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La epopeya del «Westmorland», el barco que transportaba los tesoros del «Grand Tour»

En el siglo XVIII, la flota francesa apresó en Levante el «Westmorland». Era una fragata inglesa que cobijaba todo un tesoro artístico. El catedrático de arqueología José María Luzón y su equipo han desvelado los secretos de un barco que nutrió de arte museos, palacios e instituciones españoles en pleno apogeo del gusto neoclásico.

Actualizado 11/08/2002 - 00:40:12
MADRID. Hace más de doscientos años principiaba una de las grandes epopeyas viajeras: el «Grand Tour». Ciudadanos ingleses educados exquisitamente en los mejores «colleges» de Oxford y Cambridge (y que más tarde ocuparían puestos egregios en el Parlamento o en la Cámara de los Lores) vivirán los mejores años de sus vidas. Asistidos por un tutor, visitaban Francia, Suiza, Italia o Alemania. En cada uno de esos países veían cosas distintas, compraban obras de arte o posaban para los más afamados pintores. Ese largo viaje marcaría su papel en la sociedad inglesa. La esencia del neoclasicismo inglés o de la devoción que profesaban hacia pintores como Canaletto (que en España apenas se le conoce) y Batoni, o grabadores como Piranesi, emerge del «Grand Tour».
Llevaban su preceptor (profesores de Cambridge, Oxford y reverendos protestantes, a los que llamaban los «conductores del oso» o «bear-leaders»). Les acompañaban ayudas de cámara, criados, cocineros en un carruaje familiar que partía desde Inglaterra. El viaje era canónico y estaba muy programado. Cruzaban Calais y entraban en Francia para pasar la primavera y el verano. Luego visitaban Lyon, pasaban la Saboya y cruzaban los Alpes hacia Italia en verano, para ver los glaciares y las montañas de nieve perpetua. Ginebra era paso obligado y el Mont Cenis lo afrontaban con la ayuda de porteadores, que les subían en una silla de mimbre para coronar los Alpes. Llegaban a Italia el día de Todos los Santos: Turín, Génova, Florencia, Roma, parada eterna, donde disfrutaban del fin de año, y Nápoles, en plenos carnavales. Allí se lapidaban fortunas inmensas y la suntuosidad de los festejos era directamente proporcional al número de ingleses que llegaban. Viajaban a Sicilia para ver el Etna y los volcanes. El viaje y la formación consistía en estudiar sistemas políticos, admirar grandes obras de ingeniería hidráulica, arte y arquitectura y maravillas de la naturaleza (los glaciares o los volcanes -Etna y Vesubio, sobre todo-). El retorno a Inglaterra comenzaba por Roma (donde pasaban la primavera tras los carnavales) y allí se hacían pintar por Mengs o Batoni, cuadros que luego mantendrían en sus mansiones. En Venecia pasaban el verano y de ahí se dirigían hacia Austria, Alemania, lo que fue Prusia, Holanda para regresar después a Gran Bretaña.
Los súbditos ingleses encaraban el «Grand Tour» con inmensas bibliotecas en las alforjas, que enriquecían posteriormente con libros adquiridos durante el viaje. El legado lo remitían a su tierra natal por mar, desde el puerto de Livorno, en la Toscana, que era puerto franco desde los Médicis. Los barcos ingleses que afrontaban esa ruta eran unas fragatas armadas con buen número de cañones que tenían que pasar por el Estrecho de Gibraltar y por la costa del norte de África (aflorada de piratas).
De Livorno a Londres
De esos barcos, el equipo del catedrático de arqueología de la Universidad Complutense, José María Luzón, estudia el «Westmorland», que fue capturado y vendido en España. Se trata de una fragata de 26 cañones, que iba de Livorno a Londres repleta de recuerdos del «Grand Tour», comprados por una serie de jóvenes e importantísimos aristócratas. El «Westmorland» lo captura la flota francesa de Toulon (compuesta por dos grandes buques de línea, de 64 y 70 cañones) y sucumbe en la costa levantina. Los barcos fondean en Málaga el 9 de enero de 1779. Inmediatamente, los cónsules del Puerto malagueño informan a sus respectivas embajadas del suceso acaecido. Los franceses proclaman: «Hemos apresado un barco de mucho valor». Los ingleses lamentan: «Nos han apresado un barco de mucho valor». La Gaceta de Madrid da la noticia: «Ha entrado la flota francesa en Málaga con un barco de mucho valor». Más tarde, empieza a saberse más del contenido y corren rumores de que hay prisioneros importantes. El gobernador de Cádiz le envía un informe al conde de Floridablanca, que era secretario de Estado. Expone: «Hay un cuadro de alto precio y hay cosas para el hermano del Rey de Inglaterra, el duque de Gloucester. Todo junto debe valer como 100.000 pesos. El barco trae sedas, mármoles, libros, obras de arte...».
59 cajones con obras de arte
En julio de 1779, España entra en guerra contra Inglaterra y se pone del lado de Francia. Durante el asedio a Gibraltar (1779-1783), el «Westmorland» y su carga son vendidos en el Puerto de Málaga. Una sociedad mercantil, la Compañía de Longistas de Madrid, compra el barco y su carga, pero apartan las obras de arte y las dejan en el Puerto de Málaga para, una vez terminada la guerra, revendérselas a sus antiguos propietarios. Termina la guerra y el Puerto de Málaga se ve con 59 cajones repletos de obras de arte y de libros. El conde de Floridablanca se lo comunica a Carlos III y propone que el Estado lo compre a la sociedad de longistas para la Academia de San Fernando. Inmediatamente se dan instrucciones: todos los cajones deben trasladarse a Madrid para ser abiertos y valorados. Una compañía de carromatos aragonesa, en octubre y noviembre de 1783, transporta todos los cajones. En la Academia de San Fernando se comprueba que todos ellos llevan unas iniciales fuera y unos incalculables contenidos en el interior. El Archivo de la Academia de Bellas Artes cobija los documentos que glosan la riqueza interior de esos cajones y las iniciales que tenían fuera. Y, así, han pasado más de doscientos años. En esos cajones se almacenaban más de cuatrocientos libros, que están siendo analizados minuciosamente por el equipo de José María Luzón. «En muchos de ellos no hemos hallado los nombres de sus propietarios. Así, cuando te encuentras un libro firmado en la primera página como Pen Asheton Curzon, conocido aristócrata inglés, te encuentras con un cajón que fuera pone PC. Algunos libros vienen con los nombres del «gentleman» y su tutor. Por ejemplo, Francis Basset, propietario de las minas de estaño de Cornwall, al sur de Inglaterra o el conde de Bessborough y su hijo. Hemos podido ver el contenido de cada cajón para comprobar, en los archivos ingleses, a quién pertenecía. Allí hemos estudiado la historia de cada uno de ellos y lo que pasó». Luzón y su equipo han identificado a lord Duncannon, un ciudadano que casó con la hija de los condes de Spencer: «Hay dos cajones con las iniciales HRH (His Royal Highness) DG (Duke of Gloucester/Su Alteza Real, el Duque de Gloucester). En esos cajones, una de las piezas riquísimas que venía es una chimenea de mármoles de color, amarillo, verde, blanco, de Carrara, que nada más llegar a la Academia fue enviada por el conde de Floridablanca al Palacio Real y está hoy instalada en el salón Carlos III. Otra chimenea que venía en un cajón está ahora en la casita del Príncipe del Pardo, donde la colocó el arquitecto Juan de Villanueva». También se dice por aquellas calendas que viene un cuadro de mucho valor, que había pintado Anton Raphael Mengs: «La liberación de Andrómeda». La obra fue apartado por el brigadier D´Espineuse, que mandaba la flotilla francesa nada más llegar al Puerto de Málaga y enviada, como regalo, al ministro de marina francés, un tal Sartine, que había nacido en España. Cuando Sartine se vio con ese cuadro de Mengs en las manos (que iba dirigido al coleccionista inglés sir Watkin Williams Winn) lo vendió «ipso facto» a través de un famoso agente -Melchior Grimm- a Catalina la Grande de Rusia. El cuadro está en el museo del Ermitage, donde se puede leer, en la ficha que lo comenta, algo así como: «Este cuadro fue capturado, parecer ser, por unos piratas en el Mediterráneo y se lo vendieron a Catalina la Grande». Después de 200 años, el cuadro se expondrá el próximo mes de octubre en España.
Retratos, grabados, libretos
El barco atesoraba dos retratos de Pompeo Batoni, los dos únicos que tiene el Prado del artista italiano: uno de ellos, de Francis Basset, primer baron de Dunstanville, y el otro de George Legge, t
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