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Montesol «No caí en el infantilismo de Mariscal o Barceló»

Pintor y dibujante. Ha inaugurado exposición en MadridBlanca TorquemadaAntonio AstorgaVirginia Ródenas-En principio, usted no iba para pintor.-De chaval, nunca pensé en serlo. Sí me comencé a

Actualizado 11/12/2009 - 02:52:50
Pintor y dibujante. Ha inaugurado exposición en Madrid
Blanca Torquemada
Antonio Astorga
Virginia Ródenas
-En principio, usted no iba para pintor.
-De chaval, nunca pensé en serlo. Sí me comencé a interesar pronto por la obra reproducida que llegaba a través de las grandes publicaciones de la época (ABC, Destino, Paris Match, La Vanguardia...). Y después llegó el momento crucial de la Universidad.
-Debía de ser un hervidero.
-Un hervidero y un caos. Era la época en la que los padres querían determinar tu futuro (¡crasa equivocación!), así que me matriculé en Económicas en la Universidad Autónoma de Barcelona. Estábamos en la agonía del franquismo, y de América empezó a llegar una fortísima influencia contracultural.
-¿Ahí se trastocó su destino burgués?
-Por supuesto. ¡Justo enfrente de Económicas estaba la Facultad de Filosofía, donde estudiaban las chicas más activas, liberadas y guapas! Los movimientos libertarios estaban en plena efervescencia y entonces decido dejar la carrera, abrazo todo aquello, conozco a Pau Maragall, el hermano de Pascual, un personaje muy activo, a Mariscal, a Nazario... y me convierto en dibujante de cómics.
-A sus padres les saldría un sarpullido.
-Fue como un granizo en una familia decente.
-Pero no le fue nada mal.
-Era una faceta artística que combinaba la narración y el dibujo, la literatura y la descripción. Así que salía con mi bloc a la calle a tomar apuntes, a captar la realidad, frente a artistas más intelectuales, como Saura o Genovés.
-¿Por qué el seudónimo de Montesol?
-Se llevaba no usar el apellido, por romper con la familia e indentificarte con la tribu. Era el auge del «tricoco» (tribuna, comunas y colectivos). Y como yo fumaba unos cigarrillos marca Montesol y uno de mis personajes de cómic se llamaba así, me quedé con ese sobrenombre.
-Qué tiempos... Al menos, usted supo madurar.
-Dejaron de interesarme determinados postulados. Además, conocí a mi mujer, tuve tres hijos casi seguidos...
-¿Sentó la cabeza, en suma?
-No. Sentar cabeza habría sido quedarme a la cola de las prebendas de la Barcelona del 92 y esperar mi turno, como hicieron tantos otros. Muchos han sabido vivir de la tarta del presupuesto público.
-De dibujante de cómics a pintor. ¿Cómo sucedió?
-En los cómics era muy crítico, muy analítico, y empecé a generar demasiada bilis. Eso casi acaba conmigo, así que opté por la pintura. Yo no podía limitarme a hacer lo de Mariscal con Cobi, crear personajes no comprometidos e infantiles.
-Pues a él le salió bien rentable esa veta «naïf»
-No me gustaban el infantilismo de mi generación ni quienes iban eternamente de niños mayores, como Ceesepe o Barceló. No me identificaba con la inmadurez de ese paraíso de los socialistas que estaban dibujando.
-Usted se fraguó en una Barcelona diversa, de mestizaje. ¿Se la están cargando?
-No, lo que ocurre es que el catalán es muy inteligente, coge esa cultura y la cambia. Y así, las tapas de los bares las reconvierte en platos sofisticados por los que te cobra diez veces más. ¡En el fondo, El Bulli nace de eso!
-¿Cómo ve la oleada secesionista?
-España tiene que estar a la altura de las circunstancias y no dejarse ningunear por los independentistas. Nos jugamos mucho a nivel colectivo.
-¿Nos quedan bazas?
-Zapatero va diciendo que tenemos que exportar nuevas tecnologías y molinos de viento, cuando lo que España puede vender es creatividad.
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