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Rosa representará a España en el Festival de Eurovisión

Actualizado 12/03/2002 - 01:58:11
Rosa es aupada por sus compañeros tras ser proclamada vencedora. Efe
Rosa es aupada por sus compañeros tras ser proclamada vencedora. Efe
«País: España. Canción: «Europe´s Living A Celebration». Canta: Rosa López». Se completaron anoche los espacios en blanco de la fórmula magistral y añeja que sirve de presentación a los artistas que cada primavera desfilan por el itinerante Festival de Eurovisión, espacios que conectan tres elementos que resumen -sin llegarlo a explicar- el fenómeno generado por «Operación triunfo»: un país, una canción y una joven desconocida, la más extraña y sedante combinación que ha movilizado a la sociedad española en los últimos años.

Ganó Rosa López en una gala anunciada -«Ni un ruido, ni un susurro podrá eclipsar el gran momento»- con los primeros compases del intenso y sobrecogedor «It´s Oh So Quiet» de Björk, pero, por supuesto, no fue el ahogado e intimista tono de la diva islandesa la que marcó el desarrollo del programa, que Lozano rompió a gritos en cuanto tuvo el micrófono a mano. Ganó Rosa desde el primer día, desde aquel 22 de octubre en que la joven de Armilla se presentó ante la audiencia con veinte kilos más encima, como el patito feo de la pandilla de guapos reclutada por Gestmusic para protagonizar su musical de acción; con una humildad arrolladora, de las que impiden esconder las emociones, y, para colmo, con una espléndida voz. Fue la favorita del público -blindada al juicio del jurado- durante casi todas las semanas, y ayer confirmó, con el apoyo del 49,9 por ciento de los votos telefónicos, que desde hace mucho tiempo es Rosa, la de Eurovisión.

Con «Europe´s Living A Celebration», esa canción tan mal construida y cuyo estribillo estalla de la nada, como un volantazo de su autor para arañar votos en jurados adormecidos, la vencedora de «Operación triunfo» hizo gala de su capacidad pulmonar y su maestría para modular la voz y hacerla transitar incluso por las melodías peor ensambladas. El cuerpo de baile del programa se encargó de suplir, con oportunos excesos, las deficencias de la granadina a la hora de seducir al público con sus movimientos, tan torpes y limitados. «Estoy feliz de encontrarme hoy aquí y no me preguntes más por qué», dicen los primeros versos de esa canción con que España llegará en mayo a Tallín, pasando por alto alguna de las sedes europeas del Instituto Cervantes, titulada en inglés.
Los derrotados se quitaron un peso de encima, porque, como el Barça, quizá prefieran apearse de la Copa del Rey a las primeras de cambio que llegar a la final y perderla en su campo, que Tallin casi es España. David Bustamante, suave como Platero y mirando con docilidad a la cámara, su única compañera, se despidió con «La magia del corazón», esa balada que anoche bailaba sola, pegada a sí misma, qué remedio, en medio del festival de coreografías que arropó a sus rivales.

El «Corazón latino» que defendió el concursante almeriense presentó a un David Bisbal desatado, protagonista de una pieza en la que la canción parecía ser la excusa del número de baile, algo así como los chicles de «Operación triunfo», una golosina de sabor vulgar, pero que incluye, de regalo, pegatinas vistosas y coleccionables. En cinco meses, Bisbal ha aprendido a bailar, y encima canta y se deja masticar.

Antes del cierre definitivo del programa, TVE quiso mostrar, en un acto de justicia digno de ser destacado, el resultado de las inversiones del público: en qué se han dejado miles de espectadores la vista, el tiempo y los euros que se ha llevado el 906 de las votaciones populares, porque la cadena pública cierra el quiosco, hace caja, se lava las manos y deja a la audiencia, ya sin intermediarios, ante dieciséis jóvenes talentos.

Talentos como Alejandro, que presentó «Ellas», presunta muestra de «rock adulto» que pone a La Oreja de Van Gogh a la altura de ese cruce entre canadienses y marcianos que es Godspeed You Black Emperor!, o Gisela, que estrenó «Vida», una azucarada producción sin ninguna fuerza lírica (el año que viene, que monten una academia paralela, para letristas), pero como un imán, compuesta para atrapar oídos poco impresionables desde la primera nota.

Manu Tenorio emprendió en solitario su carrerón de seductor de madres y galán aflamencado, y Chenoa se subió al carro mejor engrasado de la actualidad discográfica, el de las «shakiras»... Todos, y eso les honra, cantaron en directo, jugando con valientes órdagos la primera mano de la incierta partida que anoche abrieron. Sin red, dando una lección de riesgo inédita en un medio que las estrellas del pop utilizan sin dar nada a cambio, los jóvenes de «Operación triunfo» demostraron un arrojo que el mundo del rock había olvidado desde que Jane´s Addiction se presentaron, en 1987, con un álbum grabado en vivo. La primera, aunque sea discutible, en la frente del conformismo, en los labios que se mueven al son del «play back».

El programa también contó con sonadas actuaciones en la acreditada modalidad «fuera de concurso», la que enriquece cualquier muestra, como una improvisada Zabaltegi de nuevas tendencias, panoramas, propuestas alternativas, fotos dedicadas y saludos desde los medios, montera en mano. Ahí estuvo el secretario general de RTVE y el representante de la UER, al que Carlos Lozano le dijo, muy a tono con la letra bilingüe que TVE lleva a Estonia, «le vamos a dar el acta, here is the acta».

No se dejó ver ante las cámaras Javier González Ferrari, director general de RTVE, cuya presencia había sido anunciada por la emisora estatal en una inédita y abortada operación que, de haberse llevado a cabo, en las próximas semanas podría dar pie a una gira a través de «Cine de barrio», «Noche de fiesta» y, por qué no, «La fuerza del deseo». Y de teloneros, Ignacio Ruiz Jarabo, el de la SEPI va bien, y Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda y, últimamente, censor de espectáculos circenses y comentarista televisivo.

En cualquier caso, lo de González Ferrari hubiera sido legítimo: si Mick Jagger, Paul McCartney y docena y media de pelagatos del pop de consumo han aprovechado en los últimos meses el caudal de audiencia de «Operación triunfo» para vender discos (tradúzcase por «enseñar a los jóvenes de la academia»), el director general de RTVE tenía derecho a presentar en su propia casa y sin ánimo de lucro su propia versión del éxito de la temporada. Tu SEPI es mi voz.

Más triste fue la intervención de Pet Shop Boys. El dúo londinense, piedra angular del pop británico, ha pasado de pisar las revolucionarias estructuras diseñadas por Zaha Hadid para su última gira internacional a pasear sin pudor «Home And Dry» sobre las mismas tablas en las que suda el infame Chayanne... La elegancia, por los suelos, pegada a un chicle de «Operación triunfo», negro y mugroso, seco de babas y duro, muy duro de tragar, porque, parafraseando el celebrado «Cambalache» de Discépolo, «que el mundo fue y será una chuchería ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también». Se quedó corto el tanguista.
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