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Un respeto al respetable

Actualizado 11/01/2001 - 00:17:13
La Bolsa española es poquita cosa. En el escenario económico nacional representa un papel secundario. Multitud de razones explican tal marginación; una de tales razones, y seguramente no la menos importante, es que para una empresa mediana cotizar en Bolsa resulta incómodo. Es incómodo el deber de presentar cuentas anuales y trimestrales detalladas, es incómodo comunicar cuánto ganan y cuánto pueden llegar a ganar sus consejeros a través de dietas, sueldos y opciones sobre acciones, es incómodo dar cuenta de cualquier hecho relevante en la vida de la sociedad, es incómodo aguantar los comentarios del auditor... En definitiva, es terriblemente incómoda la sensación de vivir cada minuto a la vista del público y en paños menores. Frente a esas incomodidades de la empresa cotizada, la que no cotiza en Bolsa vive al abrigo de curiosos impertinentes, pues sus obligaciones informativas se reducen a depositar en el Registro Mercantil las cuentas anuales, varios meses después de cerrado el ejercicio.
Con todo, en los últimos cuatro años, la Bolsa ha crecido en su importancia relativa, tanto por el lado de los inversores que fundamentalmente a través de los fondos de inversión han canalizado sus ahorros hacia acciones cotizadas, como por parte de los emisores, pues en este periodo una treintena de sociedades ha decidido que los inconvenientes de cotizar eran menores que la ventaja de dirigirse directamente al público para vender una parte de la empresa, o conseguir financiación para proyectos de inversión/expansión, o dar liquidez a los miembros de la familia propietaria de la empresa. En fin, que al margen de coyunturas alcistas o bajistas, la tendencia es que la Bolsa vaya cobrando importancia. De todas maneras cada uno sabe lo suyo, y por tanto, El Corte Inglés es muy libre de seguir siendo una empresa que no cotiza en Bolsa, tan libre como Carrefour para cotizar o como Zara para pensarse si sale o no sale a Bolsa.
Pero si por las legítimas razones que sean, una empresa decide cotizar en Bolsa, lo que ya no puede es vivir como si fuera una empresa privada. Me temo que es necesario referirse a Ferrovial, la empresa que construyó, y nunca mejor dicho, Rafael del Pino Moreno y que en mayo de 1999 debutó en Bolsa. Como es de sobra sabido, Ferrovial participaba con un diez por ciento en uno de los dos consorcios que en la pasada primavera se presentaron y no obtuvieron una licencia de telefonía móvil UMTS. Ferrovial recurrió ante los tribunales la decisión gubernamental, su recurso fue admitido, alcanzó notoriedad pública y alimentó la incertidumbre en un sector ya de por sí incierto. Pero un cuarto de hora antes de que el Tribunal dictara sentencia significativa, Ferrovial desistió de su reclamación y, como el soldado del poema cervantino, fuese y no hubo nada.
El episodio, en su conjunto y en cada una de sus partes, es puro despropósito. Políticamente, demuestra la vigencia del teorema Felipe González según el cual aquel que se atreva a echar un pulso al Gobierno pone rumbo a la escollera. Jurídicamente siembra la duda de si el Gobierno respetó o no sus propias reglas —en definitiva, la ley— en cuestión tan decisiva y delicada. Empresarialmente consagra la frivolidad como un elemento más en la toma de decisiones. Y «last but not least», se ningunea al mercado bursátil —o sea, a los accionistas— al que se le mantiene ayuno de información suficiente y de explicación plausible. Desde que salió a Bolsa, Ferrovial ha perdido el 37 por ciento de su valor; nadie se lo puede reprochar, como tampoco el respetable público responsabiliza al torero del escaso trapío de los toros. El abucheo se produce porque un maestro desganado no se esfuerza por sacar partido a lo que hay.
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