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El arte de poner el reloj político en hora

Actualizado 12/11/2004 - 02:06:10

Con unos pequeños ajustes ideológicos, un ligero cambio en la brújula, una guerra (la de Corea) por otra (la del Golfo) y una permeabilidad esponjosa al turbio cruce de poderes que se cierne sobre la política estadounidense, Jonathan Demme ha puesto al día la tenebrosa película de Frankenheimer que patinaba hace cuarenta años sobre la guerra fría. Los reajustes son inteligentes, políticamente correctos y temporalmente puestos en hora: los «comunistas» han cedido su papel de villanos a eso tan blandiblup que llamamos «los poderes fácticos» o grandes corporaciones y multinacionales; el «thriller» policial se ha convertido en político y la amenaza externa es, tras un par de brochazos, pura amenaza interna. Todo, realmente fino; incluso el hilo que ata la acción al título original, «The Manchurian Candidate», que en la de Frankenheimer era una alusión geográfica (Manchuria está entre Mongolia y Japón) y en la de Jonathan Demme es una alusión empresarial (la Manchurian Corporation es la empresa conspiradora).

En fin, Demme utiliza con sentido de la oportunidad el material original y se vuelca en ofrecer una intriga plena de interés y actualidad, aunque haya que seguirla un poco a tirones y con las orejas tiesas como un lebrel debido a la complejidad de la trama y lo ensortijado de las acciones, los tiempos y los espacios: se centra en un complot que arranca de unos extraños experimentos en plena guerra del Golfo y que llega hasta la campaña electoral del candidato a la presidencia de los Estados Unidos. En medio está el personaje que interpreta Denzel Washington, un veterano capitán de la guerra que padece un raro síndrome que nubla la linealidad de la trama: «flash-back» bélicos, obsesiones, pesadillas y otras injerencias argumentales que le proporcionan una capita surrealista y rara a la película.

El hielo lo ponen el personaje interpretado por Meryl Streep, que encarna al poder y a la manipulación, y por Liev Schreiber, en el papel de su hijo y candidato pelele a la presidencia. Jonathan Demme teje bien la intriga, aunque da la impresión de que el final se le cae encima como un tejadillo de cartón (o sea, como a uno esto mismo).
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