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El bosque animado

PARA escapar a la intolerable fealdad del Matrix progre que todo lo invade y

Actualizado 12/01/2008 - 08:44:21
PARA escapar a la intolerable fealdad del Matrix progre que todo lo invade y corrompe me zambullo en la lectura de El bosque animado, la gloriosa novela de Wenceslao Fernández Flórez que la Fundación Wellington acaba de reeditar en una edición olímpica, una de esas ediciones que excitan la lujuria casta del bibliófilo. Yo tuve la suerte de estudiar en un colegio de monjas un tanto refractarias a las sugerencias ministeriales; quizá por ello, entre las lecturas obligatorias de adolescencia no incluyeron esos pestiños que los comisarios políticos de la época habian elegido muy taimadamente para estragar el gusto literario de las nuevas generaciones. Así, por ejemplo, en mi colegio, en lugar de leer Tiempo de silencio, leíamos El bosque animado, elección felicísima que nunca agradeceré suficientemente a las monjas, pues la novela de Fernández Flórez se cuenta entre las más hermosas de nuestro siglo XX.
Luego, en el manual de literatura, nos tocaba estudiar aquella mamarrachada (ya definitivamente entronizada en el Matrix progre) según la cual la literatura española de posguerra fue un monótono erial que sólo lograron redimir las primeras novelas de Cela y Laforet. Pero El bosque animado (obra aparecida originariamente en 1943) es una novela de escritura gozosa, imaginación pródiga y una mezcla de humor y sentimentalismo que alcanza raras cúspides poéticas. Aquella primera lectura de El bosque animado despertó mi curiosidad por el autor que la había escrito, de quien apenas se encontraban libros en las librerías (como, por lo demás, sigue ocurriendo hoy en las librerías del Matrix progre): así supe que Fernández Flórez había sido durante décadas colaborador de ABC, y uno de sus cronistas parlamentarios más eximios. Con el paso del tiempo leí algunas de sus crónicas, y me quedé deslumbrado por su acopio de cultura, liviandad, ironía y muy refinado escepticismo. Yo me atrevería a decir, con permiso de Azorín, que Fernández Flórez ha sido el mejor cronista parlamentario que ha honrado las páginas de ABC. También escribió en este mismo periódico, hacia el final de su carrera, unas crónicas sobre fútbol, donde inventó aquella expresión chocante y jocosa, el «vicegol», que llegaría a hacer fortuna.
A mí Fernández Flórez me parece un escritorazo de quitarse el sombrero, incluso allí donde los críticos progres (perdón por la redundancia) lo tachan de burdo y bilioso. Una isla en el mar rojo, por ejemplo, su novela sobre los refugiados en las embajadas de Madrid mientras la «legalidad republicana» campaba por sus fueros en las calles, no me parece en modo alguno desdeñable; y contiene uno de los finales más espectaculares de la literatura española, amén de una lección magistral sobre la mezquindad humana, que no entiende de bandos ni adscripciones. Pero ninguna de sus obras (ni siquiera sus deliciosas novelas de humor) admite parangón con El bosque animado, que sin hipérbole considero uno de esos libros que, una vez leídos, nunca podemos olvidar. Sólo alguien que tuviese el alma de corcho podría olvidar ese capítulo final en el que el cojito Geraldo vuelve a ver a su enamorada Hermelinda; yo les confieso que lloré cuando lo leí en el colegio, y he vuelto a llorar hoy mismo, mientras lo releía. Sólo alguien que tuviese el corazón de estopa podría mantenerse impertérrito mientras lee los impagables coloquios del ladrón Fendetestas y el ánima en pena de Fiz Cotovelo. Y qué decir de esos otros capítulos protagonizados por animales, en la mejor tradición fabulista ¡Cuánta emoción de ley, cuánto humor empañado de lágrimas, cuánto sobrio lirismo, cuánta finura galaica, cuánta imaginación y sentimiento hay en estas páginas! La edición de la Fundación Wellington se completa con unas ilustraciones recuperadas de Carlos Sáenz de Tejada, un epílogo de Luis Alberto de Cuenca y una amena y documentadísima introducción de Alicia Mariño que nos dilucida minuciosamente la figura de Wenceslao Fernández Flórez (incluida su peripecia durante los años de la Guerra Civil, siempre en el filo de la navaja). Invito a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan a que se zambullan de inmediato en las páginas de El bosque animado; si no lo hacen, entenderé que son rehenes del Matrix progre, ese infierno donde sólo se lee a los hagiógrafos de Zapatero.
www.juanmanueldeprada.com
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