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Lo que «toca» y lo que no «toca»

Actualizado 11/02/2001 - 00:31:58
Hacer de la vida política, incluida la parlamentaria, una cuestión de escalafones y turnos es empobrecer la convivencia por el peor de los caminos posibles: la anulación de la excelencia. Ahí tenemos a Eduardo Zaplana que, tras una brillante presentación en Madrid de su libro «El acierto de España», se ha llenado los cabellos de ceniza y muy humildemente ha entonado la palinodia: «No tengo pretensión ni posibilidades de ser el sucesor de Aznar». Tan pacatos andan los líderes del PP en eso de la sucesión de Aznar, asunto del que sólo hablan en voz baja y disimulando, que más bien parece que se la ceden a los jóvenes cachorros del PSOE.
Desde el momento en que José María Aznar dijo, muy solemnemente, que no volverá a La Moncloa cuando cumpla la presente legislatura, dejó abierto el concurso de selección del candidato. Ya pueden decir los sanedrines de la calle Génova que «toca» o que «no toca» hablar del asunto: la sucesión esta ahí como problema para el partido, ambición para los interesados e inquietud para la ciudadanía. De hecho, la escasez ideológica de nuestra vida política fuerza la atención al fulanismo sobre cualquier otro asunto.
Ahora va el portavoz del Grupo Popular en el Senado, Esteban González Pons, y dice, en Alicante, que «Eduardo Zaplana podría ser un grandísimo presidente del Gobierno». ¿Lo dice para su favor o en su contra? No lo sé porque la liturgia conventual y mínima de los partidos resulta inescrutable; pero Zaplana es, sin duda, uno entre la docena de políticos de postín que, en el PP, podrían aspirar con solvencia y tirón a la sucesión de Aznar. Ese es, precisamente, el mayor de los méritos del partido del Gobierno y de su presidente. En medio de un páramo político han sabido construir un vergel que, por contraste con la despoblación ajena, llama poderosamente la atención. No es cosa de sembrarlo de sal para llamar la atención. Lo sabio sería cosechar ya, madurado el género, porque los errores de tiempo, en política, son los únicos que no tienen solución.
Naturalmente, como la oposición no descansa, en las últimas horas han circulado por su circunscripción muchas notas críticas contra la triunfal presencia madrileña de Zaplana. Juegan su papel y lo hacen en su turno mientras los demás neutralizan todo lo evidente. Aznar no sirve, por propia voluntad, para sustituir a Aznar. Si ahora «no toca» hablar de la sucesión en el PP, algunos se van a hartar con el asunto porque, a medio plazo, es lo único que, sin ser «cosita», tiene interés propio. No vamos a ensimismarnos con el decálogo federalista de Pasqual Maragall, y tampoco Zapatero, que apunta maneras, anda sobrado de facultades.
La sucesión de Aznar, difícil asunto, no aguanta muchos aplazamientos porque, de hecho, en la calle Génova no se habla de otra cosa y en La Moncloa, precisamente en La Moncloa, han disparado, consciente o inconscientemente, el pistoletazo que marca el inicio de la carrera. Es decir, que en las próximas semanas no quedará un solo barón regional con pretensiones, ni un notable de postín, que no nos haga su gracia para demostrarnos su probabilidad/disponibilidad. Es la ambición, no las pistolas, lo que carga el diablo.
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