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La rehabilitación de Victoriano del Río desata una tormenta de emociones

Actualizado 12/05/2006 - 09:34:18
MADRID. Victoriano del Río se rehabilitó ayer como ganadero. Su rehabilitación acarreó una tarde de emociones dispares de la mano de una señora corrida. Variada, seria e importante. Eduardo Gallo replicaba la Puerta Grande de César Jiménez cuando la noche caía,y allí no se movía nadie. Llovió, tronó, relampagueó, y la gente que salía para refugiarse de la tormenta volvía a sus localidades. Tormenta de emociones. El público no se irá de las plazas mientras salga el toro. Mientras el toro se mueva. Mientras haya un hombre dispuesto a jugarse la vida.
La contestación de Gallo a Jiménez no por ser lo último quedó en la memoria de la retina. Un tío era el sexto, un toro de nota por el pitón derecho. Y el joven salmantino lo templó con un asentamiento de planta macizo. Corrió la mano con lentitud. Cada redondo duraba un ole profundo. Eduardo Gallo se recreó aunque el toro pesaba lo suyo en la muleta. Para torear despacio hay que tener enorme valor. Si digo que hubo profundidad, no exagero. En un pecho la voltereta sorprendió por su dureza, como un gancho que encunó sin hacer carne al torero. Y es que el toro por el izquierdo se las traía. Parecía otro. Gallo tragó, muy agarrado al piso. Dos desarmes se olvidaron con el arrimón de las sanjuaneras. Procunazos de ay. Agarró la estocada defectuosa. Como defectuosas habían sido otras. La oreja premiaba la hombría y un toreo de quilates.
Antes surgieron cosas importantes. Vi al mejor César Jiménez desde que tomó la alternativa. Lo vi en serio, de verdad sobre la zurda en el segundo toro, un toro que en la brega campó muy a su aire, con la cara bien armada a media altura. No hubo capote que gobernara. Hasta que C.J. le echó las rodillas por tierra en los medios y la embestida se sometía al mando. Jiménez juega mejor la diestra postrado que en pie. Y de hecho, una vez en pie, lo demostró. Al no obligar el toro salía a su altura. Estalló todo al natural. Tiró la muleta por bajo, se lo pasó muy cerca, descubrió, o nos descubrió, que tiene cintura y se embraguetó en dos tandas de rugido. El fondo del toro transmitía. Había que ahondarle hasta ese punto, llevarlo hasta atrás para que explotase. Vaya con Jiménez, que lo reventó. A la tercera serie ya no quería más batalla el animal, que se desentendía del cuerpo de la tela. O de la tela por el cuerpo. Todavía unos derechazos apuraron hasta la última gota. Y un volapié de órdago puso el punto final por todo lo alto. Oreja de peso. Media Puerta Grande que fue media de trascendencia.
La otra media cayó junto a la lluvia y un quinto que no respondió al refrán. Alto y desgarbado, feo por dentro y feo por fuera. Un cabrón con dos dagas, una prenda de taberna y navaja. Y encima manso. César Jiménez quiso. Un querer al principio de poco convencimiento, desde la pala. Hasta que se convenció de que cruzándose vendía más la mercancía y que incluso el leñero respondía mejor. Tanto que algunos naturales meritísimos, de uno en uno, le extrajo. Amagó el toro varias veces con tornillazos. Amagaba y avisaba que era lo bueno dentro de lo malo. Jiménez apostó a veces más en serio y otras de me quito y me pongo y se trajinó otra oreja tras espadazo a la deriva. De cualquier manera, en su toro anterior marcó un techo.
El toro de la tarde se llamó «Soleares». Sencillamente extraordinario. De los de premio. Calidad y son, y recorrido y entrega hasta el final. Luis Miguel Encabo lo toreó con gusto en redondo en cuatro series que debieron ser tres y la izquierda, que tuvo un protagonismo un tanto tardío. Bueno pero tardío. De las cuatro series diestras, mejores las primeras, y casi ninguna igual. La torería no faltó. Amarró un bajonazo que por poco le deja sin trofeo, y ya hubiera sido la órdiga salir así de un toro al que le pendían los dos. Por «Soleares».
Encabo parece empeñado en pasar a la historia por el resucitador de la suerte de varas. Lo hizo el 2 de Mayo y lo volvió a repetir ayer con el fuerte toro que abrió plaza, que embistió con todo. Seiscientos quince kilos a todo trapo. En el caballo y en banderillas. ¿Y en la muleta? Bronco y corto. Corto como en los capotes. Bruto. Aunque prácticamente era imposible torearlo con el vendaval que se desataba ya por entonces. Un margen para la duda del toro sólo por eso. Y por su emotividad.
No puntuó el tercero, el más flojo. Noble pero sin fuelle, que humilló de salida una barbaridad. Gallo lo resolvió con decoro a media altura.
A tardes así nos apuntábamos todos.
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