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Caín y Babel Terror y teatro

Un mes después de la voladura de las Torres Gemelas, Estados Unidos empezó su ofensiva para acabar con el régimen de los talibán bombardeando las ciudades de Kandahar, Jalalabad y Kabul

Actualizado 11/03/2007 - 10:02:55
Un mes después de la voladura de las Torres Gemelas, Estados Unidos empezó su ofensiva para acabar con el régimen de los talibán bombardeando las ciudades de Kandahar, Jalalabad y Kabul. "Homebody/Kabul" ("En casa/En Kabul") se estrenó el 5 de diciembre de 2001 en el pequeño escenario del New York Theatre Workshop, cuando el gran cráter de la "zona cero" todavía humeaba. La obra de Tony Kushner, uno de los dramaturgos contemporáneos más arriesgados, capaz de meterse en incandescenets jardines políticos (como demostró en "Ángeles en América: una fantasía gay sobre temas nacionales" o en el guión de "Múnich", la película de Spielberg sobre la matanza de atletas judíos a manos de activistas palestinos de Septiembre Negro), enlazaba dramáticamente el 11 de septiembre y el teatro, los muertos civiles en las Torres Gemelas con los muertos civiles en Afganistán. Cuando el dramaturgo judío empezó a escribir su viaje afgano no podía sospechar que la muerte iba a descargar de aquella manera contra su querida Nueva York, que Al Qaida (protegida de los talibán) iba a machacar Manhattan. La obra arranca en el Londres de 1998 con un monólogo de una hora de duración en el que una británica desgrana a partir de una antigua guía de Kabul el desengaño de su vida, su amor "al mundo", su búsqueda de algo más, que acabará llevándola literalmente a la capital afgana. El personaje desaparece bajo un velo de ruinas y misterio, y salimos del teatro sin saber si ha sido asesinada o si ha decidido esconcerse bajo la burka tras casarse con un médico afgano. Kushner satura su teatro de preguntas, hace desde el escenario del teatro una eficacísima apelación contra el enrarecimiento del mundo, contra el encogimiento generalizado de la conciencia y las decisiones adoptadas desde despachos alejados de la calle y se pregunta por la parte de culpa que a Occidente nos toca en el horror afgano. Desde entonces, la paz no ha llegado a la tierra pródiga en invasiones y derrotas. El teatro de Kushner revuelve las tripas mentales, nos interrumpe, nos interpela, hace que nos manchemos los zapatos y nos impregnemos de este momento de la historia sin terminar de escribir, de política que estalla ante nuestros ojos. Es consecuente que en el recibidor del teatro Español de Madrid hayan puesto un tablón de anuncios en el recibidor con noticias de cada día: porque mientras se muere artificiosamente en el escenario, se sigue muriendo sin retórica en el Afganistán de ahora mismo, como saben tantos afganos ignorados, como supo la soldado española Idoia Rodríguez Buján. Tal vez sería beneficioso que el contingente que vaya a relevar a los destacados en Afganistán se pasaran por el teatro Español antes de partir: les ayudaría a entender mejor lo que se van a encontrar. Tal vez sería beneficioso que a su regreso, los compañeros de Idoia Rodríguez se pasaran por el teatro: les ayudaría a entender mejor lo que dejaron atrás.
"Mentiría si dijera que es un homenaje. Ha sido una casualidad que llegara el estreno al mismo tiempo que el tercer aniversario del 11-M y del juicio. Pero se puede entender como un homenaje a las víctimas. Lo que sí tenía claro es que no quería hacer un montaje con actores españoles haciendo papeles de musulmanes", dice Mario Gas, el director del teatro Español y de esta versión española de "Homebody/Kabul". Tanto en el estreno en Nueva York como en Londres, los parlamentos en dari, árabe, pastún, francés y esperanto se dejaron tal cual, sin traducir. En Madrid ocurre lo mismo. Ese Babel en la tierra donde según la leyenda enterraron a Caín contribuye a acentuar la sensación de extrañeza, de perplejidad, de miedo y desconcierto. Contribuye a darle verosimilitud a lo que ocurre en escena. No se echa de menos no entender lo que se dice, porque se comprende de qué se habla. La imaginación trabaja mejor, el oído se acostumbra a esos sonidos, como los ojos a las ruinas de Kabul. De ahí que la selección de actores (el "casting") fuera tan laborioso, y llevara a los ojeadores a París, Londres, Barcelona y Marruecos. Al final, el elenco incluye a seis actores de origen musulmán (aunque no todos se declaran creyentes): cuatro marroquíes, un argelino y un iraní. Fue una labor concienzuda: primero hallar a los actores idóneos, luego sumergirse en la desgraciada historia reciente de Afganistán, con documentales y noticieros de la BBC, películas como "Obama" y "Las tortugas también vuelan", o libros como el "El puzzle afgano", de Arturo Vinuesa, coronel del Ejército de Tierra en la reserva, experto en espionaje, ex agregado de Defensa en Pakistán durante la invasión soviética de Afganistán y que vivió desde Bagdad la guerra entre Iraq e Irán. Lo que desde luego no hizo Gas fue "pedirles el carné religioso", pero que encontró a unos intérpretes apasionados con un montaje que le ha dejado "agotado. Porque la obra tiene mucho fondo, porque está cargada de preguntas, y el director tampoco tiene todas las respuestas". Preguntas que el público, en religioso silencio, empieza a hacerse desde muy pronto: desde que Vicky Peña empieza a desgranar su monólogo de una hora. Aunque ha hecho teatro político, y cita los nombres de Dürrenmatt o Brecht, Gas reconoce que Kushner es "el gran autor político contemporáneo, con cierto aire shakespeariano, con esa capacidad para abrir las historias. Es un autor que habla de lo que hablan los periódicos. Es un teatro necesario". En el programa de mano, anota el director de escena: "Pocos textos teatrales entre los que han caído en mis manos en los últimos tiempos me han turbado tanto como "Homebody/Kabul". No sólo por su temática y estilo más visibles, si no por todo lo que se sitúa más allá de lo evidente. Kushner teje una red de personajes y conflictos a los que aplica su particular bisturí para diseccionar con ironía, lucidez, dolor y comprensión toda una serie de situaciones colectivas e individuales que no son otra cosa que resonancias aceradas del mundo que nos rodea y de nuestra posición como individuos pertenecientes al acomodado "primer mundo". Es habitual oírle decir en sus entrevistas que su teatro es un teatro político. ¿Y qué teatro no lo es? Pero nada más lejos de un teatro panfletario. "Homebody" es una indagación a través de personajes reales y situaciones conflictivas -como quería Valle- que crea un mundo de emociones, sensaciones, reflexiones, sentimientos, análisis y paradojas que son un espejo de nosotros mismos: Occidente, colonialismo, depredación, choque de civilizaciones, fundamentalismo, desclasamiento, búsqueda del otro, responsabilidad, alienación, conflicto generacional, vidas erráticas.". Destaca un detalle que dice mucho del impacto de la obra: algunos técnicos del Español -cansados de ver teatro prescindible- le han dicho que ya era hora de que se hiciera una obra así. Y en el público percibe también, como entre los actores (en sus interpretaciones y a la hora de saludar), una emoción muy honda: "Es un texto que cuenta algo más". "Homebody/Kabul" saldrá de gira por España en cuanto termine sus funciones en el teatro de la plaza de Santa Ana, el 29 de abril, y están en tratos para representarla en el Teatro Nacional de Rabat, no en vano uno de los actores, Driss Karimi, es toda una institución en Marruecos, y desde que actúa en Madrid tiene un club de fans que casi a diario viene a verle. No en vano, en Marruecos también han sufrido el azote del terrorismo y, como en Lavapiés, en barrios de Tánger, Casablanca y Rabat actúan los reclutadores de Al Qaida.
El eje de "Homebody/Kabul" es Vicky Peña , "la homebody", la mujer de su casa. Reconoce que el monólogo de una hora con que se abre "En casa/En Kabul" es, "por su complejidad, extensión y responsabilidad en un momento histórico mundial como este, uno de los más difíciles" de toda su carrera. Es para ella una obra que "invita a una reflexión seria, a encarar un sentimiento de responsabilidad y de culpabilidad". A ella no le resulta sin embargo difícil defender la decisión de su personaje de irse a Kabul. "Yo no lo haría. No me atrevería, no sería tan insensata, o tan osada. Pero la comprendo perfectamente. Y no sólo por la responsabilidad colectiva, por intereses estratégicos, por lo que allí ocurre, sino por razones también más íntimas, por la insatisfacción que siente, de que todo lo que tiene es robado, y por eso también pone en contaco a su hija con una realidad mucho más dura que la suya. Porque ella siente que no puede darle nada mejor, ni decirle nada. Es un intento de redención civil, salvar a alguien a través de su propio sacrificio, y salvarse a uno mismo". Piensa que aunque no tiene "nada que ver" con el atentado contra los trenes de cercanías del 11 de marzo, "sí se cumple aquí el papel del teatro como espejo" que nos pone delante de las narices, de un modo articulado, algo que no queremos ver. "Tenemos una visión del mundo muy esquemático, un mundo que no llegamos a conocer. Nos movemos con visiones generales y atribuimos culpas colectivas. Así metemos en el mismo saco del islam a integristas, fundamentalistas, terroristas y fanáticos. La obra habla también de la incomunicación: entre los miembros de una familia y entre ellos y la gente de Kabul y entre los propios habitantes de Kabul. Los actores musulmanes también ofrecen variaciones sobre el islam, porque para nosotros todos son moros. Nos cuesta tanto conocer al otro.".
Mehdi Ouazzani es marroquí. Nacido en Ouazzane, vive "entre Casablanca, hoteles y maletas", e interpreta a Kwhaja Aziz Mondanabosh, poeta tayiko afgano, mahram, guía o acompañante de mujeres, en este caso de Priscilla (Elena Anaya) por las calles de un Kabul devastado y bajo la feroz ley islámica aplicada a rajatabla por los talibán. Viéndole sobre el escenario del teatro Español, con un aplomo asombroso, nadie diría que se trata de su primera incursión en el teatro. Es muy conocido en su Marruecos natal, donde presenta un programa de televisión yha hecho mucho cine y televisión. También en Europa, donde ha trabajado con dictores como Robbe-Grillet y Mariano Barroso. La elegancia del poeta trasciende la escena. Piensa que "En casa/En Kabul" sirve "no sólo para recordar el triste tercer aniversario del 11 de marzo, sino para mostrar que dentro del islam hay muchas voces distintas. No hay que poner una nacionalidad al terrorismo, la bestia no disimula. Creo que la obra nos ayuda a conocernos mejor unos a otros". Pone como ejemplo el trato que él y sus compañeros han recibido aquí. Es un sentimiento compartido, una alegría y un compromiso que se percibe: en su forma de actuar, a la hora de agradecer los aplausos del público y, después, cuando se habla con ellos vestidos con ropa de calle, sin sus personajes, en la cafetería blanca del teatro. Sin experiencia escénica y sin apenas hablar español cuando desembarcó en Madrid, resulta sorprendente ver cómo se desenvuelve como amparo de la joven inglesa que revuelve las ruinas de Kabul vestida con una burka que le asfixia y que se quita a la menor oportunidad: una Elena Anaya que tiene aquí la gran prueba de fuego como actriz. Le costó decidirse, pero ahora reconoce que si no la hubiera hechos e habría arrepentido toda su vida. La obra le ha cambiado. Dice que lo que ocurre en Kabul es "una degradación que el ser humano ha provocado. No podemos olvidar ese sufrimiento". Mehdi Ouazzani se declara "creyente" y asegura que "quienes justifican el terror en nombre del islam no son musulmanes, porque el islam es pacífico".
El también marroquí Mohamed El Hafi estaba harto de que siempre le dieran "papeles de árabe delincuente". Esta es "la primera vez", recalca con el español impecable que habla después de 25 años viviendo en Cataluña, en que ha podido dar "una imagen positiva de un musulmán". Bereber nacido Tafuralte, estudio arte dramático en su país y cine en París. Ha hecho cine (trabajó en "Las cartas de Alou", de Montxo Armendáriz) y teatro. Hace las veces de traductor de sus compañeros que no hablan español, y ayudó a hacerse con su papel al iraní Hamid Danechvar. Interpreta al doctor Kari Shah, afgano de etnia pastún, que describe con inusitado detalle cómo fue desmembrado el cuerpo de la "homebody" (Vicky Peña) en algún lugar de Kabul, en represalia por el bombardeo decretado por el presidente Bill Clinton. "España ha sido para mí como una segunda escuela. Aunque España y Marruecos se encuentran a un palmo de distancia, parece que en medio hay un abismo". Siente como si él y sus compañeros se hubieran convertido en "hijos de Mario Gas". Dice que la obra "deshace la falsa imagen del mundo musulmán, que equipara terrorismo e islam. En el islam hay radicales y moderados, pero la imagen está construida con lo que hace un porcentaje muy pequeño. Los que se sirven del islam para justificar el terror lo están utilizando para sus propios intereses políticos y personales".
Driss Karimi, el tercer marroquí del reparto, nació en Casablanca, en Marruecos es muy popular en su país gracias a sus programas de radio y televisión dedicados a los niños. Educador de pequeños en situación difícil a través de su propia organización no gubernamental,DARNA, en el país vecino todos le conocen como Tío Driss. Como actor, ha trabajado como especialista en escenas peligrosas en la película "Black Hawk Dawn", de Ridley Scott, sobre la fracasada misión estadounidense en Somalia. Interpreta al morabito, un ermitaño afgano sufí, que se expresa en árabe y vive en el cementerio donde se cree que fue enterrado Caín. El tío Driss, que despierta una simpatía contagiosa, que besa y abraza a quien se pone a tiro, y disfruta de una copita siempre que puede, dice que "el teatro y el cine con una pequeña mentira cuentan una gran verdad". No hablaba una palabra de español (en la obra sólo tiene que decir una frase en español: "¡Ah, pues aquí está!", y el resto en árabe, se sabía todo su papel en cuanto puso los pies en el teatro el primer día, y eso que esta es su primera experiencia en teatro para adultos. Como sus compañeros, insiste en que el islam "es tolerancia", aunque admite que hay también musulmanes integristas, "como los talibán, que interpretan el Corán a su manera. Porque en el libro sagrado no se dice que las mujeres no puedan trabajar o esté prohibido disfrutar de la música. Los atentados contra Nueva York y contra Madrid y contra Casablanca lo que han hecho ha sido ensuciar el buen nombre del islam. Ahora todos los musulmanes somos sospechosos, y cuando entro en un avión con mi pequeña barba musulmana ya me miran como si fuera un terrorista. Esta obra enseña que no todos los musulmanes somos iguales". Reconoce que no es tan santo como el morabito que interpreta ("nadie se condena por beber alcohol"), pero sí que es un hombre religioso.
Tras un cuarto de siglo como vecino de París, "hay muchas razones para no volver a Irán". Hamid Danechvar nació en el país de los persas, pero tiene la nacionalidad francesa. Sólo ha regresado a su país natal en una ocasión, donde su última película "está prohibida". Danechvar mira fijamente a su interlocutor y, más misterioso que el poeta que intepreta Ouazzani, responde a las preguntas con otras preguntas. Es un disidente al que le gusta pensar opr su cuenta. Licenciado en teatro por la universidad de París y psicopedagogo, es actor y director de cine y teatro, partició en una Caravana de la Paz organizada por la Unesco en solidaridad con el pueblo afgano y trabajó en el mítico "Mahabharata", de Peter Brook, montaje donde voces y acentos diversos contribuían a engrandecer el poema nacional indio. Aunque en principio se muestra reticente a hablar de política, enseguida se percibe su poco afecto por el curso que ha seguido su país desde la llegada de los ayatolás al poder. Interpreta un papel ideológicamente antitético a su filosofía, el mulah Ali Aftar Durrani, ministro talibán de etnia pastún, y en la obra habla en dos lenguas que no conocía hasta llegar a Madrid: español y pastún. Con una voluntad de hierro, emplea ambos idiomas con una indudable solvencia sobre el escenario en el papel de un mulah cuya mera presencia atemoriza. Durante un mes ensayó sin cesar con un lápiz en la boca y defiende su personaje como si le fuera la vida en ello. Cree que lo que esta obra tiene que ver con el 11-M es que "predispone a pensar" (en los atentados del 11 de septiembre, en la guerra de Afganistán, en la guerra de Iran, en el 11 de marzo. Eso es evidente). "En casa/En Kabul", por su propia densidad, "necesita tiempo". Para que las palabras hagan efecto en la cabeza del espectador. Dice que "todo el mundo conoce la palabra Afganistán, pero casi nadie sabe de verdad lo que ocurre allí". Cree que es necesario ver la obra porque "te ayuda a comprender lo que está pasando". Danechvan no es el único del elenco foráneo que se declara abiertamente "ateo". Cree que el islam es una religión tolerante, salvo cuando llega al poder. "No estoy en contra del islam, pero desde el Profeta hasta la actualidad, cuando el islam llega al poder se convierte en un instrumento y eso me parece muy negativo. El islam es el peor enemigo del islam". Cree que la religión debería circunscribirse al ámbito personal y no interferir en el político. Aunque sabe que el influjo del teatro es pequeño, y más de obras tan comprometidas como ésta, dice que "al igual que una luciérnaga brilla de noche en el bosque, el teatro puede conseguir ser también una luz en la oscuridad".
Nacido en Fez, Mostafa El Houari es el cuarto marroquí de "Homebody/Kabul". Licenciado en teatro, es actor de cine, teatro y televisión, y ha dirigido teatro. Interpreta a un afgano pastún, miembro de Nai Azz Munkar, policía religiosa talibán. Cuando llegó a Madrid, le pidió al taxista que pasara ante la estación de Atocha. "Pensé en todos los que habían encontrado la muerte allí y sentí su dolor como si fuera mío. Y me puse a llorar. Igual que los familiares fueron a las estaciones y los trenes en busca de sus muertos, la Priscilla de "En casa/En Kabul" va a la capital afgana buscando a su madre. Mario Gas nos ha acercado Afganistán a Madrid. Creo que esta obra es el símbolo de un cambio: el autor dispara balas contra el público: para que despierte. Creo que no hay placer sin sufrimiento". Prefiere no dar muchas pistas sobre sus inclinaciones religiosas, pero si dice que es "libre".
Lo suyo es la inmersión. Hamid Krim es el único argelino de la función, aunque nació ("por accidente", durante un viaje familiar) en Marruecos. La profesión de su padre -director de minas- hizo que viajara mucho. A los 16 años se fue a Rusia para ingresar en la escuela de submarinos. Pasó nueve años en un sumergible, pero desertó de la Marina argelina cuando le obligaron a disolver una manifestación pistola en mano. Encontró trabajo en el cine y acabó estudiando para actor y director en Francia, y ha trabajado en ambas facetas, además de las de guionista y escritor. Desde hace seis años vive en Barcelona, como Mohamed el Hafi. Interpreta el papel de Zai Garshi, antiguo actor afgano que ahora se dedica a vender sombreros. "Cuando supe del atentado lo sentí como en mi propia carne, porque es algo que he vivido constantemente en los últimos años en Argelia. Por eso me parece tan necesaria esta obra: porque muestra que dentro del islam, incluso en el Kabul de los talibán, hay voces diferentes". Cuando le propusieron para el pequeño papel de vendedor de sombreros se descorazonó, pero acabó accediendo porque Mario Gas le convenció con dos argumentos: con una frase de Albert Camus ("no hay papeles pequeños, sino actores mediocres") y un envite: "Si tú no me ayudas a hacer la obra interesante, cómo la voy a hacer". Dice que "En casa/En Kabul" es "una constatación de lo que pasa en el mundo, entre Oriente y Occidente, es una reflexión muy profunda sobre la ambigüedad del ser humano. No da respuestas, ofrece una realidad. Es cierto que estamos ante un choque de civilizaciones, pero de nosotros depende que el choque acabe siendo un abrazo o una colisión". Como su compañero persa, también se define como "ateo", pero también advierte de que "la imagen que se ha formado Occidente del islam está construida a partir de un diez por ciento de los musulmanes".
A modo de epílogo de la primera edición de "Homebody/Kabul", Kushner escribió en abril de 2002 que mientras las Torres Gemelas eran atacadas él se encontraba en una playa de Irlanda, con su sobrina. Llovía. Vio gente que se arremolinaba en torno a la radio de un coche. Se sumó al grupo cuando la segunda torre se desmoroba. "Minutos después, la playa se quedó desierta. Todo el mundo se marchó a casa a esperar a que llegara lo que parecía ser el fin del mundo". Como a muchos otros escritores, a Kushner le bombardearon los periódicos a llamadas para que escribiera algo, de inmediato, sobre el "significado" del 11-S. "Recordé la sabiduría de las leyes judías de la "shivá", el período de siete días de silencio, retiro y oración obligatorio con el que se inicia el duelo. No escribí nada". Si lo hizo cuando un mes después, mientras comenzaban en Nueva York los ensayos de "En casa/En Kabul": "es una obra que versa sobre Afganistán y la relación histórica y actual de Occidente con aquel país. También es una obra sobre los viajes, el conocimiento y el aprendizaje mediante la búsqueda de lo desconocido; sobre el intento de escapar a la infelicidad de la propia vida mediante el encuentro con el Otro; sobre el narcisismo y la autorreferencia que entraña todo encuentro de esa naturaleza; y sobre la catástrofe humana, un problema político de dimensión internacional. También trata sobre el dolor". Por eso este montaje es tan relevante para Madrid y para España, y no sólo por lo que plantea y cómo lo plantea, sino porque en su puesta en escena participan esos otros cercanos de los que tan poco sabemos y tan poco queremos saber. Añade Kushner que mientras escribía la obra no podía imaginarse que cuando se estrenara "Estados Unidos estaría en guerra con Afganistán. La obra no es polémica; la escribí antes del 11 de septiembre, antes de que se iniciasen los bombardeos, y no he modificado nada par dotarla de mayor o menor relevancia a la vista de los acontecimientos actuales. Cuando escribí la obra sentía que un aumento de la arrogancia, de las agresiones, del caos y del derramamiento de sangre era lo menos indicado para solucionar la situación desesperada en la que el pueblo afgano está inmerso". Más adelante, se pregunta el autor del insólito musical brechtiano "Carolina or chage": "¿Con qué época de la historia de la humanidad se puede comparar la situación actual? Resulta prácticamente imposible albergar una esperanza plausible. El vicio, la corrupción y la mezquindad de espíritu han ganado la batalla. A menudo reflexiono sobre 1939, fecha bautizada por el escritor ruso Víctor Serge como "Medianoche del siglo", cuando hombres y mujeres honrados, testigos de las atrocidades de la Primera Guerra Mundial, contemplaban impotentes, sumidos en la desesperación, el avance inexorable del fascismo y de la guerra; cómo el leninismo se convertía en estalinismo; un momento como éste cuando, según la cita inmortal de Brecht, "donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella". Los grandes crímenes de la humanidad se repiten. Una única injusticia engendra generaciones de injusticia. El sufrimiento se perpetúa a lo largo de los años, se convierte en un acervo sombrío, la única herencia de los desheredados, la clave de la historia, el único significado cierto de la vida. El dolor prolifera, el mal perdura, el único Dios es el Dios de la Venganza. La esperanza muere, la imaginación se marchita y con ella el corazón humano. Ya no soñamos, al menos no como personas; por el contrario, estamos poseídos por el demonio. Ante la matanza de seres inocentes, objetamos argumentos de poco peso en lugar de actuar; la muerte de niños se convierte en un elemento habitual de nuestra diversión cotidiana. La tecnología ofrece a opresores y oprimidos por igual medios eficientes y rentables de genocidio; y el avance atroz del desarrollo y el mercado internacional armamentístico transforma incluso los actos que expresan disensión, desafío y liberación en atentados suicidas, en expresiones brutales del caos nihilista indiscriminado". Casi 17 veces reescribió Kushner el texto de "En casa/En Kabul". Es una obra extensa. Como un viaje. Es preciso dejar la prisa fuera. De la versión final, restó un monólogo sobre Caín, "el primogénito de Adán enterrado según la leyenda en Kabul. Caín estaba estigmatizado y, por ello, la expulsaban de allí donde intentara descansar, desterrándolo. Kabul fue el único lugar en no hacerlo. Cuando llegó era un hombre muy anciano, que pasaba con creces los mil años. Cualquiera podía ver que era agua pasada, que estaba arruinado y ya no hacía daño a nadie. Su corazón estaba agotado por el arrepentimiento; tras muchos siglos de remordimientos, seguro que lo estaba. Lo más probable es que cuando llegara aquí ya no sintiera nada: era un animal en busca de un blando lecho de hojas, un lugar al resguardo de la brisa nocturna. Ésta siempre ha sido una ciudad hospitalaria, que da la bienvenida a los extraños, una excelente anfitriona para el viajero exhausto". Y concluye: "El hecho de que Kabul fuera el lugar de descanso de Caín me conmovió. En la obra dejo caer que quizá le asesinaron allí. A lo largo de los siglos, ha muerto tantísima gente en Kabul, en Afganistán, pero es posible que el número de asesinados en los últimos cuarenta años supere el de los caídos en todos los siglos anteriores. El estigma de Caín no era señal del mal que había cometido asesinando a su hermano, sino de protección: Dios advirtió a la raza humana de que el asesino debía permanecer ileso. El que matase a Caín, siete veces sería castigado. ¿Acaso Caín murió de forma violenta en Kabul? ¿La ciudad está maldita de algún modo? ¿Dónde está la génesis del mal, hasta cuándo hay que remontarse para hallarla? ¿No es el abandono de la búsqueda fútil y funesta de las causas perdidas el punto donde puede comenzar a discernirse entre justicia y venganza?".
En la última escena vemos a Mahala, la ex bibliotecaria de Kabul (extraordinariamente encarnada por Gloria Muñoz, en un verdadero "tour de force" en varios idiomas, transformada en una desesperada y rabiosa mujer pastún que quiere huir de su desgarrado Kabul donde se obliga a las mujeres a la invisibilidada total), sentada en la misma casa de la que había huido, desesperada, la "homebody", leyendo, como su predecesora, ahora muerta, perdida (o tal vez encontrada) en Kabul, la ciudad maldita. Le dice a Priscilla, la hija, que consiguió sacarla de Afganistán, que ha venido de visita a la casa de su padre, con quien convive la afgana: "¡Ahora cuido el jardín! ¿Cómo podría expresar lo que significan estos jardines ingleses para una mujer kabulí? Tu madre es una mujer muy extraña; descuidar un jardín. Un jardín nos muestra lo que puede esperarnos en el paraíso.
Priscilla.- Ella leía.
Mahala.- He estado mirando su biblioteca. Qué libros tan extraños. Paso muchas hroas. Aquí llueve tanto. Fuera, en el jardín, he plantado a todos mis muertos. (Mientras baja la luz, fuera, en el jardín, un ruiseñor)".
De ese silencio que cae sobre el teatro sólo se puede salir con los aplausos que los actores reciben con una emoción pareja a la que brilla en muchas pupilas del público. Los actores que han venido de lejos a hacer esta extraña y conmovedora obra destilan una emoción particular. Cuando salimos a la plaza de Santa Ana, a la figura de Lorca frente al teatro, algunos se preguntan por este momento español, y si no estaremos arrojando por la borda algo muy precioso, inconscientes de lo que hemos conseguido, quejándonos como niños malcriados, olvidándonos de que esta misma noche, en Kabul, en Bagdad, en Mogadiscio, la mera supervivencia está en entredicho y la esperanza en su grado cero. Como si hubiéramos olvidado nuestra historia, como si hubiéramos olvidado el 11 de marzo. La conciencia, decía Susan Sontag en el Sarajevo sitiado donde ensayaba "Esperando a Godot", parece un concepto del siglo XIX. El teatro de Tony Kushner sirve para despertar. Y sirve para algo central en el pensamiento y la vida de la filósofa francesa Simone Weil: intentar ponerse en el lugar del otro.

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