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Corrupción Los líos del hijo golfo de Mitterrand

El proceso del «Angolatate», el tráfico ilegal de armas soviéticas a Angola, con la complicidad crapulosa de políticos franceses durante los años noventa del siglo pasado, reabre la tumba leguleya

Actualizado 12/10/2008 - 02:52:27
El proceso del «Angolatate», el tráfico ilegal de armas soviéticas a Angola, con la complicidad crapulosa de políticos franceses durante los años noventa del siglo pasado, reabre la tumba leguleya donde continúan sepultadas siniestras historias de vicios, suicidios, corrupción política, económica y sexual de hombres y mujeres instalados en las poltronas del poder a la sombra negra de François Mitterrand.
El mayor de los hijos de Mitterrand, Jean-Christophe, uno de los principales inculpados en el «Angolagate», ya ha sido condenado en anteriores ocasiones por otros escándalos, y ocupa él mismo un puesto privilegiado, como figura «bisagra», en su despacho personal del Elíseo, a la diestra de su padre, en una de las tramas de escándalos más turbios de la historia política de Francia.
Jean-Christophe Mitterrand era un modesto delegado de la Agencia France-Press (AFP), en Mauritania, cuando su padre llegó al poder supremo (1981). Desde aquella lejana experiencia profesional, el joven Mitterrand se vio catapultado repentinamente a los pasillos del poder, donde se ganaría el mote de «Papá me ha dicho» (Papa m´ a dit) que bien resumía, a juicio de hombres de Estado, militares y aventureros africanos, el poder del hijo del presidente.
Durante el doble septenio de François Mitterrand (1981-1995) se precipitaron escándalos de todo tipo. El presidente utilizaba los servicios antiterroristas del Elíseo para espiar a periodistas. El PS se financió durante años y años a través de la corrupción urbanística. Las historias de cama presidenciales tuvieron flecos muy Antiguo Régimen: una amante mantenida en un palacio de la República; una periodista sueca con libre acceso al Elíseo; un poder audiovisual sometido a la bota presidencial; amigos íntimos enriquecidos a través de favores financieros y empresariales...
Y África y las relaciones franco-africanas ocupan un puesto privilegiado en esa historia todavía mal reconstruida de la más alta corrupción de Estado. De ahí la importancia de la figura de Jean-Christophe: él fue el más íntimo de los consejeros presidenciales para asuntos africanos; y sus negocios personales fueron indisociables de su puesto de consejero presidencial. En Mauritania, creó empresas familiares. En Angola, sirvió como intermediario en la compraventa de armas, cobrando comisiones ilegales en una cuenta numerada en Suiza.
Jean-Christophe se educó en la escuela de pícaros y maleantes políticos que precipitó el primero y más espectacular de los escándalos de la era Mitterrand: el caso del «Carrefour du Développement» (CDD) durante los primeros años del primer septenio mitterrandiano, cuando Jean-Christope ya controlaba muchos hilos visibles e invisibles en el Elíseo. El CDD fue una empresa muy política, creada con el fin de organizar y financiar las cumbres franco-africanas. Mitterrand padre ya tenía él mismo una larguísima experiencia en ese terreno, desde sus tiempos de ministro de numerosas carteras. El CDD comenzó funcionando con gran eficacia. Pero la avidez crapulosa de las personalidades socialistas que lo gestionaron dejó muy pronto unas inquietantes huellas.
En apenas dos años se descubrió que, además de financiar cumbres franco-africanas, el CDD sirvió para construir un hotel particular para Christine Valbray, «amiga íntima» de Mitterrand. Por otro lado, el principal gestor del CDD, Christian Nucci, era un prometedor líder socialista, muy preocupado por los problemas de desarrollo y crecimiento ecológico, que, además, tenía varias amantes a quienes les puso piso y compró coches con el dinero oficialmente consagrado a glosar las relaciones franco-africanas. Consejero íntimo para asuntos africanos, Jean-Christophe Mitterrand no podía desconocer la finísima orfebrería crapulosa de aquellas historias trabadas en la cúspide del Estado.
Hubo otras más siniestras, como la del fabuloso escándalo Elf Aquitaine, la gran empresa de Estado concebida para orquestar las relaciones entre Francia y África en el estratégico sector de los suministros energéticos de las antiguas colonias a la metrópoli. Se han escrito decenas de libros sobre tan tenebrosa historia. De entrada, París pagaba comisiones a los militares, déspotas y corruptos estadistas del continente. Comisiones por barril de gas o petróleo. Comisiones que permitieron amasar inmensas fortunas a una larga relación de siniestros tiranuelos.
Ya instalado en el poder, el estallido del escándalo Elf Aquitaine tuvo facetas de lo más llamativas. Como la historia de una amante de Roland Dumas (el primero de los abogados de ETA en Francia, ministro de Exteriores de Mitterrand cuando estalló el escándalo), cuyas confesiones literarias se llamaron «La puta de la República», un libro del que se vendieron decenas de millares de ejemplares. La señora contaba por lo menudo los favores recibidos de una empresa de Estado, gracias a su amante y ministro de Mitterrand padre. Mitterrand hijo tampoco estaba lejos de las raíces de aquella turbia historia: él era consejero de su padre cuando éste nombró a dedo a los protagonistas de tan oscura maquinación.
Cuando Jean-Christophe llega a jugar un papel de primer actor, el «reinado» de su padre había entrado en una crisis agónica. En el momento en el que Mitterrand hijo estaba sirviendo de intermediario entre militares africanos y traficantes de armas rusos y franceses, otro de los grandes consejeros de su padre, François de Grossouvre, se suicidó en su despacho del Elíseo pegándose un tiro con una escopeta de caza. Jean-Christophe pudo escuchar el disparo: su despacho se encontraba a escasos veinte metros de distancia. Y Grossouvre también aconsejaba a su padre en asuntos africanos.
El suicidio de Bérégovoy
Cuando Mitterrand hijo utilizaba sus relaciones familiares y personales para facilitar el tráfico ilegal de armas con Angola, el primer ministro de su padre era Pierre Bérégovoy... Y Bérégovoy también se pegó un tiro en la sien el primero de mayo de 1993. Bérégovoy fue un hombre honrado que había llegado demasiado lejos. Primer ministro, se benefició de un «crédito» sin intereses de otro amigo del presidente, el mismo Roger Patrice Pelat, con el que se compró un piso relativamente modesto. Cuando Le Monde reveló esas historias de dinero fácil, de «préstamos» entre un amigo enriquecido por el presidente y un jefe de gobierno que se beneficia de «créditos, entre amigos», Bérégovoy entró en crisis psicológica. Y terminó quitándose la vida.
Ese era el clima político de Francia, entre 1993 y 1994, en el momento álgido del «Angolagate». Jean-Christophe ya había hecho negocios más o menos legales, más o menos espectaculares en Mauritania, en lo que no sólo aprovechó su antigua experiencia de delegado de la agencia AFP. Aquellos negocios de pesquerías tuvieron ramificaciones judiciales muy variadas, apenas ocultos por los negros cortinones del Angolagate.
Jean-Christophe Mitterrand, como Charles Pasqua, ex ministro del Interior, como Jacques Attali, antiguo consejero de Mitterrand padre, son acusados de haber cobrado comisiones ilegales por facilitar una venta de armas de origen soviético a una o varias de las facciones en guerra civil en Angola. El proceso se anuncia largo e imprevisible. Más allá de sus peripecias personales, el destino judicial del mayor de los hijos de Mitterrand quizá sea una parábola atroz del fin de reino de su padre.
POR JUAN PEDRO QUIÑONERO PARÍS
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