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Demasiados naipes en el castillo

Actualizado 11/11/2005 - 09:04:31
Se mete la Foster en un proyecto y uno piensa que algo bueno ha de haber por medio. Y lo ves, observas de refilón cómo se va creando el castillo y hasta te ilusionas. Una historia insólita, bien construida, y con Jodie, que es una pedazo de actriz, dándole cemento y arena por aquí, yeso por allá y sólidos ladrillos hasta para la cola del avión o la torre de control. A la mujer le desaparece su hija, o eso parece, en un avión nuevecito y entre el director (el alemán Robert Schwentke), los diálogos y la estrechez de los asientos canijos consiguen meterte la claustrofobia y la angustia en el cuerpo, cada vez más adentro, cuanto más alto sube el aparatejo, más te sube la adrenalina. Así que todo promete, pero... al final, es que no lo pueden evitar. Les entra la vena patriótica y tiran a la basura hasta el Quijote que se les presente.
Estaba el asunto en plena efervescencia de los personajes, escudriñándoles por el derecho y por el bies, con el alma encogida que no te cabe ni en el bolsillo hasta que, de pronto, entran en lizas las pistolas y las vacas. Y todo al garete. De repente, resulta que la Foster es como Harrison Ford en «El fugitivo», que el avión tiene más trampillas que Kobe Bryant entrando a canasta y que el guión se empieza a hacer tan retorcido que apenas se sostienen los naipes. Ya no hay ni perfiles psicológicos, ni ternura ni profundidad en nada. Todo se vuelve increíble, peliculero y vulgar, muy vulgar. Y el desenlace cabreante, con los clásicos coros de fondo halagadores y pasteleros «Ohhhh», «Nunca se rindió», «Heroína es», y baboserías propias de Yanquilandia. Y es que les va más el pecho hinchado y la pistola en el cinto que a un tonto un lápiz. Cómo son...
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