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Jaime de Piniés Rubio, embajador de España

Actualizado 12/01/2004 - 00:41:10
EN la historia de la diplomacia española del siglo pasado, muy contados son los merecedores de un elogio mayor que este gran español y diplomático que acaba de dejarnos tras una dilatada y brillante carrera que le llevó a defender los intereses de España en circunstancias muchas veces adversas y difíciles, principalmente en las Naciones Unidas. Su nombre quedará siempre ligado al tema de la Descolonización y más en concreto, a los contenciosos de Gibraltar y del Sahara Occidental. En este mismo diario que, una vez más, se muestra generoso con mi torpe pluma, su fotografía apareció en portada repetidas veces así como impresas sus rotundas intervenciones en la Organización internacional por antonomasia en la que desempeñó en nombre de España dos mandatos en el Consejo de Seguridad y más tarde en 1985, ya jubilado, el de Presidente de la Asamblea de las Naciones Unidas para lo que el entonces presidente del Gobierno, don Felipe González, tuvo que nombrarle Embajador Especial ya que de lo contrario la Presidencia la habría obtenido Austria que retiró la candidatura que había presentado a favor de su entonces Embajador, Kurt Waldheim.
Le conocí de estudiante en Inglaterra en el año 1948 cuando a la sazón era él joven Secretario de Embajada en Londres. Me invitó a almorzar y quedé impresionado por su fuerte personalidad y simpatía. Desde entonces iniciamos una creciente amistad que se robusteció, años más tarde, en Nueva York en el ejercicio de nuestra profesión. Monárquico liberal por convicción y tradición, su padre, don Vicente de Piniés, a su vez hijo de un magistrado del Tribunal Supremo, fue ilustre abogado de Madrid, y dos veces ministro, de Gobernación primero y de Gracia y Justicia después, en el reinado de Don Alfonso XIII. De recia familia aragonesa, sin pelos en la lengua, contaba de su padre que, incluso durante la Guerra Civil en Madrid, iba personalmente al Ministerio de la Gobernación a solicitar la fe de vida para cobrar su pensión como ex ministro de la Corona. Tras la Guerra Civil, Vicente, su hermano mayor, también distinguido jurista en esta Villa y Corte, fue quien con el grupo de Unión Española que encabezaba Joaquín Satrústegui, mantuvo la antorcha monárquica a lo largo de varios lustros lo que le deparó entonces no pocos disgustos y, con posterioridad, escasos reconocimientos.
De estas y otras tantas cosas charlábamos incluso hasta hace unos días en la tertulia que compartíamos semanalmente un grupo de amigos en un bar de esta capital. A pesar de que su nombre y fotografía dejó de aparecer en la Prensa hace años una vez alcanzada su jubilación, era sorprendente la cantidad de gente de cualquier condición que se le acercaba para preguntarle: ¿«Es usted el Embajador Piniés? Lo he reconocido porque sigue usted igual que cuando le veía en la Prensa y leía sus discursos en las Naciones Unidas». Y así ocurría porque su popularidad fue grande, sin duda la mayor entre todos los diplomáticos a lo largo de más de medio siglo. Con sus muchos años encima seguía rebosando vitalidad y entusiasmo y con su indiscutible verbo parlamentario y prodigiosa memoria, nos apabullaba con nombres y fechas sobre las más variadas efemérides casi siempre políticas. Seguía con el mismo interés que cuando estaba en el servicio activo todos los acontecimientos internacionales y no dejaba de polemizar, aquí y allá, con la rapidez y agudeza que le caracterizaban, veta parlamentaria heredada de su padre. Parte de esa rica vida la plasmó en su libro sobre los Episodios de un Diplomático que reflejan su personalidad y en su obra magistral de investigación sobre España y la Descolonización en las Naciones Unidas. Le dolió la apertura de la verja con Gibraltar que calificaba como gran error político, él que tanto batalló por sacar adelante las resoluciones de las Naciones Unidas instando a Inglaterra a descolonizar el Peñón y su devolución a España. Por no hablar de cómo se llevó a cabo por el Gobierno de entonces la lamentable descolonización del Sahara Occidental lo que le valió cuando lidiaba con el tema un disgusto monumental y, convocado aquí por el Ministro Cortina, tuvo que ser hospitalizado nada más llegar a Madrid.
Por su profundo conocimiento de las Naciones Unidas donde durante más de veinte años fue la imagen señera de España, hace unos meses cuando nuestro país recobró en el Consejo de Seguridad su singular protagonismo, se le debió escuchar en las instancias pertinentes ya que su criterio hubiese podido servir de excelente consejo ante la implicación de nuestro país en el arriesgado conflicto de Irak. Siempre estuvo por encima de rivalidades partidistas y, como funcionario ejemplar, sus intereses eran los del Estado, los de España. Por ello que siempre estaba listo en poner su cargo a disposición del Ministro cuando su actuación podía suscitar rechazo o desconfianza y así lo hizo en más de una ocasión. Su mayor riqueza fue su generosidad unida al señorío del viejo español amable y polémico con los de su condición y simpático y llano con el que no lo era. No pudo hacer presa en él la vanidad ni siquiera en los años de su mayor encumbramiento pero llevaba consigo el legítimo orgullo de haber ganado no pocas batallas en el difícil foro de Nueva York aunque se dolía en privado de las muchas ocasiones perdidas por temor o inconsistencia del Gobierno de turno. No vivió más que para su carrera secundado siempre por su extraordinaria esposa, Luz, fallecida prematuramente. Hoy no sólo la diplomacia española está de luto.
Fue el hombre que en la Asamblea General se encaró con el todopoderoso Secretario General del Partido Comunista de la URSS, Nikita Kruschev que le había recriminado de forma impertinente porque no le aplaudió su discurso. «No le aplaudo porque no me gusta usted», le espetó con su voz recia del alto Aragón... El mismo que en plena crisis de la Bahía de Cochinos era solicitado por el embajador americano Adlai Stevenson para mediar con el ministro cubano Raúl Roa en el debate de urgencia en la primera Comisión por aquella desastrosa iniciativa americana en abril de 1971 en el que tuve la suerte de acompañarle. Fue el muñidor de muchas resoluciones, no sólo en dicha ocasión, acercando posturas y tratando de reconciliar posiciones lo que le valió gozar de un prestigio indiscutible en aquel foro internacional. Tan sólo hace un mes volvió allí con toda ilusión para asistir a la reunión anual de los ex presidentes de la Asamblea General. Llevaba un esbozo de reforma de la Organización para discutirla con sus colegas si bien era muy consciente de la enorme dificultad que conlleva la modificación de la Carta de las Naciones Unidas. Él, que tanta admiración sintió por los Estados Unidos donde pasó la mayor parte de su vida profesional, a su regreso comentó «¡ Fijaros que me hicieron quitar los zapatos al llegar al aeropuerto a pesar de identificarme y de llevarme una azafata en una silla de ruedas al verme andar apoyado en mi bastón!». Pero nunca perdía el sentido del humor como con ocasión de la visita oficial a España del Presidente de los Estados Unidos, general Eisenhower, en la que actuó de intérprete del general Franco. En el aperitivo que precedió en el Palacio de Oriente a la cena de gala, se acercó un solemne mayordomo vestido de librea y le ofreció al dignatario americano el whisky de su preferencia. Eisenhower agradeció a Franco el detalle y cuando el mayordomo después de servir la bebida se alejaba, Piniés le cogió por el brazo y le dijo: «Oiga usted, ¿es que un intérprete no tiene derecho a refrescarse el coleto?». Franco que le oyó, dijo imperativo al mayordomo: «No faltaba más, haga usted el favor de servirle también al señor Piniés». Ésta, como tantas otras anécdotas suyas, la traigo ahora a cuento para subrayar el carácter, tan español, tan madrileño de este Embajador de España de cuerpo entero que se ha marchado como él era, sin molestar a nadie, dejando una estela de admiración y respeto, un enorme vacío imposible de llenar.
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