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DRAMÁTICO LAMENTO

Actualizado 11/02/2001 - 00:31:58
Un grupo de ilustres profesores, críticos, ensayistas y profesionales de la escena, se ha reunido en Valladolid para debatir sobre «El teatro español ante el siglo XXI». Leo las crónicas que publican los diarios con los resúmenes de las opiniones expuestas y me sucede un fenómeno curioso: estoy de acuerdo con todos ellos, lo cual me estimula poquísimo. ¿Cómo disentir de Monleón cuando asegura que «todas las manifestaciones teatrales deberían encontrar un espacio desde lo más comercial e intrascendente hasta los textos clásicos, pasando por los montajes de vanguardia»? Indudable. Pero, ¿cómo convertir este razonable deseo en una tangible realidad? ¿Dónde está ese hipotético espacio en el que quepamos todos en igualdad de condiciones? María José Ragué —profesora de Historia de las Artes Escénicas de la Universidad de Barcelona— arremete contra la crítica teatral española —a la que ella pertenece— con estas palabras: «Debería informar, difundir e investigar y, por el contrario, se limita a un trabajo de gacetillas o de simples crónicas periodísticas». Ahora bien, ¿por qué abunda la crítica banal y vergonzosa y escasean los juicios lúcidos, serenos y rigurosos? ¿Toda la culpa es de los periodistas? ¿No tendrán algo que ver los propios diarios para los que escriben? Antoni Tordera —catedrático de Teatro de la Universidad de Valencia— explica que «la oferta teatral de hoy no se adapta a las realidades contemporáneas y así resulta difícil interesar a públicos amplios que no ven fenómenos como los problemas de la inmigración o los cambios de vida que supone Internet, encima de un escenario». Parece como si la sociedad fuese por un camino, y los que trabajamos a partir de lo que ella nos provoca, por otro diferente. Pero, ¿qué les importa eso a los empresarios y a los gestores teatrales que sólo persiguen el éxito refugiados en los nombres famosos que avalan su programación? Los ejemplos que pone Tordera —el Lliure de Barcelona y La Abadía de Madrid— son admirables excepciones. Antonio Garrigues emplaza a las gentes del teatro a que convenzan a los capitalistas para que inviertan en espectáculos igual que lo hacen en la música y el arte. Lamentablemente es imposible convencer a los llamados capitalistas de lo que no quieren ser convencidos. Total, a mi juicio —ojalá me equivoque—, nada nuevo en Valladolid. Estamos donde estábamos: en el limbo de las buenas intenciones y en la perplejidad del caos absolutamente inútil.
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