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«Tosca» visita Bilbao con un planteamiento ortodoxo

Actualizado 12/11/2001 - 23:34:07
«Tosca». G. Puccini. Intérpretes: N. Fantini, D. Volonté, J. P. Laont, P. Pascual, Ma. Peirone. Dirección de escena: F. Crivelli. D. Musical: P. Arrivabeni. Coro de la Ópera de Bilbao. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Temporada ABAO. Palacio Euskalduna. Bilbao. 10 de noviembre.
Puro teatro. De esta forma podría definirse, en primera instancia, el apasionante fresco verista que crea Puccini, en torno a una apasionada historia de amor, truncada por un contexto político hostil. Con un desarrollo empujado por tremendismos veristas muy eficaces escénicamente, «Tosca» necesita de sus intérpretes una implicación carnosa, pasional, casi arrebatada en su transcripción al público. Hay que cantar, pero además hay que interpretar, si cabe, aún mejor. De ahí que esta ópera funcione tan bien con un planteamiento tradicional. La fuerza de los tres protagonistas es impactante, y lleva al segundo plano el resto. Esta producción, procedente del San Carlo de Nápoles, que la Asociación Bilbaina de Amigos de la Ópera ha incluido en su programación, tiene un planteamiento ortodoxo, canónico, en sus tres actos. La dirección escénica de Filippo Crivelli se mueve dentro de unos cauces convencionales y obtiene, sin embargo, resultados asombrosos en la recreación de atmósferas -con los inquietantes sicarios entrando en Santa María della Valle en el primer acto, previo al «Te Deum», o con el espectacular efectismo final -al que colabora intensamente Norma Fantini- . Estas visiones superan el debate de cambios de época en la escena. Lo significativo reside en que el planteamiento tenga o no calidad, y este de Crivelli la derrocha.
Entre los intérpretes, Norma Fantini brilló con luz propia, especialmente porque la construcción vocal del personaje, independiente de algún matiz en el «Vissi d´arte», es magnífica. Es la Fantini una soprano lírica de interés, con una notable flexibilidad que la hace especialmente adecuada para un personaje que aún debe, desde el punto de vista dramático, profundizar más intensamente, sobre todo en el desarrollo del segundo acto. Junto a ella el tenor Darío Volonté quedó un tanto rezagado, con un primer acto en el que la emisión resultaba opaca. Sin embargo, terminó la función con coraje y entrega, en un final de carácter. Es indudable que Volonté tiene suficiente materia prima para obtener resultados más brillantes. La clave, casi siempre, está en la técnica y en la paciencia. Personalidad, tablas, y un talento innegable es el que derrocha Jean Philippe Lafont como Scarpia. Tanto por su imponente presencia escénica como por la adecuación a este papel es una delicia escuchar su ponderada versión del maléfico rol.
Para lograr una función compacta fue decisiva la torrencial dirección de Paolo Arrivabeni, volcada hacia el canto, y un digno trabajo de la Sinfónica de Bilbao. Significativa fue, también, la breve pero sustanciosa intervención del Coro de la Ópera de Bilbao y de los intérpretes secundarios.
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