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«Lucía», la última palabra del general

APLucía Hiriart, junto al general durante un desfile en la Academia Militar de Santiago en 1997LUCÍA HIRIART DE PINOCHETC. DE CARLOSENVIADA ESPECIALSANTIAGO. Relata la familia que las últimas palabras

Actualizado 12/12/2006 - 02:44:18
AP
Lucía Hiriart, junto al general durante un desfile en la Academia Militar de Santiago en 1997
LUCÍA HIRIART DE PINOCHET
C. DE CARLOS
ENVIADA ESPECIAL
SANTIAGO. Relata la familia que las últimas palabras de Augusto Pinochet Ugarte fueron para su esposa. Dicen los hijos, las hijas y los nietos, que le tomó la mano y pronunció su nombre: Lucía. Después, el abuelo, el padre y el marido, «expiró».
La voluntad del muerto se resumió en una palabra. Quizás no la terminó y se quedó en Luci... Algunos dicen que se comió la «a» pero el viejo ya no estaba para tragarse nada y menos algo que era de ella.
Casada con el general y con el poder, Lucia Hiriart lo ha perdido todo. El día de su 84 cumpleaños se le fue un súbdito, un general rendido a sus pies, un hombre único.
Cuentan y parece que ella no niega, que Lucia le gritaba. Asustado por el cariz que tomaba la fase terminal del Gobierno de Salvador Allende, ella le llamó «gallina» y él no se atrevió a dejarla con la palabra en la boca. Quería que su «gallo» pusiera orden en el corral del Chile de Allende y su «gallo» lo hizo. Atrás quedaron las declaraciones de apoyo al gobierno socialista: «pagaré con mi vida la lealtad», había dicho en público Pinochet.
Lucia se declaró «soldado» pero llevaba los galones bajo el ala, incrustados en el pecho y grabados en un corazón de armas tomar.
El día que los ingleses le detuvieron en Londres ella exclamó: «¡Acaso no saben quiénes somos, acaso no nos conocen!». No entendió nada. Hasta hoy sigue sin comprender.
Poder en la cocina y en los salones del Palacio de la Moneda, doña Lucía sí sabe de números. Repartió los huevos de la riqueza en distintas canastas, su favorita era la CEMA, Centros de Madres a los que se entregaba y adoctrinaba. De allí salieron buena parte de las plañideras que anoche sollozaban ante el ataúd del general, que ayer lloraban por «el tata» y anteayer pateaban y escupían en el Senado contra los críticos del salvador de la patria.
Con esos mimbres se urdieron también fortunas de volumen indeterminado. Lucía, previsora y desconfiada de la democracia, dejó atado y bien atado, a golpe de decreto, que un porcentaje de la recaudación de la lotería nacional se destinará a los CEMA, su refugio. Dinero contante y sonante como el que guarda en algunas de las cuentas en el exterior que están a su nombre, Lucía.
«Un Chile sin rencores, ni revanchas pero donde la Historia no sea tergiversada». El deseo de este año ya no sonaba a reproche. La mujer, la matriarca, se hizo famosa durante los 17 años que hizo del poder un bien ganancial con otra frase: «Son todos unos mal agradecidos». Ese «todos» eran los que protestaban, los que fallaban a su marido, los traidores. De los «subversivos», ni hablar. De eso ni palabra, la última la tenía ella pero, por una vez, el domingo la pronunció él: Lucía.
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