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«El bichito es tan pequeño que, si se cae de la mesa,se mata»

Actualizado 11/05/2001 - 00:35:59
La incertidumbre invadió los hospitales españoles en la primavera de 1981, cuando empezaron a ingresar miles de personas con una rara enfermedad pulmonar que no mejoraba con el tratamiento con antibióticos. La extraña enfermedad afectaba a familias, pero no se detectaba en colegios o instalaciones militares.
El 7 de mayo de 1981 se conoce la muerte de un niño de ocho años, Jaime Vaquero García, que vivía en Torrejón. Sus padres y dos hermanos también habían sido hospitalizados. Tres días después los muertos ya eran cuatro. «En esas fechas me encontraba en Ginebra, asistiendo a la Asamblea anual de la OMS. Me dieron la noticia desde el Ministerio. Se hablaba de posibles casos de neumonía. Decidí quedarme para averiguar si se había producido algún proceso semejante en otro país», recuerda a ABC el doctor Luis Valenciano, entonces director general de Salud Pública.
VALENCIANO PEDÍA PRUDENCIA
Las semanas siguientes a los primeros casos de fallecimientos estuvieron marcadas por una fuerte tensión social y política. El doctor Valenciano insistía ante sus superiores que había que guardar silencio, hasta encontrar la causa exacta de la enfermedad. «Recuerdo que se encontraban en Madrid un grupo de neumólogos estadounidenses, que asistían a unas reuniones en la Cruz Roja. Por separado y sin datos contrastados, coincidieron en que la causa de estos fallecimientos era una neumonía vírica», añade el doctor Valenciano que ahora dirige la Fundación Wellcome-España y preside el Patronato de la Fundación Jiménez Díaz.
A mediados de mayo, el entonces ministro de Trabajo, Sanidad y Seguridad Social, Jesús Sancho Rof, dice en televisión una frase que ha pasado a la historia: «El mal lo causa un bichito. Es tan pequeño, que si se cae de la mesa, se mata». Pero no es hasta últimas horas de la tarde del 9 de junio, cuando el director general de Salud Pública redacta una nota oficial, que envía a los medios de comunicación, en la que se explicaba la vinculación epidemiológica de esta enfermedad desconocida. «Horas antes -relata Luis Valenciano- se presentó en el Ministerio el doctor Tabuenca, que trabajaba en el hospital del Niño Jesús. Había encontrado la vinculación: a todos los niños que habían ingresado con síntomas comunes, sus madres les habían dado una cucharadita de aceite mezclada con la papilla. Esas muestras las envió al Laboratorio Central de Aduanas, donde detectaron la presencia de acetilanilida, un marcador presente en el aceite industrializado».
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