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Sidi Ifni Los surferos de la patera

Un día del mes de Ramadán de 2006 Hicham cogió todo lo que tenía ahorrado y lo invirtió en lo que pensó que era más rentable en ese momento: un pasaje en patera desde su ciudad, Sidi Ifni, hasta

Actualizado 12/07/2009 - 02:53:12
Un día del mes de Ramadán de 2006 Hicham cogió todo lo que tenía ahorrado y lo invirtió en lo que pensó que era más rentable en ese momento: un pasaje en patera desde su ciudad, Sidi Ifni, hasta Canarias. Había dejado el colegio hacía dos años y había tratado inútilmente de ganarse la vida trabajando en el puerto. «Me fui porque aquí no hay nada que hacer», explica este joven surfero de largas rastas rubias recogidas en una gruesa coleta por detrás de la nuca.
Distantes entre veinticuatro y treinta y seis horas de las islas españolas, las playas de Ifni han sido siempre un buen lugar desde el que zarpar a la búsqueda de ese sueño europeo. Aquí hay gente con ganas de irse y, lo que a veces es más importante, es fácil encontrar a alguien que comande la expedición sin que te time o te deje tirado en otra playa del lado africano.
La patera en la que se embarcó Hicham llevaba un pasaje de entre treinta y seis y cuarenta personas, recuerda. Cada uno pagó cinco mil dirhams (unos cuatrocientos setenta euros). El patrón era un pescador local al que conocían y que había bajado desde Agadir con una barca y el motor para la expedición. «Tardamos veintiocho horas. No estuvo mal, sobre todo porque soplaba viento de tierra y el viaje fue rápido», detalla el joven.
En el centro El Matorral
Cuando Hicham puso pie en la isla de Lanzarote era aún menor de edad. «Tenía diecisiete años, pero me colocaron la mano en una máquina y dijeron que tenía diecinueve», explica. Permaneció durante una semana en el centro para emigrantes sin papeles de El Matorral, «junto a negros de África», antes de ser enviado por avión hasta la ciudad marroquí de Nador, a más de 1.300 kilómetros de donde habían zarpado.
Sidi Ifni no está entre los lugares más turísticos de Marruecos. Se encuentra lejos del Estrecho de Gibraltar, lejos de las autopistas, a dos horas del aeropuerto más cercano -el de Agadir- y sus infraestructuras son pobres y escasas.
Horizontes soñados
Desde esa lejanía de horizontes soñados, son muchos los jóvenes que salen al paso asegurando que desean irse de su tierra por falta de futuro.
Hicham, que habla francés, español y árabe, ocupa su tiempo sacando adelante la tienda de recuerdos y artesanía que abrió hace tres meses y tratando de que la cabaña que ha levantado en la playa junto a un grupo de colegas surferos pueda convertirse en un chiringuito en el que ofrecer, aunque sea de manera humilde, refrescos, comida, tés y cafés a los veraneantes. Es allí donde el reportero los encuentra, embutidos en trajes de neopreno medio gastados y con tablas para coger olas remendadas. Es lo que hay.
«Pregunta, pregunta a todos estos», dice Hicham entre risas. Efectivamente, no sólo son colegas surferos, sino que también son todos veteranos de la patera. ¡Y todos de la generación de 1988!
Les hago una foto a varios en la orilla. Junto a Hicham posan Imad, Murad y Yasin. Algunos se encuentran en ese momento surfeando y les da rabia al salir no haber formado parte de la imagen. Murad ha probado dos veces suerte en la ruta a Canarias, y dice que volverá a repetir.
Yasin es el único que se pasea orgulloso por Sidi Ifni con sus papeles de residencia en España. Conoce bien el país de tantas vueltas que ha dado para dar con el tajo. Huelva, Cádiz, Córdoba, Madrid, los invernaderos almerienses, la fruta catalana... Ahora está instalado en Barcelona y aprovecha los meses estivales para bajar a su tierra. A finales de agosto, regresará pero esta vez en avión.
No es una contradicción esta de irse y regresar, aunque sea temporalmente como Yasín. Cuando estos jóvenes se embarcan hacia Canarias es porque no tienen más remedio. Pequeños proyectos como el comercio de Hicham demuestran que no necesitan mucho para echar raíces en su tierra, en la tierra que aman. Pero las quejas apuntan hacia las autoridades. El puerto en el que no encontró acomodo hace algunos años el joven Hicham fue hace un año el escenario de los más graves disturbios en décadas. Las manifestaciones reclamando la atención del poder central de Rabat degeneraron en una batalla campal con numerosos heridos por ambas partes y decenas de detenidos. Media docena siguen hoy encarcelados.
El poder de la protesta
Haciéndose fuertes con el apoyo de la población local y venciendo el reparo que supone para muchos el apuntarse al juego oficial de las elecciones, algunos de los cabecillas de aquella revuelta se han alzado con la victoria en las elecciones municipales del pasado 12 de junio.
El alcalde de Sidi Ifni es ahora el ex prisionero Mohamed Al Wahdani.
Se abre así cierto periodo de esperanza, aunque el consejo municipal que comandan los revolucionarios apenas podrá hacer nada si desde la capital no se da la orden de sacar a Ifni del atolladero. Y son muchos «ifnis» los que salpican el mapa del reino alauí.
Para los escasos viajeros queda, eso sí, el sabor añejo de hallarse en una ciudad que hasta hace cuarenta años fue la provincia número 51 de España, que la dejó en manos del reino alauí el 30 de junio de 1969 tras un acuerdo entre Franco y Hasán II. Los recuerdos de entonces son todavía innumerables, tanto en el ámbito arquitectónico -aunque éstos se encuentren hoy más muertos que vivos-, como en el cultural y humano.
El hotel «Suerte loca» es el establecimiento más famoso de lo que el franquismo consideró una época gloriosa de un colonialismo que los años mostraron inútil. El edificio en sí no vale demasiado, ni está en el mejor emplazamiento, ni es especialmente atractivo.
Pero la familia de Ayad Bachir Emboiricat, que lo compró en 1958 al español que lo había abierto en 1936, hace de este hotelito el lugar predilecto de los que llegan de fuera. Ayad falleció hace diez meses, pero su hija Malika comanda el batallón de personas que te hacen sentir como si de un cinco estrellas se tratase.
La esperanza en un negocio
Justo enfrente, a medio centenar de metros, tiene el surfero Hicham alquilado el garaje que hace de tienda con fotos antiguas de Ifni escaneadas e impresas para vender, algunas alfombras, bisutería y algo de ropa. Son pocos los turistas que se pasean haciendo compras por Sidi Ifni y cualquier comparación con los zocos de Marraquech, Tánger, Esauira o Rabat sería insultante.
Hicham vive con su padre, maestro de escuela. Su abuelo, fallecido en 2005, tocaba el tambor en la banda de música del Ejército español. A su madre la ve, aunque explica que se ha casado con otro hombre.
Pero el chaval tiene valor de sobra y sabe que aún está despegando en el sueño que supone quedarse en su ciudad sin que le ronde la cabeza el volver a montarse en la patera. «No volveré a intentarlo. Pasé mucho miedo», dice. El suficiente como para pensar que pagar los casi setenta euros al mes que le cobran por alquilar el local es medianamente accesible. «No quiero repetir aquello. Sólo vivir en mi ciudad tranquilo».
TEXTO Y FOTOS: LUIS DE VEGA. SIDI IFNI (MARRUECOS)
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