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DEFENSA DE LA HISPANIDAD

FERNANDO CONDELA noche del 28 de octubre de 1936 un pelotón de sicarios de eso que se ha dado en llamar «el gobierno legítimamente establecido» -¡qué concomitancias con el presente!, ¿no creen

Actualizado 12/10/2006 - 02:40:53
FERNANDO CONDE
LA noche del 28 de octubre de 1936 un pelotón de sicarios de eso que se ha dado en llamar «el gobierno legítimamente establecido» -¡qué concomitancias con el presente!, ¿no creen?- rompía el sueño de un puñado de infelices que arrastraban su soledad por la cárcel de Ventas, en Madrid. Los milicianos, febriles por las sangrías propias y ajenas, condujeron a los sentenciados sin sentencia hasta Aravaca. Allí los acribillaron contra una tapia. A todos menos a uno, que ya había profetizado su propio fin en estas palabras: «¡Sí! ¡Sí! ¡Me matarán! ¡Me aplastarán como una chinche contra mi biblioteca!». A todos menos a uno, digo, porque a Ramiro de Maeztu no lo mataron contra una tapia, sino contra una biblioteca enorme habitada por un único ejemplar: «Defensa de la Hispanidad». «Defensa de la Hispanidad» es una obra de obras, de pocos en pocos, hecha sin prisas y sin siquiera pretensiones originales de serlo. «Defensa de la Hispanidad» es un compendio de artículos publicados a lo largo de un cuatrienio (1931-34) en la Revista «Acción Española», y que se aferra al concepto que, en un trabajo de 1926 titulado «La Hispanidad y su verbo», acuñara el jesuita Zacarías de Vizcarra, autor, entre otros libros, de un catecismo en vascuence (Cristiñavaren Jaquinbide Labustua). ¡Qué paradojas!
Hoy, Día de la Hispanidad y fiesta en medio mundo, casi nadie recuerda a estos dos hombres que supieron ver que lo de la «Fiesta de la Raza», celebrada en España oficialmente y con marchamo legal todos los 12 de octubre desde 1918 hasta 1958, sonaba demasiado a partida de capuchones blancos y teas encendidas dispuestas a chamuscar negritos. La idea de la «Raza», es de ley decirlo, había sido del político y empresario gijonés Faustino Rodríguez San Pedro y carecía de cualquier atisbo de xenofobia, al menos en principio. A lo más se trataba de una exacerbación del espíritu patrio que, tras los desastres de finales del XIX, trataba de encontrar en este tipo de gestos simbólicos la reafirmación de una grandeza que si bien fue, en aquellos momentos ya ni estaba ni se la esperaba. Sin embargo, no me ha venido a la memoria Maeztu sólo por ser hoy el día que es, sino también porque ayer, viendo las imágenes del recibimiento democrático y progresista que le ofrendaron a un político nacional en esa nación de nacionalidad histórica nacionalista que llaman Cataluña, se me hicieron carne las frases atribuidas al escritor vitoriano ante su pelotón de fusilamiento: ¡Vosotros no sabéis por qué me matáis! ¡Yo sí sé por qué muero: porque vuestros hijos sean mejores que vosotros! Y pensé: ¡qué lástima que Maeztu muriera convencido de tan noble ideal y tan equivocado al mismo tiempo! Porque claro, a cualquiera que le digan que lo de ayer era un acto de libertad democrática -que habrá quien lo mantenga; no lo duden- le puede dar un ataque no sé si de risa, de pena o de risa apenada. ¡Qué bochorno!, ¡qué vergüenza sentí al pensar que aquella horda tal vez, incluso, habría pasado por las aulas de La Rovira i Virgili, de La Pompeu i Fabra o de La Autónoma!
Pero no hay que asustarse, porque todo esto ya se lo advirtió el pobre Antonio Machado a nuestro escritor: «Querido Maeztu: Con toda el alma le agradezco el envío de su hermoso libro Defensa de la Hispanidad, que he leído y releo con deleite. Sigo su obra con gran interés desde los días en que todos pecamos un poco contra la Hispanidad (...). Porque España ha sido siempre muy poca cosa para un español. Tal vez sea esta la causa de nuestra decadencia actual y de nuestra pasada grandeza (...). Con la bandera española no entusiasmará usted a nadie». ¿Hace falta añadir algo?
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