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Fallece Mariemma, estandarte de la danza

POR JULIO BRAVOFOTO: SIGEFREDOMADRID. Llevaba mucho tiempo ingresada -en 2005 sufrió un derrame cerebral- y los aficionados a la danza ya se habían hecho a la idea de no ver su figura menuda caminando

Actualizado 11/06/2008 - 09:37:25
Llevaba mucho tiempo ingresada -en 2005 sufrió un derrame cerebral- y los aficionados a la danza ya se habían hecho a la idea de no ver su figura menuda caminando gallarda -incluso cuando ya las piernas no le respondían- por el pasillo del patio de butacas. «Mi gran pasión ha sido siempre la danza», dijo hace once años, durante la presentación de sus memorias, recogidas en un revelador libro titulado «Mis caminos a través de la danza». Palabras que se completan con un escrito en el que explicaba el porqué de esa pasión. «En mi niñez era un modo instintivo de manifestarme, en mi adolescencia, la necesidad natural de expresar mis estados de ánimo. Luego, la transformación de emociones, sentimientos e ideas en movivimentos rítmicos. Y siempre, siempre, un deseo incontenible, un impulso irrefrenable de despegarme del suelo física y espiritualmente».
Ayer, bailarines, coreógrafos y maestros coincidían en declararse huérfanos y lamentaban la pérdida, en pocos meses, de figuras como José Granero, Luisillo, Pilar López, Alberto Lorca y la propia Mariemma. José Antonio, director del Ballet Nacional, declaraba a Efe que «se está yendo en pocos meses la columna vertebral de la danza española».
A Mariemma -Guillermina Martínez Cabrejas era su nombre real- le dolía la danza española, engullida y ahogada en los últimos años por el devorador flamenco: «Ser un bailarín completo de danza española es lo más difícil -decía a ABC hace quince años-. Lo que me entristece es que todas estas chicas que están estudiando desde el principio todas esas formas tan ricas y tan extraordinarias de nuestro baile (la escuela bolera, el folclore, la danza estilizada), después, cuando se hagan profesionales, lo único que se encuentran, y para lo que se les contrata, es para bailar flamenco. Y entonces se preguntan que por qué han estudiado tanto. Me da tristeza pensar que no es algo circunstancial, y pienso que, de seguir así, la danza clásica española, la danza estilizada, estará perdida dentro de quince años».
Sin pelos en la lengua
No tenía pelos en la lengua, y le gustaba exponer sus ideas, convencida siempre de lo que decía, de lo que hacía. Poseía un fino sentido del humor, y arañaba cuando se encontraba con alguna situación que consideraba injusta. Nació el 10 de enero de 1917 en la localidad vallisoletana de Íscar -donde hace un año se creó el museo que lleva su nombre, y en el que se expone su amplio legado-, pero sus primeros pasos los dio en París, a donde se trasladó su familia cuando ella sólo tenía dos años. Su madre le enseñó a bailar la jota y las sevillanas. En el teatro de Chatelet empezó sus estudios de ballet, y con el maestro Francisco Miralles aprendió la escuela bolera... Y allí conoció a la que sería su gran espejo y su Norte artístico: Antonia Mercé, «La Argentina»; el recuerdo de esta mujer despertaba siempre un brillo en la mirada de Mariemma, que hablaba con devoción de la artista. En 1990, Mariemma saldó su deuda con la celebración de un homenaje a «La Argentina» que ha quedado como uno de los hitos de la danza española reciente.
Y es que Mariemma sabía mucho de hitos. Volvió a España a finales de 1939, al poco de declararse la Segunda Guerra Mundial, y el panorama que vio le animó a empezar lo que ella llamaba «mis conciertos». En Valladolid ofreció el primero, y más tarde bailó en el Teatro Español de Madrid, punto de partida para una fructífera carrera. El éxito de su gira -bailó en América del Norte, Suramérica y diversos países europeos- llevó a la Scala de Milán a contratarla en 1952 para bailar, junto a otra leyenda de la danza española, Antonio Ruiz Soler, «El sombrero de tres picos»; al año siguiente interpretó en la Ópera de Roma la misma obra, pero esta vez al lado de su coreógrafo original, Leonid Massine.
La elegancia, el dominio técnico, la musicalidad, la donosura, fueron las armas principales del arte de Mariemma; porque si fue una bailarina sobresaliente, su labor como coreógrafa fue también extraordinaria. «Danza y tronío», creada para el Ballet Nacional en 1984 sobre música de Boccherini, el padre Soler y Antón García Abril, es una pieza exquisita. La noche de su estreno quedó marcada en la historia de la danza española; la velada se completaba con «Ritmos», de Alberto Lorca (fallecido anteayer) y José Nieto; y «Medea», de José Granero y Manolo Sanlúcar. Pero en el haber de Mariemma pueden incluirse también coreografías como «Diez melodías vascas», que Antonio Gades llevó al Ballet Nacional; o «Ibérica», un deslumbrante mosaico de danzas folclóricas al son del «Bolero» de Ravel.
A Mariemma le gustaba enseñar, y a ella se debe una sistematización de los estudios de danza española. Ya en 1960 creó su escuela, ante la falta de formación académica de muchos de los bailarines que se dedicaban a la danza española. Fue una de sus obsesiones: que los bailarines dominaran toda la paleta de nuestro baile. Creó en 1969 el plan de enseñanza de la danza española en la Real Escuela de Arte Dramático y Danza de Madrid, de la que fue directora entre 1980 y 1985. Y ese mismo año abrió su propia academia.
«La escuela bolera había desaparecido prácticamente, y con mis conciertos contribuí a su resurgimiento -respondió cuando se le preguntó por su principal aportación a la danza española-. También trabajé para la estilización de la danza. Muchas veces me han preguntado qué es la estilización: ir a la raíz y elevarla, cultivarla hasta hacerla universal. Eso es lo que hice».
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