticipación.
Rodolfo Martín Villa descarta que pudiera haber «oportunismo» en el mensaje de la Iglesia nada más morir Franco: «Habían hecho su propia transición con el Concilio Vaticano II, estaban instruidos para el cambio y habían chocado ya con el régimen». El ex ministro, por aquellos días gobernador civil en Barcelona, apunta que el siguiente verano, en la ofrenda al Apóstol Santiago de julio de 1976 se dio un nuevo impulso a la sincronización institucional para el cambio político. «Un sector de la Conferencia Episcopal se oponía a los cambios pero Tarancón, una figura excepcional en todos los sentidos, supo imponerse», añade.
Entre noviembre de 1975 y las elecciones de junio de 1977, el cardenal multiplica sus contactos con todos los representantes de las múltiples fuerzas políticas que aspiraban a hacerse un hueco en la democracia en ciernes. Eran los tiempos de la «sopa de letras». Los sociólogos se vuelven a equivocar en sus pronósticos. El PCE, único partido con cierto peso y militancia en la oposición, resulta ser muy minoritario en las urnas. Los grupos democristianos que Tarancón eludió avalar ni se estrenan. En contra de lo diagnosticado por muchos, el mapa político español no tiene nada que ver con el italiano. Los españoles se habían inclinado por un gran partido de centro derecha como era UCD y otro de izquierda renovado y de nuevo cuño, el PSOE de Felipe González, frente a los comunistas y la derecha pura y dura que encabezaba Fraga.
El cardenal estrecha relaciones con todos los sectores de UCD y amplía contactos con el PSOE. Se establecen «reuniones periódicas de reflexión» entre Tarancón y sus hombres de confianza con los dirigentes centristas de todos los colores, sobre todo azules y democristianos. Gabriel Cisneros, Íñigo Cavero, Miguel Herrero o Álvarez de Miranda despachaban con los representantes del Episcopado, siempre en lugares discretos que Martín Patino prefiere aún no revelar pero que Nasarre sitúa en El Paular, El Escorial o en pisos particulares de Madrid.
González silencia a Peces-Barba
Cuando quiso conocer a Felipe González, el secretario general del PSOE se presentó acompañado de Gregorio Peces-Barba, por entonces conocido como representante de la corriente «vaticanista» del partido. El profesor se puso a discutir con Tarancón y no le dejaba hablar. González cortó por lo sano: «Gregorio, yo he venido a escuchar al cardenal, a tí ya te oigo todos los días».
Los roces siguieron a la hora de elaborar la Constitución. Fue Peces-Barba, considerado hoy en el PSOE inspirador de la pasión «laicista» de Zapatero, quien abandonó la ponencia constitucional para exigir que no se recogiera el concepto de libertad de enseñanza en la ley de leyes. Y tuvieron que ser Fernando Abril y Alfonso Guerra quienes alcanzaran el pacto correspondiente para que el representante del PSOE volviera al redil del consenso.
El entonces «número dos» del PSOE, tenido por izquierdista radical, se entendió con Tarancón y llevó después desde la vicepresidencia del Gobierno las relaciones de los primeros gabinetes socialistas con el Episcopado sin mayores conflictos, sobre todo si se compara con la situación actual. Hoy se suma a los reconocimientos de la figura de Tarancón. Aunque recuerda que en la Transición la sociedad española tuvo el papel protagonista, «con su deseo de cambio y su responsabilidad, al presionar a los dirigentes políticos y sociales para la apertura hacia la libertad», agrega que no puede entenderse la culminación de ese proceso sin tener en cuenta al cardenal, «uno de los personajes de la época que apostaron por el tránsito democrático y pacífico».
Guerra, ahora presidente de la Comisión Constitucional del Congreso, destaca que Tarancón entendió la conveniencia de que la Iglesia «acompañara con discreción y sensatez la evolución hacia una nueva realidad de libertad y democracia». El dirigente socialista y los antiguos gobernantes de UCD coinciden en que fue fundamental para la Constitución que Tarancón impusiera su criterio a los obispos anclados en el pasado, «extremistas» para Guerra, que rechazaban el Estado «aconfesional» diseñado en la Constitución.
Dios no está en la Constitución, pero sí hay un reconocimiento expreso de la Iglesia Católica y unas garantías para la presencia de sus enseñanzas en la Educación como planteó Tarancón, con tanta discreción como contundencia, destacan los antiguos democristianos. Del cardenal de la concordia cuenta su antiguo secretario que Adolfo Suárez le hizo llegar un mensaje para conocer el parecer de la Iglesia sobre la posible legalización del PCE. «El cardenal se lo pide a Dios todos los días», fue la respuesta.
Aquellos acuerdos y entendimientos parecen hoy olvidados. Los testigos y protagonistas son pocos y cuentan menos. Martín Patino considera tan desproporcionada la actuación del Gobierno de Zapatero en las materias sensibles para la Iglesia como la respuesta del Episcopado. Tarancón no hubiera permitido ninguna de las dos cosas: «Era un hombre convencido de que por medios pacíficos y con diálogo se llega más lejos que con el enfrentamiento frontal. Hubiera hecho lo contrario, hubiera sido mucho más sutil en la defensa pública de la Iglesia y extremadamente duro en las gestiones privadas». Tarancón y aquellos políticos tenían memoria histórica de verdad, la necesaria para enterrar el enfrentamiento religioso de las dos Españas y sellar la reconciliación.
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
PUBLICIDAD
Lo último...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.