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La detención de Provenzano, el «jefe de jefes», marca otro relevo en Cosa Nostra

Estaba solo en la casa cuando llegaron los policías. Intentó bloquearles el acceso pero enseguida dejó de oponer resistencia. «Sí, soy Bernardo Provenzano»

Actualizado 12/04/2006 - 08:16:52
REUTERS  Bernardo Provenzano en el momento de su detención. En el recuadro, la última foto que se tenía de él, de 1958
REUTERS Bernardo Provenzano en el momento de su detención. En el recuadro, la última foto que se tenía de él, de 1958

«¡Asesino!», «¡bastardo!», le gritaba la multitud, mientras la Policía leprotegía de los familiares de sus víctimas

J. V. BOO. CORRESPONSAL

ROMA. El mayor asesino de Italia, autor de docenas de homicidios con sus propias manos y responsable de centenares de órdenes de asesinato, cayó ayer en manos de las autoridades justo cuando el país intentaba descifrar el resultado de las elecciones. La noticia del arresto de Bernardo Provenzano, fugitivo desde 1963, corrió como un reguero de pólvora por toda Italia y sobre todo en Sicilia, donde una multitud acudió a la comisaría de Palermo para recibirle con los gritos de «¡Asesino!» y «¡Bastardo!» mientras la policía se dedicaba esta vez a protegerle de los familiares de sus víctimas.

El «jefe de jefes» de Cosa Nostra -de cuyo rostro verdadero se conocía tan solo una vieja foto de 1958- se parece a los retratos robots pero tiene, paradójicamente, un aire mas bondadoso, casi inofensivo, de abuelo inocente. Quienes conocen Sicilia no se sorprendieron de que la Policía le hubiese encontrado, al cabo de 43 años de búsqueda, en una casa rural a dos kilómetros de Corleone, su pueblo natal, donde viven su mujer y sus dos hijos. Los «capos» están siempre en su territorio y, con frecuencia, cuando les arrestan, se descubre que eran «fugitivos en su propia casa».Según los fiscales, nadie le delató. Lograron descubrirle siguiendo la pista a dos paquetes enviados por su esposa. Estaba solo en la casa cuando llegaron los policías. Intentó bloquearles el acceso pero enseguida dejó de oponer resistencia. Poco después reconocía: «Sí, soy Bernardo Provenzano».

A golpe de pistola

El tío «Binnu» aprendió el «oficio» de Luciano Ligio, el mafioso de Corleone que eliminó a los rivales de la «familia» Navarra. Poco después, Luciano Liggio, «Totó» Riína y Bernardo Provenzano iniciaron el asalto a las «familias» de Palermo. A golpe de pistola y de kalashnikov, los «corleoneses» se hicieron con el control de la mafia de la capital y, por tanto, de Sicilia.

Tras el arresto de Liggio, «Totó» Riína tomó el relevo e impuso una guerra abierta al Estado, con docenas de asesinatos de policías, carabineros, funcionarios públicos e incluso muchos magistrados como los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino en 1992.

Cuando Riína fue arrestado en 1993 en su casa del centro de Palermo, Provenzano emprendió la estrategia de la «mafia invisible», que evita matar gente en las aceras y disimula su existencia para reducir la alarma social mientras infiltra «amigos» en la política y reinvierte el dinero en la economía legal.

En pocos años, la alarma social y, con ella, la guerra a la mafia cayeron en picado mientras aumentaban los protectores en la política, desde los ayuntamientos de Sicilia hasta el Parlamento de Roma, donde el cambio de leyes procesales favoreció las prescripciones y la reapertura de procesos al tiempo que dificultaba el uso de «arrepentidos» o la protecciónde los colaboradores de la Justicia.

Aun sin estudios, la refinada mente de Provenzano le permitía dirigir el reparto de contratas de obras públicas con una precisión asombrosa. Daba las órdenes a través de notas mecanografiadas en una máquina de escribir que tenía consigo en el momento del arresto, un sistema a prueba de escuchas telefónicas que incluía, además, numerosos intermediarios.

Junto con los ingresos del reparto de obras públicas aumentaron también los de la extorsión, el «pizzo» que pagan el 95 por ciento de los comerciantes de Palermo y el 80 por ciento en otras ciudades. Los beneficios se reinvertían en la economía legal. Era el triunfo de la «mafia emprendedora», cuyo jefe cayó por fin ayer. O quizá fue entregado por su sucesor.
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